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Trampa de amor

Armando de Maria y Campos

    El productor don Nathan Kaplan, que por lo visto no se curó del mal de teatro que adquirió cuando manejó hace algunos años varias salas de espectáculos, reaparece con la producción que acaba de inaugurar una nueva temporada de comedias cómicas en el teatro Jorge Negrete.
    A primera vista se advierte que si bien no se regatea esplendidez para realizar la producción, es decir, el conjunto integral del espectáculo, este carece de ambición. La nueva temporada del Jorge Negrete se inició con un endeble juego cómico del más puro sabor estadounidense que su traductor al español, el actor Tony Carvajal, tituló Trampa de amor, nada original, de los autores Max Shulman y R. Paul Smith, norteamericanos.
    Esta Trampa de amor es un simple divertimiento que no alcanza la categoría de lo que en español conocemos por juguete cómico, que es jugar cómicamente con un asunto. Conocí la traducción de Carvajal antes de que fuera llevada a escena, y me pareció sosa, igual que debe haberles parecido a los actores, porque la enriquecieron con chistes de todos calibres, y le inventaron una escalera moderna, monumental, que cubre las principales áreas de actuación del escenario y que sólo sirve para que los actores ejerciten actos de acrobacia, o para que los modelos que cubren algunos personajes, luzcan sus atuendos o sus encantos personales. La trama es tonta, tontísima. Pero no creo que el público que paga se conforme viendo al excéntrico Sergio Corona hacer de gracioso de pista como excéntrico y bailarín que es. Sergio Corona no aspira a que se le

considere como actor, porque nada ha hecho hasta ahora por serlo, ni siquiera mejorando su dicción, que es pésima. Ni entiende el personaje ni le importa porque para lo que él cuenta es él mismo. Su gracia ligeramente femenina, es discutible. Le da la réplica como actor cómico Carlos Riquelme, cuya comicidad es cada vez menos natural y por esto menos cómica. En un par de escenas, Leopoldo Ortín se roba toda la obra, barre con Corona y Riquelme y no deja de ellos ni el polvo.
    Se supone que esta Trampa de amor es para que en ella queden atrapadas mujeres guapas e inexpertas. Es muy fácil que caigan, pero como modelos si no saben sortear los peligros de la escalera fantástica que tienen que subir y bajar, nada más. Con la honrosa excepción de Lulú Parga, y, a distancia, de Marta Patricia, ninguna de las bellas muchachas que intevienen en esta pieza tienen nada que hacer en el teatro, como no sea bajar escaleras o cruzar por la escena, porque no son actrices. Lulú Parga es la única que como se dice en jerga teatral, "habla por derecho". La señorita Marta Patricia carece de dicción e ignora los más elementales tonos para expresarse. Luce mucho en escena y viste con extraordinario lujo, pero su gracioso rostro no expresa jamás emoción alguna.
    En contraste con lo arriba apuntado, la escenografía de Julio Prieto es magnífica, digna de una gran obra. La dirección de Rambal resulta minuciosa e ingeniosa; muy limpia, además. Y muy profesional. Pero no hay obra, y con dos escenas de Ortín y tres de Lulú Parga no creo que nadie se conforme.