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Tal día como hoy, por la compañia titular del INBA en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

    El Instituto Nacional de Bellas Artes ha iniciado en la sala Chopin una temporada oficial con la presentación, en noche de gala, de la pieza A touch of the poet, del insigne autor norteamericano Eugene O'Neill, muerto a los 65 años de edad, en 1953. A touch of the poet, es una de las dos obras póstumas de O'Neill que quedan aún inéditas e iniciaba el ciclo de siete dramas que debía trazar la historia de una familia a lo largo de cerca de un siglo.
    La otra es More stately mansions ( Mansiones más suntuosas). El ciclo se llamaría A tale of possesors selfdispossessed, o sea Historia de unos poseedores que no se poseían a sí mismos, y ambicionaba presentar, al través de la vida de una familia irlandesa llegada a los Estados Unidos, un vasto fresco psicológico y costumbrista de la vida de este país.
    El poeta y sus sueños tenía una secuela en la segunda comedia del ciclo, More stately mansions, que nace de la unión matrimonial de Sarah, la hija de Melody, con Simon Harford. Desgraciadamente, el ciclo no sólo no pudo ser acabado, dada la penosa enfermedad que ensombreció la última década de la vida de O'Neill, sino que, en un lamentable auto de fe, el propio O'Neill destruyó los originales de su pieza inconclusa More stately mansions, junto con otras obras inacabadas, tarea en la que le

 

ayudó su esposa. El poeta y sus sueños, se estrenó a mediados de 1959 en el Teatro Real de Estocolmo, al cual O'Neill estuvo ligado siempre por un particular sentimiento de gratitud, ya que dio a conocer varias de sus mejores producciones. El protagonista fue el más famoso de los actores suecos, Lars Hanson, de setenta años.
    Uno de los aspectos más sugestivos de la temática O'Neill, a pesar de su variedad y de sentido contrapuntístico, es su continuidad, su fidelidad a sí misma. Con asombrosa persistencia reaparecen a lo largo de su obra, ideas dramáticas y personajes simbólicos. Por ejemplo, el artista contra el mundo; la inevitabilidad de los destinos predestinados; el amor como una lucha sin cuartel; el apego a la tierra; la avidez de poseer algo, sea seres o cosas. En esta pieza que ahora conocemos representada, traducida al castellano por el argentino León Mirlas con el título de El poeta y sus sueños y rebautizada en México con el de Tal día como hoy (que reduce su mágica fuerza emotiva a un simple incidente efemeridístico), vuelve al tema de la defensa, a ultranza, de la felicidad. Sara Melody será feliz cueste lo que cueste. Cornelius Melody había hecho su felicidad, apoyándola en inexistentes hechos retrospectivos, a costa de la de los suyos. Gran pieza de teatro, desde luego, pero considerada

como el primer capítulo de un ciclo que apenas el autor esbozó. Dividida la acción en cuatro actos, el más estremecedor será el segundo por la fuerza de su acción. El resto resulta, ahora, lento en su exposición, pesado, muy o'neilliano, en fin.
    La interpretación nos pareció muy baja. El director Fernando Wagner, viciado un poco por la dirección de melodramas, le dio a este drama un aire melodramático. Tipificó los personajes y con esto perdieron su profunda calidad humana; hizo de su dirección una anécdota con personajes, y con anecdóticos. Cumplen, nada más, Miguel Ángel Ferriz, en Cornelius Melody y Anita Blanch en su mujer, Nora; Luis Aceves Castañeda pasa por la escena, sin más o sin menos. La señorita Adriana Roel se adelantó en su carrera por lo menos cinco años en su intento de crear el difícil personaje que es Sara Melody. Actúa como una principiante que promete. El resto de los actores -Enrique Aguilar o Antonio Passy- se cubre, y lo mismo ocurre con Rita Macedo, que pasa por la escena con más pena que gloria. La escenografía de Antonio López Mancera nos parece haberla visto antes de esta noche; es buena y típica: campo de los Estados Unidos, 1828.
    A la función de estreno asistió el secretario de Educación Pública, doctor Jaime Torres Bodet.