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Estreno de Dos para la dama, en el teatro Ofelia

Armando de Maria y Campos

    El asunto que Siegfried Geyer -muy autor nuestro, y a tal autor tal señor-, utilizó para escribir su pieza Kleine Comedie, no es nuevo en el teatro ni en el ecrán. El famoso autor inglés William Somerset Maugham lo empleó tal vez en primera ocasión en su comedia, Juan Paja, que el año 1935 representó Fernando Soler con el nuevo título de El archiduque y el camarero. Pocos años después el asunto de esta pieza de teatro fue trasladada al cinematógrafo, y de la difusión de tan pintoresco tema de quid pro quo, surgieron infinidad de posibilidades, y se multiplicaron en los escenarios materiales, y en el celuloide los temas de la suplantación entre criados y señores, nobles y servidores, con la sorpresa natural de que a fin de cuentas, que tanto equivale decir que a finales del último acto, todos los personajes que han invertido sus posiciones, actuando como señores siendo sirvientes, y convirtiéndolos en sirvientes siendo de noble linaje, lo que vale en el aventura amorosa epidérmica o profunda, es la calidad humana y la incontenible inclinación espontánea de los sexos contrarios. Un hombre ama a una mujer, si siente amarla, sencillamente porque él es hombre y ella es mujer. La situación social verdadera o fingida no es más que la hoja que acompaña a la rosa cuando se la arranca

del tallo. La rosa es la rosa, y el follaje es el follaje.
  En Dos para la dama, Geyer retoma de cualquiera otra comedia el tema del ayuda de cámara, que se hace pasar por el príncipe a quien sirve, y el de la doncella -sin doncellez física- que suplanta a su señora, una baronesa. El tema es lo que menos cuenta, porque en esta clase de enredos frívolos, la dualidad de los personajes si está bien llevada por los intérpretes es realmente lo que esclaviza la atención del espectador. Así ocurre con la interpretación que a la pieza de Geyer dan Bárbara Gil -que se ha convertido en una actriz fina y exquisita, dueña del matiz escénico que sólo da una sensibilidad escénica bien afinada; Miguel Córcega, que está muy ágil desenvuelto en su doble situación de ayuda de cámara, que haciéndose para por un príncipe cree que una doncella es auténtica aristócrata; Raúl Farell, que cumple con inteligencia y simpatía, y Marcela Davilland y Lupe Llaca, que lucen además de como actrices como espléndidas bellezas. Completa el reparto Alberto Galán, que compone con mucho oficio un personaje episódico.
    Miguel Córcega se está haciendo un buen director. ¿No es esto bastante? La escenografía de Julio Prieto es de buen gusto, digna de la firma que la apoya.