Espectáculo auditivo. Teatro Jesús Urueta. Dirección: Alexandro.
Poemas de Gelsen Gas. Voz: Carlos Ancira.
Reparto: Grupo Pánico.
El grupo Pánico de Alexandro ha presentado un espectáculo
que viene a ser el equivalente a la pantomima sólo que destinada a otro de los
sentidos que el ser humano posee. En el programa en que anuncia la
representación el propio Alexandro dice que “así como
la pantomima es un arte recomendable para sordos, este espectáculo es recomendable
para ciegos”.
Se trata de escuchar una grabación en la que Carlos Ancira recita -si así se le puede llamar- y muy bien,
poemas de Gelsen Gas. Los matices en esta grabación y
los efectos de sonido, tienen por objeto trasmitir al público todo un mundo de
sensaciones, de colores, de emociones, a través única y exclusivamente del
oído. Así pues, con objeto de no distraer la atención del auditorio, Alexandro, hace transcurrir los veinte minutos de grabación
en completa obscuridad. Música, palabra, ruido, se encajan como un sonomontaje en el que cada elemento juega un papel propio y
determinante que da la unidad y la atmósfera que los creadores de este
espectáculo buscan.
Si los
poemas son interesantes, no lo es menos la primera parte del programa, en la
que Alejandro expone, con recursos nada comunes, los objetivos de la postura
que tiene ante el teatro y ante la vida, su grupo Pánico.
Para Alexandro, Stanislavsky quería
que el actor se privara de su personalidad para tomar la del personaje; Brecht
quiso que el actor no se privara de su personalidad y mantuviera simultáneamente
su carácter de persona y de personaje, pero para Alexandro,
la persona, al vivir en cualquier medio pierde su propio carácter y se
convierte en personaje por lo que el teatro, afirma, debe servir para que “los
personajes” que son todos los seres humanos, encuentren su verdadero “yo”. El
actor-personaje “pánico” tiene la misma capacidad para sentir terror que para
divertirse: vive. No hay en él dogmas, tradiciones, sino sólo necesidad de SER.
Ha llegado el momento en que el hombre ante el quiebre total de valores tiene
que volver los ojos hacia sí mismo y redescubrir su esencia.
El arte
de Alexandro no es sino una tabula rasa que pone a discusión todas las estructuras que ha
creado la Humanidad, todas las ideas llámenseles positivas o negativas: poder,
religión, sabiduría, arte; todo queda a disposición de la polémica, de la
crítica descarnada, quizá de la destrucción, como única forma de volver a encontrar
nuevos valores. Es la sustancia, la esencia misma del ser lo que está por encontrarse,
por revisarse en este momento histórico, en esta “Era del Hongo” -el hongo como
símbolo nefasto de la bomba atómica- en la que sólo cuenta el presente, en la
que el pasado y el futuro no pueden ser tomados en consideración.
Alexandro, con su teoría “pánica” vuelve los ojos hacia lo
primitivo, construye instrumentos musicales con baldes y cubetas, con bicicletas
y matracas como forma de liberación, como el “rebelde sin causa” que rompe las
normas y quiere volver a implantar la ley del más fuerte. Si la civilización no
nos ha hecho mejores -parece decir- destruyámosla y volvamos a empezar y así,
en un grito que es a la vez terror, destrucción, construcción y fiesta, se
lanza a buscar nuevos derroteros para el arte, el cual, para Alexandro, debe ser efímero. El
hombre debe poder tener la satisfacción,
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