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En el teatro Esfera, La mujer transparente

Armando de Maria y Campos

    El teatro de México, como el enfermo grave o en crisis permanente, cambia constantemente de postura. No encuentra su comodidad y se revuelve en su propia angustia. Lo mismo pasa en otras grandes capitales teatrales. Pero las representaciones continúan. El teatro, pues, sigue su marcha...
    El segundo estreno de la semana en el teatro Esfera -un galerón con butacas en un pasaje del cine Ariel-, ha sido el de una pieza en un acto titulada La mujer transparente, de la escritora Margarita Urueta, de estimable historial en nuestro medio literario, Margarita Urueta ha intentado con varia fortuna varios géneros teatrales; en La mujer transparente aborda el teatro de imaginación. Se propone demostrar que "todos deseamos algo, pero al conseguirlo, ahí está el peligro". Su pieza pertenece al vago y poco comprometido género onírico, y en ella son factores en el juego fundamental de las emociones, la ilusión y el amor. Para el hombre que sabe ver las cosas, estas son transparentes, incluso la mujer. Un hombre quiere o sueña ser rey. Lo es. Crea a la mujer de sus sueños, crea una corte de aduladores y de traiciones. Al final despierta. "Todos deseamos algo, pero al conseguirlo ahí está el peligro". Concluye la magia, despierta del sueño. Mete sus bártulos en un cajón como cualquier prestidigitador, y el espectáculo de su imaginación concluye.
    El director señor Alejandro estimó que la pieza de Margarita Urueta cabía dentro de su programa de teatro de vanguardia y basándose en ella compuso un espectáculo mixto de ballet y pantomima en el que el texto llegó a ser lo de menos. Para esta clase de espectáculos nuestro pueblo tuvo a lo largo del siglo XIX una gráfica frase: circo, maroma y teatro, y así definía un espectáculo en el que cabía algo de todo. Alejandro lo llama teatro de vanguardia, y aprovecha

la ocasión para exhibir a sus alumnos como mimos en largos números pantomímicos, ilustra su espectáculo con intervenciones de ballet, también pantomímico como el ilusionista que saca de un viejo baúl trucos que puede ofrecer como nuevos por estar olvidados hasta de los viejos. Así ocurre con un acto en el que un personaje utiliza el movimiento de sus manos como si fueran las de otro, detrás del cual se oculta. Este fue un número de gran éxito humorístico, que hicieron durante la década de los veinte el caricaturista García Cabral y el escritor Manuel Horta. Tiene razón Teófilo Gautier: nada hay más nuevo como no sea lo viejo. Hace unas cuantas noches hemos comprobado que un gran actor danés, que dejó de escribir mucho antes de la guerra del 14, fue presentado como vanguardia. Por eso digo que nuestro teatro, como cualquier enfermo grave, no encuentra postura cómoda o permanente.
    La pieza de Margarita Urueta se pierde en el caos de la pantomima. Subsiste la idea, como una flor que arrastra la corriente de un río impetuoso. Como teatro de pantomima es un buen espectáculo el que presenta Alejandro, muy bien comentado por exquisitos fondos musicales.
    La interpretación es excelente en general, y destaca Beatriz Sheridan, que está deliciosa en todo momento; Elda Peralta, no obstante su falta absoluta de voz; Chabela Durán, cumple; Ancira, gran actor de este género; Ricardo Fuentes, más declamador que actor; Héctor Ortega y Salvador Zea, se desempeñan como excelentes mimos. Farnesio de Bernal, Sara Pardo y Maya Ramos, ilustran con originalidad y eficacia las múltiples escenas de ballet en que abunda este espectáculo ¿de vanguardia? para el que Lilia Carrillo y Felguérez compusieron una escenografía y un vestuario a tono con la fábula pantomímica compuesta por nuestro huésped chileno.