Un folletinista nato definiría el teatro de Jean Anouilh con una frase: una rosa sobre el fango. O bien, haría esta frase: una rosa navega sobre aguas negras. El teatro de Anouilh sigue dos paralelas, una negra, la otra rosa. Su repertorio se clasifica en piezas rosas y piezas negras. El público mexicano conoce gran parte de la obra teatral de este brillante dramaturgo francés de ascendencia francovasca, nacido en Burdeos en 1910. La primera pieza de Anouilh que se representó en México es la titulada Viajero sin equipaje. Después hemos conocido Antígona en español, en francés y en inglés; El vals de los toreros, El baile de los ladrones, Colombe, La alondra en inglés, La Invitación al castillo traducida por Christopher Fry como Ring round the moon, Leocadia y Muerte trágica (en español), que Jean Barrault representó en francés respetando su título, La repetitión au I'Amour puni. El espectador mexicano no precisa de más explicaciones y sabe lo que es una pieza rosa o una negra en el largo repertorio de Anouilh.
Todo el teatro de Anouilh es una exaltación deslumbrante y poética de un tremendo salvajismo, de una crudez que enchina el cuerpo. Sus piezas rosas son refinadas, poéticas. Las negras son turbias y a veces se siente el impulso de taparse las narices para evitar el mal olor que despiden, no obstante que por ellas corre un sutil viento de poesía. Esto puede parecer paradójico si no se tiene en cuenta que lo "negro" toma en literatura, tanto en novela como en la escena, los más variados ropajes. Así, un argumento de Anouilh podría traducirse con poco esfuerzo al de un folletinista. Pero pocas veces podría aplicarse el dicho francés le ton fait la chanson, como en el caso de este autor. Se le han buscado mil significados profundos a su teatro y, si con frecuencia profundiza, no hay en ese fondo más que un decidido propósito de "hacer teatro" y una magistral eficacia en los resultados. El autor se recrea y probablemente hasta se divierte cuando cadenas de situaciones crueles y violentas en las que nunca falta el celofán de la poesía que las cubre y las proteje como a los ramos de flores naturales que se envían en obsequios envueltos en ese papel de lujo. El juego de lo maravilloso poético en el |
teatro de Anouilh va siempre a pararse al borde de un espantoso abismo. Pero esta negrura queda envuelta en luces de ingenio. Si de algunas comedias entre ellas Jezabel, que conocimos anoche, en traducción no muy fina ni clara, tan poco poética de Aceves, se sale con el ánimo deprimido, lo anecdótico en ellas reanima y tranquiliza a los espíritus simples, mientras que la belleza de su arquitectura y la pura humanidad de su contenido causa un placer a los espíritus cultivados. Anouilh es, contradictoriamente un autor para mayorías y un favorito de las minorías. Todo depende de la calidad, de la finura, de la profundidad del espíritu del espectador.
Jezabel es una pieza negra, un charco de aguas turbias, ¿o será de aguas negras? La rosa de la poesía -los amores inexplicables entre Marcos y Jacqueline- naufraga definitivamente en la pavorosa tragedia que vive una madre aturdida por el grito persistente -¡verdadero alarido!- de la sangre que no se apaga no obstante que el cabello se le torna blanco, las arrugas marcan en su rostro la profunda huella que dejan los vicios y las carnes se derrumban flácidas, y que la lleva al crimen premeditado, al asesinato de su paciente y sempiterno marido cornudo para lograr miserables cinco mil francos con lo que podría retener al amante joven que se vende y que, argucias de un autor folletinista, es el chófer de la novia pura -la rosa sobre el fango- de su hijo, rebelde y desesperado, que al fin desaparece tragado por las aguas negras sobre las que mantuvo una adolescencia atormentada.
Obra difícil que requiere no solo escrupulosa sino, profunda interpretación. Cada actor debe crear un personaje. Si no lograr crearlo, el personaje se convierte en simple tipo, y del drama se pasa a la anécdota. El difícil, estremecedor y respulsivo personaje de la desventurada madre fue confiado a la competente actriz argentina Berta Moss, que tuvo el acierto de no caer en la composición de un personaje de tango, pero no pudo evitar caer en el pozo sin fondo del melodrama. Berta Moss proyecta con mucha teatralidad lo externo de su personaje y se queda en los límites de lo interno; se mueve en el melodrama pero no logra |
traspasar las fronteras que separan este género del drama auténtico. Como actriz de melodrama se muestra hábil, convence y en ocasiones logra conmover al público atónito ante el desarrollo de un drama interno de los sentidos, que la señora Moss convierte en la angustia de una dipsómana en el otoño de su sensualidad. Francisco Müller se desenvuelve con eficacia a pesar de los resabios que en él ha dejado la galería de personajes en caricatura en que parece haberse especializado. El joven y talentoso actor Enrique Aguilar se desempeña con emoción y sinceridad, aunque un poco atropellado no sólo en la dicción sino también en la emoción. Su Marcos es personaje de prueba aun para galanes más maduros que el inteligente y estudioso Aguilar. La señorita Alvarado cumple y no logra su propósito de aparecer como una chica ingenua delirante de amor sin complicaciones. Elena Julián -de gesto agrio y nervioso- hace una sirvienta pronta a ser útil para todo, y cae en lo convencional por su marcado propósito de aparecer servicial... para determinados servicios. Ada Carrasco y Enrique Díaz Indiano intervienen formando una pareja con la que el director Aceves quiso establecer un contrapunto, la caricatura frente a la tragedia. Ambos cumplen haciendo equilibrios sobre el alambre -maroma o cuerda tensa- que les asignó el director.
La dirección de Aceves está resuelta con estricta seriedad dentro de un clima de melodrama agudo. La escenografía de Antonio López Mancera es sencilla, modesta o económica y acentúa el carácter negro de la pieza de Anouilh rodeando el escenario con cortinas negras; negro todo lo que está más allá de la ventana, negras las puertas. La representación de Jezabel transcurre en un clima negro de pasiones negras. Al encontrarse el espectador en la calle, noche fría, aire fresco, se siente volver a la realidad optimista. Recordamos al poeta de Sinaloa cuando exclama: "La vida está cantando afuera, la vida dice ven a mí..." |