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El asunto que Siegfried Geyer -muy autor nuestro, y a tal autor tal señor-, utilizó para escribir su pieza Kleine Comedie, no es nuevo en el teatro ni en el ecrán. El famoso autor inglés William Somerset Maugham lo empleó tal vez en primera ocasión en su comedia, Juan Paja, que el año 1935 representó Fernando Soler con el nuevo título de El archiduque y el camarero. Pocos años después el asunto de esta pieza de teatro fue trasladada al cinematógrafo, y de la difusión de tan pintoresco tema de quid pro quo, surgieron infinidad de posibilidades, y se multiplicaron en los escenarios materiales, y en el celuloide los temas de la suplantación entre criados y señores, nobles y servidores, con la sorpresa natural de que a fin de cuentas, que tanto equivale decir que a finales del último acto, todos los personajes que han invertido sus posiciones, actuando como señores siendo sirvientes, y convirtiéndolos en sirvientes siendo de noble linaje, lo que vale en el aventura amorosa epidérmica o profunda, es la calidad humana y la incontenible inclinación espontánea de los sexos contrarios. Un hombre ama a una mujer, si siente amarla, sencillamente porque él es hombre y ella es mujer. La situación social verdadera o fingida no es más que la hoja que acompaña a la rosa cuando se la arranca |
del tallo. La rosa es la rosa, y el follaje es el follaje.
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