Consultado Eugéne Ionesco por el director mexicano Antonio Passy cuál era la forma correcta de anunciar su obra más reciente, si "Rinoceronte" o "Rinocerontes", repuso que el plural le venía mejor. Y el INBA, atendiendo al consejo del desconcertante autor rumano anuncia la pieza de Ionesco Rinocerontes y logra con ella una versión que por igual apasiona e interesa al público.
Ionesco confiesa que el éxito popular de su obra Rinocerontes continúa sorprendiéndole. "En Nueva York -dice- asistí a un solo ensayo de esta obra; me encontré con que habían hecho de un personaje duro (Jean), un personaje blando, un débil rinoceronte y de un personaje ingenuo y perdido (Bérenger), un intelectual brillante, seguro de sí mismo. Esto me causó desconsuelo; pero cuando encima vi que el director había introducido unos encuentros de boxeo burlescos, me fui para no volver". Después del estreno Ionesco leyó los periódicos y asegura que los norteamericanos no entendieron la pieza, porque no quieren ver en ella otra cosa que no sea una crítica al conformismo de los Estados Unidos, "cuando yo, confiesa, he querido hacer la crítica de los totalitarismos". Enseguida Ionesco reconoce que en sus orígenes la "rinocerontitis" era una especie de nazismo, una invención de intelectuales, ideólogos y semi-intelectuales que convertía a los hombres que forman la masa en rinocerontes, y la mentalidad |
individual, en mentalidad de masa que no piensa sino que se deja guiar por slogans.
Las ideologías transformadas en idolatrías, los sistemas automáticos de pensamiento acaban por falsear el entendimiento, lo ciegan, y los hombres se dejan conducir como si fueran rinocerontes; se convierten en manada de rinocerontes.
Los rinocerontes de Ionesco representan, en verdad, un momento crucial no sólo en el teatro de este autor, sino en el de su época, tan pródiga en rinocerontes. El rinoceronte, al dar la vuelta al mundo teatral, cambia de sentido y de tonalidad. Y tiene éxito, por lo menos de público selecto y de crítica. Lo tendría también en uno de mayorías si se entendiera que cada país tiene sus rinocerontes y que el que más o el que menos de los individuos padece rinocerontitis. Si el lector ya conoce la obra y recuerda las explicaciones del profesor de lógica sobre los gatos y los perros, caerá en la cuenta que no son menos lógicas que las que nos dan los economistas para justificar la inflazón o deflación del peso. En cuanto a ejemplares de rinocerontitis, tenemos en Puebla, tan cerca como está Puebla, dos casos: "Comunismo, no" "Cristianismo, si". ¡Cada país tiene sus rinocerontes...!
Como pieza de teatro Rinocerontes es endeble. Ionesco no es un buen constructor de teatro. Nadie pone en duda que es un autor con ideas originales, y esto de ideas no tiene, por |
ironía, sentido hiperbólico; no. En Rinocerontes estamos esperando que por cualquier rendija de sus escenas se cuele el vientecillo de una idea. Esperamos en vano. A veces burbujea el ingenio; nada más. Buen acto, habilidosamente expuesto, el primero. El segundo se sostiene por el elemento de sorpresa que significa la supuesta aparición del primer hombre convertido en rinoceronte. En seguida la obra se desploma en una comedia de ideas sin ideas. La aventura de un personaje, individualista y solitario, como héroe de la obra, no convence sino a quienes se dejan convencer.
La interpretación es correcta. Antonio Passy es el protagonista, realiza labor magnífica y convincente como comediante. En el mismo caso está Raúl Quijada y, en otro plano de actor muy sólido, Antonio Bravo. Magda Donato compone bien la caricatura de "la vieja del gato". Manola Saavedra está guapísima, fría, sin convencer. Alonso Castaño mi-[...]nia dos interpretaciones muy estimables. Javier Massé convence a todos y el resto simple. La relación técnica a cargo de Antonio López Mancera es digna de la mayor atención. |