El ballet ruso de Igor Moseyev, integrado por medio centenar de bailarines de los dos sexos, habilísimos coreógrafos todos, pasó como una ráfaga de colores y de emociones por el escenario del Bellas Artes, ausente de decoraciones, creando a pesar de esto el clima de cada una de las danzas que ofreció al público de México, que se entregó sin reservas a este gran conjunto de ballet antiguo y moderno y lo aclamó cuando, al final de un impresionante relato de bailes populares, interpretó el rocanrol norteamericano con una gracia irónica y tan extraordinaria habilidad, que difícilmente podrán superar quienes inventaron este desconcertante ritmo que ha invadido a todo el mundo, fijando un "tipo de baile" más difícil de sostener que el tipo de dólar.
A primera vista se advierte que todos los bailarines del ballet Moiseyev tienen bien aprendidas las reglas del baile clásico. El baile clásico es como el dibujo para los pintores. Quien no es buen dibujante, no será nunca buen pintor. La facilidad con que los bailarines de Moiseyev interpretan danzas de Estonia o de Kalmuk, de Ubezk, de Azerbaiján, de Besarabia o Moldavia, del Cáucaso o de Ucrania, se apoya en los cimientos clásicos del ballet llamado "de puntitas". En sus danzas se siente la suavidad de las costumbres georgianas, el brillante vigor muscular de los ucranianos, maestros en los saltos acrobáticos; la sutileza conmovedora de los pueblos del Asia Central, y la habilidad agresiva y armónica de los bailarines de Lituania, de Moldavia, |
de Karelia. Al parecen, espontáneo, pero ... qué clásico.
Como se sabe, la Unión Soviética es un conjunto de Repúblicas -entiéndase, no de estados- que conservan sus tradiciones folklóricas, en particular sus danzas, que es la forma física de manifestar sus diversos estados de ánimo. ¡Toda la milenaria URSS es coreografía!
El único programa que le vimos al Ballet Moiseyev lo conservaremos en la memoria y vivirá en nuestra emoción durante largo tiempo. No es fácil que otros recuerdos sepulten la danza de los tártaros de Kazán, o la guerrera georgiana, o ese prodigio de acrobacia que es El plato, danza cómica de Uzbek. La suite de Modavia constituye por sí sola un ballet completo, pero donde la admiración rebasa los límites del asombro es en la danza llamada Los guerrilleros, que en forma admirable por su técnica recrea la lucha contra los nazis en la región norte del Cáucaso. Los danzarines fingen cabalgar caballos inquietos, y lo hacen con tanto realismo que linda con lo increíble.
Como ocurre con estos espectáculos que pasan como un relámpago frente a nuestros ojos, resulta imposible hacer justicia a sus primates, mencionando sus nombres. Vaya, pues, el más conmovido reconocimiento como crítico de larga experiencia, a estos admirables bailarines rusos, entre los que figuran tan buenos artistas como no los hemos visto a lo ancho y a lo largo, de una carrera de espectador que está a punto de alcanzar la cima del medio siglo. |