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Los comediantes norteamericanos en Bellas Artes. II

Armando de Maria y Campos

    Ceñimos nuestro comentario al breve espacio de que disponemos. Por eso quedan con frecuencia al aire de un aparente olvido muchos cabos sin atar. A los breves juicios sobre los intérpretes de El dulce pájaro de la juventud y De pronto en el verano, los dos melodramas de la vida norteamericana tan populares en el mundo del teatro y del cinematógrafo, que le dedicamos en particular a Viveca Lindfords, faltó la esencia de nuestro pensamiento: esta actriz posee un dominio absoluto del gesto, de la dicción y del ademán, y tan vertical seguridad en sus interpretaciones, que la coloca como una de las primeras actrices dramáticas de la nación vecina. Tan excelentes cualidades las confirmó creando la señorita Julia del drama de este nombre de August Strindberg, personaje que en su temperamento se remoza y le da ocasión de tocar toda la gama de los resortes sentimentales y dramáticos de la pasión, del capricho erótico y del despecho femenino, con una profundidad que cala en las fibras más íntimas del asombro del espectador. También se nos quedó en el aire un comentario sobre la soberbia actuación de Rita Gam en la Catherine de De pronto en el verano, que barre por completo el recuerdo de Liz Taylor.
    En el segundo programa de la temporada, al lado de La señorita Julia, figuró una estremecedora pieza en un acto, original de Edward Albee, The Zoo Story, en castellano El cuento del zoológico, que es

 

uno de los cuadros más espeluznantes de la vida de la juventud norteamericana contemporánea. En un simple diálogo se encuentra concentrada la impresionante degeneración en que se halla sumida gran parte de la adolescencia de los Estados Unidos de Norteamérica. La acción transcurre un domingo de verano, por la tarde, en el Central Park, de Nueva York, en nuestros días
    El Central Park de la gran urbe de los negocios y de la prostitucíon es cuatro veces mayor que nuestra Alameda Central, sin iluminar y sin vigilancia. En su entraña ocurren cosas tremendas, como la que relata con un patetismo brutal Edward Albee. Nos sobrecoge el asco y el terror ante suceso tan extraño, pero el comentarista se rinde ante la maestría del autor que sabe narrar cosas tan horripilantes, fiel a una motivación escénica, con técnica sobria y directa, y, sobre todo, ante el aliento dramático que derrama la personalidad del gran actor Ben Piazza, cuya voz tiene tonalidades de emoción increíbles y cuya actuación posee una vivencia real y precisa. En Ben Piazza se encuentra, sin duda, uno de los más grandes actores norteamericanos del futuro. Le da acertada y apreciable réplica el también excelente actor William Daniels.
    La escenografía de Wario Vanarelli es de una sencillez impresionante: un ciclorama negro y un bote de basura. Ese es el fondo de la tragedia del desventurado Jerry. Para vivirla y morirla sólo precisa de dos bancas. La dirección de Tad Daniellewsky de tan sobria que es, no se le ve.