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El tío Vania de Antón Chéjov, en el teatro Xola

Armando de Maria y Campos

    Se nos fue el año de 1960 sin haber celebrado el centenario de Leandro Fernández de Moratín, de más importancia para el teatro hispanoamericano que el de Antón Chéjov, porque Moratín reformó la escena española, la aireó, y porque es el antecedente de nuestro Manuel Eduardo de Gorostiza. En cambio de Antón Chéjov hemos visto dos obras suyas, excelentes por cierto, La gaviota y El tío Vania, características de sus ideas renovadoras y de su madurez teatral. El tío Vania fue estrenado en 1897, y después sólo escribió Las tres hermanas y El jardín de los cerezos.
    El teatro Xola, del Instituto Mexicano del Seguro Social, ha presentado El tío Vania en forma espléndida y propia, como tal vez no lo soñó Chéjov. Es difícl que cualquier teatro del mundo supere la presentación que ha logrado el IMSS: escenario giratorio para pasar de una escena, o de un clima, a otro con la velocidad del pensamiento; magnífico vestuario ajustado a la época, muebles utilería y sobre todo una escenografía corpórea cuidada en todos sus detalles. ¡Qué dicha poder presentar teatro con los recursos que proporciona la buena administración de un servicio social bien administrado!
    La interpretación es, también, digna de encomio. José Gálvez hizo un sobrio, sombrío y

apasionado tío Vania, y Rafael Llamas, como el Dr. Astrov, supo mostrar los camibios de emoción que en él se producían al dominar, primero, y al dejar explotar, después, su conflicto pasional. Erna Marta Bauman luce preciosa y adelanta mucho como actriz. Su Elena Andreievna es muy aceptable. Judy Ponte se muestra apasionada, sincera y contenida a la vez en su humano personaje, y como siempre, está en su puesto de notable actriz Lola Tinoco. Bien, y ya es hacerle justicia, Rafael Estrada. Reapareció después de larga ausencia doña Elisa Asperó viuda de Julio Villarreal. La saludamos con el mayor afecto, y no vacilamos en declarar que no ha dejado de ser excelente actriz.
    La obra de Chéjov interesa ¡cómo no! pero ahora nos parece lenta. Chéjov trajo al teatro de su tiempo, como Ibsen en su país, un trozo de vida. Cogía un episodio, lo desarrollaba, sucedía lo que tenía que suceder y... la vida seguía su curso. Dentrás del último telón sus personajes continuaban viviendo y sufriendo, según lo que les había ocurrido en el momento en que Chéjov los llevó a las escenas. Vimos una Rusia campesina de hace setenta años. ¿Cuándo veremos en el escenario del Seguro Social un trozo de la vida campesina mexicana de hace setenta años?