El Grupo Teatral del Instituto Cultural Mexicanoisraelita que dirige don Daniel Guigui, embajador de Israel, ha presentado en un pequeño local adaptado para representaciones, en Galileo 100, colonia Polanco, la obra El violín de Janá Szenes, en un acto y cinco cuadros, el 19 del presente en honor de doña Amalia C. de Castillo Ledón, subsecretaria de Asuntos Culturales de la secretaría de Educación Pública, y el domingo 23 en función dedicada a quien escribe esta columna. Por conducto de la misma, doy las gracias más conmovidas y sinceras al Grupo Teatral Israelita y no porque nobleza obliga, sino por el interés vivísimo que despierta y despertará la pieza de Janá Szenes, dedico unas lineas a tan conmovedora representación.
Janá Szenes escribió su única obra de teatro, El violín, hacia 1943, en vísperas de salir de Israel en patriótica misión que le costó la vida. Janá Szenes había nacido el 17 de julio de 1921 en Budapest. Se trasladó al nuevo Estado de los israelitas y el 19 de septiembre de 1939 ingresó en la Escuela Agrícola de Nahalal, en la que permaneció dos años. Al terminar sus estudios se resolvió agregarse al Kibutz-Hameujad, a una de las kvutzot del Hanoar Haoved. El 22 de diciembre de 1941 se incorporó en Sdot-Iam Cesárea, vivió allí más de dos años y estando en esta kvutzá brotó en ella la idea de la misión que yacía oculta en su alma todos los años que pasó en aquel país. El 11 de mayo de 1944 voló a Italia. El 13 descendió en tierra de los guerrilleros, Yugoslavia. Unos tres meses anduvo en ese país queriendo cruzar la frontera, sin dar tregua ni a sí misma ni a sus compañeros. El 9 de junio logró, por fin, salvar la frontera, pero al día siguiente fue delatada y apresada por los nazis. Los últimos cinco meses de su vida los pasó en la cárcel nazi y el 17 de noviembre de 1944, 21 de Jeshván del año |
5705, fue conducida a la muerte. Manos desconocidas le dieron sepultura en el cementerio de Budapest, en la sección destinada a los mártires. El Estado recién nacido de Israel supo rendir los honores que merecía Janá. Sus restos fueron repatriados y sepultados en Jerusalén, dispensándoseles funerales nacionales, fijándoles como lugar de eterno descanso una de las colinas escarpadas que dominan la eterna capital de la nación y que forma parte del Monte Herzl.
El violín, traducida al castellano y publicada en Jerusalén, en 1953, por el Departamento de la Juventud y del Jalutz de la Organización Sionista Mundial, es una pieza sencilla en su exposición, de construcción endeble e insegura, pero de estremecedora sinceridad. La acción ocurre entre 1930 y 1940, antes del establecimiento del Estado de Israel, en Budapest y en un kibutz, cuya vida reproduce en todos sus detalles. Una joven sacrifica sus aptitudes para la música -el violín-, por seguir al lado de los jóvenes javerimes, en el kvutzá; pero hay tanta verdad y tanta emoción en este juguetillo dramático que el espectador se siente agarrado por el espíritu de sacrificio de quienes fueron los primeros trabajadores para el establecimiento del Estado de Israel.
No sé si serán israelitas o mexicanos los jóvenes intérpretes, lo cierto es que todos actúan con enorme afición y responsabilidad. Estos son sus nombres: Sara Margolis, Carmen Romero, Mireya Salomé, Ester Morales, Alberto Díaz, Pablo Avila, Julio González, Ernesto Snaí, Víctor M. Carranza, Carlos de Zurita. La dirección, limpia, sencilla y bien resuelta, está a cargo de Daniel Guigui, embajador de Israel, y la escenografía, simple y funcional, es de Fernando Gamboa.
En conjunto y en detalle este modesto espectáculo resulta conmovedor. |