Presentacion del Teatro Nacional Popular Francés en el escenario de Bellas Artes Armando de Maria y Campos |
La brevedad del espacio de que dispone el cronista lo obliga a registrar, como simple efemérides blanca en la historia del buen teatro en México, la presentación - ¡al fin!- tantos años anunciada, del macizo y maduro espectáculo europeo conocido por Teatro Nacional Popular de Francia, que antes de nosotros ha conocido la casi totalidad del mundo teatral. Es obvio repetir aquí la fecunda historia del T.N.P.; así como los datos biográficos de su creador, director y primerísimo actor Jean Vilar. Damos por hecho que el lector enterado conoce estos datos profusamente difundidos y reducimos esta nota a una información sobre su debut, para decirlo usando un término francés.
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-México es al fin y al cabo una provincia teatral y París sería su metrópoli, sólo en este caso- si trazáramos una información de boca abierta y ojos en círculo. No nos dejó con la boca abierta Henri IV de Vilar, ni sentimos que los ojos se nos saltaban al contemplar la postura, movimiento escénico y escenografía de esta versión del impresionante drama de Pirandello. Pero caeríamos en el lado opuesto si no dijéramos que es excelente, magnífica y que la actuación del primerísimo actor Vilar es soberbia. Es lamentable que cuando se trata de artistas tan eminentes, que realizan el teatro sin acrobacia ni trampas, para auditorios ingenuos y cronistas gritones, no existan palabras de alta circulación, extrañas a esas de cuño corriente que a veces nos vemos obligados a usar, porque no hay otras en circulación. La farándula de Vilar merece epítetos no acuñados. Su Henry IV es un espectáculo de gran calidad artística realizado por maestros y profesionales legítimos en el arte de representar... a la francesa, por supuesto. La escuela francesa de representar es tan vieja como el arte de hacer comedias en Europa. Un buen actor francés tiene que representar según su escuela. No debería extrañar, pues, a la pléyade de cronistas inmaduros este hecho y deberían considerarlo, en vez de pasarse media función navegando por un río de chismes que nada tienen que ver con la noble función orientadora de un crítico que se |
respeta a sí mismo. La gran lección del arte de representar que nos dan, desgraciadamente en tres lecciones, Vilar y sus comediantes deben aprovecharla actores, directores, y cronistas impacientes y enredadores, porque es auténtica oportunidad de conocer y estudiar un soberbio espectáculo, que no será más, ni será menos (porque su larga vida lo ha consagrado), por adjetivo de más, o comentario de menos de lamentablemente indocumentada y revoltosa crítica de teatro mexicano. |