De las piezas francesas del género frívolo que han llegado a nuestros escenarios estas últimas temporadas, Vidita negra, de François Campeaux, es una de las más divertidas, mejor planeadas, con originalidad y construidas con pericia de autor que conoce el oficio y le fluye el ingenio. Los personajes que intervienen en ella están trazados de mano maestra, y si a veces aparecen toscos o chocarreros, bufos o caricaturescos, se debe a los actores que formados al gusto medio de un público que sólo acude al teatro para pasar un buen rato, han logrado imponer un estilo de tipos que para sí mismos se cortan a la medida con lo que (v.g. Brillas o Valerita) son siempre los mismos y actúan a la pata la llana, sin importarles gran cosa la obra ni su autor.
Volviendo a Vidita negra, adelantaremos que se trata de una obra típicamente francesa que parece escrita por tres autores distintos, igualmente hábiles; uno, al que le adjudicaríamos el segundo acto, superior a los otros dos. Sea como fuere, el autor ha escrito y construido una pieza divertidísima, muy original en su segundo acto y que por las causas apuntadas hará reír a medio México. El primer acto es, como exposición del asunto, largo y lento, y sólo se |
salva por el diálogo ingenioso entre Enrique y Soledad, amantes típicamente franceses. Durante este acto aparece el personaje exótico y pintoresco; Vidita, una estudiante originaria de una minúscula isla polinesa, que se acomoda como sirvienta siendo en la realidad madura estudiante universitaria, para estudiar de cerca la civilización de los europeos y los estadounidenses. No pasa nada durante este acto, todo es exposición del argumento que culmina en el acto siguiente.
El segundo acto es formidable, no sólo por la acción, que es lo que ocurre en la escena, sino por el mensaje social, valiente y certero que el autor pone en boca de la linda polinesa. El tercero, que parece escrito por otro autor, es una franca pantomima en la que se acumulan escenas bufas y otras que son caricatura de costumbres francesas.
Toda la obra está sembrada de ingenio y por esta causa y por las que acumulan los actores repentistas, resulta entretenidísima.
Mauricio Garcés crea un tipo de galán con muchas características del espíritu francés frívolo y desaprensivo. Está, en verdad magnífico, porque lo actúa con extraordinaria soltura y lo dice con singular gracia masculina. La |
hermosísima y primaveral Dacia González crea el personaje de la universitaria polinesa, millonaria por su nacimiento en su misteriosa isla, con seductora gracia y sorprendente sencillez; dulce y expresiva, enamora al que la ve y escucha. El público entero, hombres y mujeres, se rinden ante su estremecedora belleza, su cautivadora gracia y sus prometedoras calidades de actriz.
Eva Calvo madura como actriz y hermosa mujer, se desenvuelve con extraordinario dominio y simpatía. Emilio Brillas y Alfredo Varela crean y en gran parte inventan dos tipos formidables. Carlos Nieto cumple con discreción, lo mismo que Yuyu Blengio. El actor y las hermosas jovenzuelas que, como procedentes de Polinesia, intervienen en forma pintoresca en las escenas que les corresponde en el tercer acto para rematar la pieza, provocan que el público ría a su gusto.
La dirección de Banquells es muy profesional. ¿Será verdad que ya traduce el francés? La escenografía de David Antón sirve al mismo tiempo a la obra y a los actores.
Amigos acudan a la sala Cinco de Diciembre a admirar ese milagro de la naturaleza que es Dacia González. |