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Estreno de la comedia musical La tía de Carlos, en el teatro del Bosque

Armando de Maria y Campos

    La vida teatral en la ciudad de México es desconcertante. Al lado de representaciones por escolares de escuelas dramáticas o cerca de espectáculos de teatro comercial sin tapujos ni embozos en los que se compromete el buen gusto; a la vera de otros como el que constituye el magnífico cuerpo de baile del extraordinario bailarín mexicano, de baile español Roberto Iglesias, frontero a simples desfiles de números de variedades delante de una cortina, se monta una producción teatral de la calidad e importancia de la revista musical La tía de Carlos, inspirada en el libreto de Brandon Thomas, autor inglés de fines del siglo pasado, como no podría hacerlo ningún productor o empresario de la América Latina; del río Bravo a Punta del Este, salvando, un poco, a Buenos Aires o Brasilia. Esto es lo que desconcierta de nuestra vida teatral: lo extraordinario al lado de lo mediocre o ramplón.
    La tía de Carlos, convertida en comedia musical, no es inferior a las mejores obras de este tipo, cuyo antecedente inmediato es la zarzuela española de género grande. Representa, toda proporción de tiempo guardada, lo que en el suyo significaron Los mosqueteros en el convento o Los sobrinos del capitán Grant.
    Su argumento, como el de todas las comedias cómicas clásicas, cabe en el hueco de una cáscara de avellana.
    René Anselmo y Luis de Llano -éste autor de la versión española y director de escena-, con la colaboración de Enrico Cabiati, director de orquesta y de Kevin Carlisle responsable de la coreografía, realizaron una

 

sorprendente, admirable "producción" digo de los mejores teatros que cultivan este género y, desde luego, -y esto va por los comentaristas teatrales que menosprecian estos espectáculos tan difíciles de lograr por los diversos elementos excelentes que precisa reunir- como, es difícil admirar en cualquier teatro de la América española. Agil, dinámica, graciosa, movida con ponderado dinamismo, magníficamente vestida -el vestuario no es sólo propio de la época, 1892, sino rico y lujoso- y, en fin, relatada en la parte lírica así como en la hablada con una frivolidad muy difícil de alcanzar en este género en el que suman la comedia, la melodía, la coreografía, la iluminación y la escenografía, en mixtura que no debe advertir el paladar del espectador en sus distintos sabores, sino en uno que reúna a todos.
    Excelente reparto que encabeza Manuel Valdés, convertido ya en un actor cómico y bailarín con estilo muy propio, y al que hay que aceptarlo como es; Guillermo Orea, uno de los mejores actores cómicos de éste tiempo; Fernando Mendoza, Antonio Gama, actor y cantante y la debutante Leonorilda Ochoa, deliciosa jovencita que canta con singular picardía y actúa con ágil desenvoltura; Cristina Ortega y Pepita Embil, en una intervención episódica que cumple de acuerdo con su categoría artística. Intervienen además, un ballet de dieciséis bailarines de los dos sexos y un coro de quince voces masculinas y femeninas.
    La tía de Carlos constituye un espectáculo que debe llenar de orgullo a sus creadores y al México teatral también.