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Los caballeros de la mesa redonda de Cocteau, en el teatro Xola. I

Armando de Maria y Campos

    Las veladas de estrenos teatrales en el teatro Xola del IMSS son sensacionales. Cubren la totalidad de las localidades personajes de antología de nuestra vida oficial y social y lo más selecto y calificado de la crítica de teatro. Pero también se caracterizan por la expresión de las más diversas y sorprendentes versiones sobre los siempre excelentes espectáculos que presenta el Patronato para la Operación de los Teatros de este organismo estatal. El cronista responsable por su experiencia -más sabe el periodista por viejo que por crítico-, se cree en la obligación de orientar, para que no llegue a circular por los periféricos de la murmuración el rumor de que se trata de la presentación de una ata de cabra o de inoperantes polvos de la madre celestina, con versión moderna.
    Poeta, novelista, autor dramático, dibujante, pintor, decorador, actor, periodista y realizador cinematográfico, Jean Cocteau, autor de Los caballeros de la mesa redonda, es un creador original.
    Escribió Jean Cocteau la pieza que presenta el IMSS el año 1934, ya maduro en otras actividades en su inquieto temperamento. Buscó en la Edad Media el material para sus simbólicas y desconcertantes deformaciones escénicas.
    En un prefacio que es muy importante para la compresión del drama, expuso

Cocteau la idea que tuvo, durante el curso de una enfermedad, en una noche de afiebrado delirio. "Me parece interesante decir cómo nació esta obra. Y que no se busque un elogio indirecto en el hecho de que me haga irresponsable de ella. La inspiración no llega necesariamente de algún cielo. Para explicarla, sería necesario remover la tiniebla humana y, sin duda, no saldría de allí nada halagador. El papel del poeta es humilde. El poeta está a las órdenes de su noche.
   "En 1934 yo estaba enfermo. Una mañana desperté, habiendo perdido el hábito de dormir,  y asistí, del principio al fin, a este drama, cuya intriga, época y personaje me eran lo menos familiares posibles.... Tres años después, cuando Markevich me obligó afectuosamente a ello, logré sacar la obra de la vaguedad en que la tenía al margen, como suele ocurrirnos a los enfermos por la mañana, al prolongar nuestros sueños, y balbucear entre el perro y el lobo e inventar un mundo intermediario que nos evita el choque de la realidad.... Una vez escrita la obra, me documenté, y me encontré frente a mis defectos de fabulista que resolví conservar".
    "Salvo ‘la flor que habla’, que me vino por un hecho diverso, toda la obra me fue dada, lo repito, por mí mismo. No hay que ver en este don ningún privilegio".
    La historia no termina aquí.