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El Ballet Folklórico de Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

    La talentosa bailarina y coreógrafa mexicana Amalia Hernández ha creado con la colaboración y la protección del INBA un extraordinario espectáculo folklórico, superdotado, para el interior del país y para el extranjero, entre más lejos de nuestro suelo, mejor.
    Amalia Hernández ha logrado convertir en realidad el sueño que tuvieron hace más de cuarenta años un grupo de escritores, compositores y pintores que bajo la tutela económica del licenciado José Vasconcelos, entonces secretario de Instrucción Pública, intentaron crear un espectáculo -revista se llamaba entonces- formado por los bailes y los cantos de la ancha tierra mexicana. El primer intento fue la revista titulada La tierra de los volcanes, estrenada en el teatro Lírico el año 1920, libreto de Pablo Prida y Carlos Ortega, reconstrucciones musicales para el teatro de Manuel Castro Padilla y escenografía de Adolfo Best, Rodolfo Galván y otros que no vienen al caso mencionar. Aquél sería el germen del Ballet Folklórico de Bellas Artes que arranca de la época precortesiana con danzas rituales aztecas, recoge los sones antiguos de Michoacán, agavilla para formar el cuadro de La revolución canciones como La barca de oro, Jesusita en Chihuahua, La Adelita y varios corridos, entre ellos el de Juana Gallo. Zigzaguea por el sur jalisciense para atrapar La danza de los sonajeros, salta a la Huasteca para aprovechar Las lloronas, reconstruye una boda y cautiva en un concurso de zapateado las canciones Tilingo lingo, El torito, La guacamaya y La bamba, haciendo florecer sobre el

característico tablado jarocho el vibrante zapateado costeño.
    Danza espectacular si las hay como la de Los quetzales, precolombina como se sabe, fiesta magnífica de plumería, y las calientes danzas de Tehuantepec, corren a lo largo del espectáculo hasta arribar a la remota península yucateca y recrear, al son de la jarana, las dulces y cimbrantes danzas españolas de los siglos XVII y XVIII. Un momento nada más y nos traslada el espectáculo a las áridas regiones yaquis para hacernos ver la sin par Danza del venado, rito propiciatorio precolombino que se realizaba y se realiza en vísperas de las expediciones de caza y reproduce con fidelidad asombrosa los movimientos de la presa ambicionada. Para mi gusto, es la danza que más cala en la emoción del espectador por su prístina pureza y su sencillez conmovedora. Y como colofón, una Navidad en Jalisco, típica y tópica, que es un deslumbramiento de canciones y danzas hispanomexicanas.
    La coreógrafa y directora Amalia Hernández ha dejado viajar su fantasía sobre la pauta de las tradiciones nuestras más arraigadas componiendo coreografías teatrales, vistiendo a sus bailarines -trece mujeres y trece varones- y a sus cantantes -veintisiete figuran en la lista que divulga el programa-, con propiedad e imaginación, no excluida la riqueza folklórica; y a todo ello le puso como fondo musical la intervención de un mariachi jaliscience, un conjunto veracruzano, la marimba istmeña, la jarana yucateca, el son huasteco, la chirimía indígena, el huéhuetl-teponaxtle tlalpizallí-atecocolli.