Leí en lectura diagonal, porque no hay tiempo de leer de manera formal todo lo que lanzan las prensas, la novelita Los desorientados de la joven Maruxa Vilalta, mexicana de origen español, como todo lo mexicano, por simpatía y curiosidad. La señorita Vilalta es un remoto eco de la manera de escribir de Sartre o de Francisca Saigan, entre otros existencialistas o tremendistas de esta época. Me interesó; convertida por ella misma en pieza de teatro, me ha interesado menos.
Viejo asunto en el de la discordia entre la novela y el teatro. Debate antiguo, fallado en España desde hace siglos por un juez tan competente y autoridad tan prócer, como la de Lope de Vega. Pero, ¿qué harían los críticos y criticastros si no les permitieran enredar la madeja, confundir los conceptos, desordenar lo ordenado, desamarrar lo que ya está amarrado en la construcciones soberanas del arte?
Novelistas geniales han fracasado en el teatro. Novelistas geniales han triunfado en el teatro. ¿Nombres? Víctor Hugo, los Dumas, particularmente el padre; John Galsworth, Oscar Wilde, Sir James Matew Barrie, Somerset Maugham, Benito Pérez Galdós, para citar únicamente a los que nadie ignora.
Cada género literario tiene sus leyes. Ley inmanente de teatro: la acción conducida por el diálogo que el autor pone en boca de actores. Sin coloquio, sin conversación, no hay teatro. Y tampoco lo hay cuando la palabra no es vehículo de la acción. ¿Leyes contingentes o circunstanciales del teatro, es decir, de cuyo incumplimiento no depende su vitalidad? Ante todo, aquella famosa ley de |
las tres unidades, que nadie, o casi nadie, respetó nunca a derechas. Sí; el teatro ha sido y es todo lo que quiere. Pero sólo reconocemos dos límites, sólo se inclina ante sus leyes infrangibles: el diálogo y la acción.
La novela es más independiente; es el más indefinible de todos los géneros literarios. Se ha dicho que definir la novela "¡es poner puertas al campo!" Una novela puede ser teatral como novela, si es coloquial. El teatro es una acción actuada.
Supongamos que se trata de un gran novelista que tiene la ambición de hacer teatro. Guardando las proporciones, esto le ha ocurrido a la señorita Vilalta, agravando su arreglo por una dirección ambiciosa y pueril que junta los géneros sin obtener la mixtura.
Los desorientados son los muchachos de ahora. La señorita Vilalta los crea a su gusto y capricho y los enreda en una acción sin mayor trascendencia social. El resultado es una frustración del tema, de su desarrollo y de su actuación.
Intervienen en la interpretación las excelentes y experimentadas actrices Carmen Molina y María Idalia y el actor de tanto oficio Lorenzo de Rodas, formado el trípode de la actuación responsable. Se muestran discretos. Cumplen con el entusiasmo propio de los principiantes Guillermo Aguilar, Julio Antonio Serna y Regina Cardó. La escenografía se anuncia como de Rodas y es confusa, porque no logra crear un clima de novela ni un ambiente de representación teatral. |