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Reposición de La hora soñada, en el teatro Arlequín

Armando de Maria y Campos

    La comedia La hora soñada, de la autora italiana Anna Bonacci, constituye una de las más curiosas efemérides del teatro en México durante los últimos diez años. La habilidad con que fue dirigida por Víctor Moya aprovechando un libreto traducido y adaptado por Carlos León y Antonio Haro Oliva a la medida de la actriz Nadia Haro Oliva, que hasta entonces no había encontrado "su" pieza, convirtió esta comedia de ensoñación en un picante espectáculo vodevilesco, que poco a poco, conforme iba sumando representaciones, se hacía más picante y divertido para los paladares que desean el sabor de la salsa picante.
    Tanto fue su éxito que la más alta autoridad de educación del país, la secretaría que tiene a su cuidado difundir cómo fomentar y sostener a educación pública, lo reconoció, otorgándole una placa que orgullosamente se exhibe en el pórtico del teatro Arlequín y que a la letra dice: "La Secretaría de Educación al Teatro Arlequín por las 1000 representaciones de "La hora soñada", con Nadia Haro Oliva y Carlos Riquelme. -Producción: A. Haro Oliva.- 3-XI-55".
    El éxito arrollador de la pieza de Anna Bonacci -que muy pocos conocen en su original italiano-, fue el punto de arranque de una caudalosa producción de vodeviles que llegó a convertir a México en la capital universal de este género. El teatro mexicano estuvo a punto de cambiar su cauce a causa

del éxito de esta obra representada por Nadia en la plenitud de su belleza física y por Riquelme en la edad en que actuaba como auténtico galán. Ahora vuelve La hora soñada ignorando el proverbio que reza que nunca segundas partes fueron buenas. Nosotros deseamos, sinceramente, que el proverbio no tenga razón esta vez.
    La dirección de Duprez es muy ponderada, la actuación de Nadia mucho mejor matizada que antes y respetuosa de los buenos modales en las situaciones difíciles. En cambio, Miguel Manzano actúa con desgano y Carlos Riquelme hace una verdadera caricatura del lord Ronald, desde su atuendo hasta cuando debe mostrarse humano y amoroso. La señorita Mari Carmen Vela, que luce hermosa, está fuera del personaje, por la simple razón de que no cumple como actriz, por su comprobada inepcia. La dirección de Julián Duprez se reduce a vigilar los movimientos escénicos y presentarlos con lógica y soltura. La presentación, en general, es discreta. Del resto del conjunto destaca por méritos propios, estudio y profesionalismo, Luis Manuel Pelayo. El público que va dispuesto a reír, ríe; el que desconoce antecedentes, incluso la placa de la secretaría de Educación, no sale defraudado, porque aun adaptada por Carlos León y salpicada con sus característicos chistes de grueso calibre, la pieza de Anna Bonacci no deja de ser deliciosa por el feliz hallazgo de la situación que le sirve de eje emotivo.