Debiera haber obispas.
Teatro Fábregas. Autor: Rafael Solana. Dirección: Hanns Anselm Perten. Boceto de escenografía y diseños del
vestuario originales de Alemania. Realización escenográfica: Antonio López
Mancera. Realización del vestuario: Berta Mendoza López. Reparto: Gloria Marín,
Alicia Montoya, Libertad Ongay, Luis Aragón, Fernando
Mendoza, Carlos Monden, María Elena Orendáin y
Alejandro Anderson.
La Temporada de Oro del Teatro Mexicano
que ya se ha prolongado por más de un año, ha repuesto en esta ocasión la obra
de Rafael Solana Debiera haber obispas.
Para montarla en escena fue contratado el director Hanns Anselm Perten, que fue encargado de escenificar esta misma
obra en Rostock, Alemania. La dirección que ha hecho
de la comedia deja ver una concepción totalmente diferente a aquella de los
directores mexicanos que la han montado anteriormente. Éstos se han acercado más
bien al terreno costumbrista preocupándose por retratar los tipos más
característicos de la provincia mexicana; en cambio Hanns Anselm Perten cuidó más el aspecto farsístico de la comedia, con gran imaginación y con una sensibilidad verdaderamente
creadora. Creo sin temor a equivocarme que el propio autor de la comedia, al
escribirla, tuvo una concepción más cercana a la de los directores mexicanos
que han interpretado su obra; no obstante esto, la dirección de Hanns Anselm Perten no se puede decir
que haya traicionado la idea de Solana, sencillamente enfatizó otros aspectos
de ella, pero que estaban dentro de la comedia, o sea, no los inventó.
Este director alemán tuvo aciertos tan
señalados como la forma de ligar un cuadro con otro, a base de pantomimas, semidanzas, que con música mexicana hizo ejecutar a los
personajes. Ese aprovechamiento del acervo musical de México en ningún momento
aparece como un anhelo de hacer folklorismo innecesario, sino sencillamente
quiere aprovechar todo elemento creador que pueda aportar algo positivo a la
realización escénica, dando a la obra una nueva perspectiva.
Algo que realmente llama la atención es el
diseño del vestuario, original de Alemania, por medio del cual el director
tipifica más que el exterior de los personajes, el interior de ellos, es decir,
su sicología. Las pelucas, el maquillaje y el colorido, eran por sí mismos la
mejor crítica del “vicio”, el mejor retrato de las intenciones más ocultas de
cada personaje y por añadidura la mejor forma de crear una atmósfera que obliga
al espectador a no perder de vista ni por un minuto el carácter satírico de la
situación.
La escenografía es igualmente apropiada,
imaginativa y de una gran belleza plástica. Una gran persiana que corre a todo
lo ancho del foro fue de un atinado buen gusto. Toda ella habla muy en favor de
los escenógrafos alemanes.
Gloria Marín se esfuerza por hacer un
papel decoroso. Todos los estados anímicos por los que atraviesa su personaje
fueron proyectados con gran soltura; lo mismo el resentimiento ante la
humillación de que ha sido objeto, como la picardía en los momentos en que se
venga de aquellos que después de haberla criticado, la adulan.
Los demás personajes a través de los
cuales se desenvuelve la acción y que son a la vez los representantes de toda
una comunidad que se adivina con sus mismas características e imperfecciones,
fueron interpretados magníficamente.
Libertad Ongay muestra una gran experiencia; lo más difícil para un actor es salir bien en un
papel predestinado a pasar inadvertido. Alicia Montoya desempeña su cometido
con todo el profesionalismo que la caracteriza, al interpretar con discreción
un papel que se prestaba para dislocarlo, pero logra dar a éste simpatía.
Fernando Mendoza y Luis Aragón, cuidados, sin desequilibrarse en ningún
momento, realizan una interpretación bien entendida. De los personajes que
cuentan con una mayor dosis de caricatura, y que son Tomás, Aurora y Cosme, los
dos primeros fueron personificados con todo acierto por Carlos Monden y María
Elena Orendáin; se advierte que el director
prácticamente les puso gesto por gesto, actitud por actitud, por lo que
resultaron dos trabajos extremadamente cuidados. El último, Cosme, fue
interpretado por Alejandro Anderson, quien no estuvo a la altura del resto de
los actores; artificial, inexperto, su dificultad de pronunciación fue
francamente en su perjuicio.
La realización que se hizo en México de la
escenografía, -por Antonio López Mancera- y del vestuario, por Berta Mendoza
López, lo mismo que el conjunto de músicos y bailarines, contribuyeron a dar a
la obra un realce inusitado.
Felicitamos asimismo a Rafael Solana por
esta nueva versión de su divertida comedia, Debiera
haber obispas.
Los maridos engañan de 7 a 9
Sala
Chopin. Autores: Sixto Pondal Ríos y Carlo Olivari.
|