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Gog y Magog, en el teatro de Los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

    Una comedia inglesa de humor, naturalmente inglés, estrenada y representada con éxito en teatros de Londres, París y Nueva York, fue seleccionada por el actor Manolo Fábregas entre las que ahora constituyen éxitos teatrales más o menos universales, para incorporarla como empresario a su repertorio comercial y personal. Se titula la comedia Gog y Magog -ajena, a pesar de su título, a las alusiones que el Antiguo Testamento contiene sobre el rey Gog y el país Magog-, original de Roger Mac Dougall y Ted Allan, que llega a nuestra escena en traducción anónima hecha no directamente del inglés sino de la versión francesa de Gabriel Aurot. Los autores ingleses recrean el viejo tema de los mellizos o socias que por primera vez trató Plauto, autor romano clásico. Es una comedia artificial construida con singular habilidad, pero no tanta, porque los autores se ven precisados para continuar desenrollando -que no es lo mismo que desarrollando- su trama artificiosa, a un monólogo en el que el protagonista descubre los hilos que mueven a los títeres y le pide al público su colaboración para seguirlo engañando.
    Ahora está de moda llevar a nuestros escenarios los más recientes éxitos del teatro comercial en Nueva York, muchas veces reflejo de los ocurridos en los teatros londinenses o parisienses. Otrora fueron los de Madrid, aunque si repasamos efemérides de nuestro teatro comprobamos que el teatro en México se mantuvo siempre a la

 

hora europea, lo mismo en lo malo que en lo bueno. Esta comedia de humor inglés no llega al buen humor latino, o más bien ibérico, en que se ha formado el nuestro. Ni remotamente se acerca Gog y Magog a las menos buenas tramas que derrocharon en su tiempo García Alvarez, Muñoz Seca, Paso o Abatí. El humor inglés es flemático; le falta jovialidad y agudeza, ingenio en el chiste, carece de gracia como la entendemos los pueblos de origen latino; su gracejo es pueril. Carece de donaire; su ingenio es ingenuo, no llega a la sátira, le falta jocosidad y hasta chiafaldita. Con el tiempo, tal vez, las generaciones que nos sucedan se divertirán con el humor flemático de los ingleses o el sencillo de los estadounidenses.
    La pieza de los señores Mac Dougall y Ted Allan construida con mucha habilidad, entretiene y aún divierte. Nada más. Superior a la pieza es la interpretación de Manolo Fábregas, como siempre frío y con gran disciplina; de Berta Moss, segura por el dominio indudable que tiene de su oficio, un poco desorbitada de Miguel Manzano, y ponderada y algo más que discreta de Adriana Roel, en la plenitud de su luminosa primavera; de Francisco Jambrina y de Miguel Suárez, y como ya es característico de este gran coliseo, la escenografía funcional, usando hábilmente el escenario giratorio, de Julio Prieto, el mejor creador en este género de México, y uno de los mejores del mundo teatral contemporáneo, para orgullo nuestro.