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Fin y principio de año con Ionesco

Armando de Maria y Campos

    En mi larga vida de comentarista de espectáculos teatrales no me había tocado un fin de temporada tan raquítico, deslucido e insignificante. Cuatro teatros de comedia abiertos y dos con variedades líricas. En éstos, los elementos que la clase media y la alta burguesía ven gratis por TV. En aquéllos, dos comedias de retaguardia -dos hilachos de teatro cómico- una pieza policiaca para espectadores que no gustan de pensar y comedia de vanguardia en otro.
    Todo lo que en su día fue teatro de vanguardia envejece rápidamente, a menos que lo insulfe un aire cómico. Cualquier teatro cómico vive más que el de género dramático.
    La pieza de vanguardia a que me refiero es La lección, un acto de Ionesco, anunciado como drama cómico. Lo extraño es que ha sido objeto de una dirección profundamente dramática. ¿El teatro de Ionesco es cómico o es dramático? Difícil respuesta, porque es mixto de ambas expresiones. Tengo para mí que Ionesco no está aún situado, es decir, que no tiene sitio ni allá, en Europa, ni por acá, en las Américas. En el fondo es un gran bromista que hace decir a sus personajes pensamientos profundos al lado de otros que mueven a la hilaridad. Ni cómico ni dramático. Pasará, y pasará pronto. Si su teatro fuera cómico tendría más posibilidades de

sobrevivir que si fuera dramático. El teatro literario, como es el de Ionesco, envejece muy rápidamente, y si es de vanguardia su vejez es ... horripilante. ¿Qué queda del teatro de vanguardia de principio de siglo? ¿Qué del futurista de Marinetti? Nada, porque sus autores quisieron ser dramáticos. En cambio aún vemos representar, allá o aquí, teatro de Feydeau, de Courteline, de Labiche. Y hasta las peores piezas de Muñoz Seca encuentran un refugio en las interpretaciones bufas.
    La lección, de Ionesco, no ha logrado interesar a más de cien personas por función, entre curiosos, pedantes, desorientados o estudiosos. Leída esta pieza preocupa; representada aburre, indigna, subleva. Con La lección, ha terminado un año teatral y ha principiado otro que, estamos seguros, traerá mejores obras a nuestros escenarios. La dirección de Alejandro es ambiciosa y confusa. La escenografía del nuevo escenógrafo Felguérez, ingeniosa, pero adolece de rebuscamiento para impactar al auditorio ingenuo.
Excelente y estéril la interpretación por parte de Carlos Ancira, y de la nueva actriz Beatriz Sheridan. El señor Salvador Zea, disfrazado de mujer, hace un personaje que la mayoría de los cien espectadores diarios, no entiende.