Estreno de El hombre que yo maté de Mauricio Rostand, en el teatro Esfera Armando de Maria y Campos |
Todas las guerras han tenido -y tienen- su estilo. La ferocidad de los hombres y el odio administrado de los pueblos se manifiestan cada vez con mayor crueldad y mejor técnica para destruirse en cada guerra. La gran conflagración que en 1914 sacudió a casi toda Europa, no se parece en nada a la que, años después, desencadenaron los nazis. La guerra del 14 no destruyó de pronto y por completo la organización social y los conceptos humanos que imperaban hasta el momento de su estallido. Se conservaron muchos valores humanos. El espíritu de la posguerra penetró en el cinematógrafo, en la novela y en el teatro y desde allí envió su mensaje, casi siempre amargo, angustioso... |
facilidad y felicidad de expresión y en particular, una especie de infantilismo espiritual y sentimental que confunde y desorienta al espectador. Los años la han dejando convertida en un melodrama... propio para televisión. Hace unas cuantas semanas nuestra televisión ofreció a su público una adaptación, y esto movió al director Enrique Alonso a llevarla al escenario del teatro Esfera, adaptándola -error y horror- a estos últimos años. Resulta falsa la historia, porque los hombres pelearon en 1916 en distinta forma a como lo hicieron en 1942. Los "boches" fueron otra cosa, distinta de los años después vinieron a significar para la civilización los nazis. El conflicto sentimental, el remordimiento, el hueco que en el hogar deja el joven soldado sacrificado, pueden ser de todos los tiempos: pero para que el melodrama de Rostand, hijo, pueda representarse ahora como documento, es preciso que no se le arranque el año en que murió el joven alemán Herman Melber. He creído oportuno referir estos detalles para evitar la desorientación que, tal vez por desdén al tema, cultivan hasta los cronistas veteranos. |