Las sillas de Eugenio Ionesco en el teatro Arcos Caracol Armando de Maria y Campos |
Desde La cantante calva, montada por Nicolás Bataille, en 1951, las obras de Ionesco casi no han dejado de aparecer en los carteles de los teatros de vanguardia de lado izquierdo del Sena (París), antes y después lo mismo en Bruselas que en Magreb, en México o en Tel Aviv. Eugenio Ionesco es uno de los proveedores más originales y más fecundos de las llamadas escenas de vanguardia. Desde que una joven compañía reveló su primera obra La cantante calva, casi no ha dejado de manifestarse: La lección, en el Théâtre de Poche, en 1951; Las sillas, en el Nouveau Lancry; Víctimas del deber, en 1953; Amedée o Como deshacerse de ello, en el Théâtre Babylone, en 1954; Jacques, en La Huchett en 1955. Tiene sobre un nuevo teatro que él cree necesario, ideas muy concretas, que no es posible olvidar ahora que con casi una década de retraso llega a nosotros su discutida y desconcertante pieza Las sillas. |
crisis permanente. Sabemos, desde hace tiempo, que el hombre es "el animal enfermo", el único ser descontento de su condición. Por esta razón tiene una historia. Por el contrario, el arte, la literatura, el teatro, están en crisis cuando ya no son la expresión de la crisis permanante del hombre. Querer un teatro sano, confortable, comprensible, es querer rematarlo..." |
"machacan"; utilizan un lenguaje convencional que no debe nada al lenguaje verdadero, son la irrisión del público. Hasta incluso por irrisión, Ionesco es un escritor. Con Las sillas ha sobrepasado lo que les hubiese bastado a los insulsos aficionados a lo absurdo del music-hall. El lenguaje ya no se desvirtúa de su sentido para hacer reír, para volver a encontrar uno de sus funcionamientos más antiguos, aquél de la imaginación del sueño mezclado a la realidad, del pasado que se cuenta y del futuro que se teme. No siempre Ionesco alcanza esta tesitura. Pero él aprovecha el "chance", suerte y riesgo del teatro, y dice desde su tribuna todo cuanto siente y piensa. Abre nuevos caminos y por ellos transitan lo mismo los ingenuos, que los pedantes o los necios, y también los inteligentes. Es sincero Ionesco cuando dice: "Cada poeta puede encontrar en cada momento histórico, la expresión renovada del malestar, del dramatismo fundamental de nuestra condición. Nuestra época no está, pues, menos favorecida que otra en lo que a esto respecta: ofrece simplemente a la obra de arte de su carácter". |