El guardián. Teatro del Granero. Autor: Harold Pinter. Traducción: Jesús Cárdenas. Dirección: Xavier
Rojas. Escenografía: Armando Gómez de Alba. Reparto: José Baviera, Carlos
Bracho y Aldo Monti.
Miseria, desolación, soledad, es el
ambiente que priva en El guardián, y
que quizá vivió Harold Pinter en su niñez en Londres
-fue hijo de un sastre- y posteriormente, en las épocas de desempleo teatral
-era actor- al trabajar como mesero, como portero en un salón de baile, como
lavaplatos en un restaurante, etcétera...
En El
guardián, Pinter presenta tres personajes; el viejo Yennins, cuyo verdadero nombre es Davies, un ser privado
de todo y que cuando le es ofrecido algo, se atreve a exigir que ese “algo”,
sea de la calidad que él necesita. Astor es otro personaje que tampoco tiene
nada, salvo el amparo de su hermano, y ha perdido inclusive la comunicación con
el exterior de sí mismo -ha estado en un manicomio- y es el guardián de la casa
de su hermano: Mick, un hombre al que le adorna su
frívolo sadismo, que trabaja -tiene un camión de acarreo-, que quiere
reconstruir la vieja casona y no encuentra nunca la persona adecuada para redecorarla, más que por ineficiencia, porque no quiere encontrarla,
porque en realidad, la casa no le importa, ni le importa el viejo -al que
también quiere hacer “guardián”- ni siquiera parece importarle mucho el hermano
al que pretende querer ayudar.
Con estos tres personajes, situados en la
gran casona, que es como el símbolo del mundo en que vivimos, pretende Harold Pinter mostrar la miseria de ese mundo. Por una parte trata
de hacer ver cómo la Humanidad vive en universos separados, y a pesar de todos
los esfuerzos que hace cada ser por inmiscuir a los demás en su propio
microscópico universo, no lo logran. Para el viejo su mundo gira alrededor de
unos documentos que le devolverán su verdadero nombre, y por tanto su verdadero
ser, y alrededor de unos zapatos. Para Astor, su mundo es la vieja casona
derruida, sin pisos en la planta baja, en la que él construirá un cobertizo;
para Mick, el mundo es supuestamente
su trabajo, aunque nadie sabe en realidad cuál es su mundo y está tan alejado
de los otros, tan inconexo, como los otros dos entre sí.
Cada uno de los personajes tiene su pobre
esperanza. Mick desea restaurar la vieja casa, el
viejo obtener sus documentos, Astor construir el cobertizo. Ninguno obtiene lo
que desea, pero mantiene su esperanza.
Es una obra, en la que no sucede nada, no
hay acción y termina todo exactamente donde comienza, hay un estatismo que
simula un movimiento, o quizá un movimiento que simula estatismo, o quizá ambas
cosas.
Pero viene la pregunta inevitable: ¿qué
quiso decir el autor con su obra? Quizá deseó mostrar cómo la Humanidad está en
manos de un loco y de un parásito de la sociedad, que ni siquiera es quien
aparenta ser, pues viaja con un nombre supuesto.
Quizá pretendió mostrar la ineptitud del
hombre para la vida, pero entonces cometió el error de ponernos frente a un
enfermo mental, lo que hace un caso patológico de algo que el pretendía que fuera simbólico. O quizá pretendió señalar que la debilidad
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del hombre frente
al mundo actual, sólo puede llevarlo a la demencia.
El autor presenta sólo hilos, pistas para
seguir, pero como si fueran pistas falsas, el espectador se encuentra en cada
camino con una pared que impide el paso, como un laberinto. De pronto una frase
que despunta como si nos encontráramos frente a una crítica a la discriminación
racial, y la frase se pierde en un manantial de palabras que nada vuelven a
tener que ver con esa crítica, de pronto otra que habla de la incomunicación
del hombre con el hombre; como otra que se queja de que el hombre siempre se
queda en la superficie de los problemas, y otra que parece que va a provocar
una acción -interior o exterior, cualquiera es buena-, pero todo queda trunco.
Quizá esa forma de presentar hilos sin resolver sea una forma de hacer ver que
todos los días, a cada momento, se nos ofrecen nuevas perspectivas a seguir,
que rechazamos porque ya nos hemos aferrado a un camino, a una esperanza,
pequeña, deleznable, quizá, pero esperanza al fin.
La obra se antoja a veces descriptiva, con
un realismo angustiado, pero realismo únicamente, no tiene la fuerza de un Beckett, de un Ionesco de un Schehadé, de un Adamov, de un Arrabal. Le falta aún mucho para llegar a esas alturas, aunque es bueno saber
que Pinter tiene apenas treinta y tres años, y El guardián, es un buen ensayo, en lo
que se refiere a buscar formas nuevas de “vanguardismo”.
Da la sensación de que el autor buscara un
medio tono, como tratando de ocupar dentro del teatro de vanguardia, el sitio
que ocupara Chejov, dentro del realismo. O sea, el teatro de movimiento
interno, en el que parece que no pasara nada, ojalá pronto llegue hasta
nosotros una obra, en la que Pinter logre de manera
absoluta aquello que busca, sea cual sea lo que busque.
En lo que se refiere a la puesta en
escena, lo más sobresaliente, lo asombroso, es la actuación de José Baviera,
ésta sobrepasa los límites de cualquier elogio viciado por el uso que a diario
se hace de los elogios. Desde La carroza
del Santísimo -que le valió un premio- no habíamos visto a Baviera crear un
personaje con la altura con que ha creado el viejo Davies, es más: superó
aquella actuación enriqueciendo su voz con mil matices, enriqueciendo su gesto,
su ademán y en general toda su fuerza expresiva.
La dirección de Rojas es correcta, y
aunque no peca de imaginativa, da el ambiente angustioso que requiere la obra.
El teatro círculo, definitivamente es su mejor medio de expresión. Bien
seleccionados los fondos musicales. La escenografía de Armando Gómez de Alba no
pudo ser mejor.
Una revelación es Carlos Bracho, un actor
que con un gesto, sin una palabra, con sólo una mirada, da a conocer a todo un
personaje, es indudable que Carlos Bracho tiene un gran porvenir en el teatro.
Aldo Monti de sobra conocido en el medio teatral, es un actor que siempre
proyecta energía, que trasmite sensación al público, pero lo que parece que no
se le corregirá nunca es su dicción, su hablar atropellado, no obstante esto
logra una interpretación excelente.
Invitación al castillo. Teatro de Compositores. Autor, Jean Anouilh. Dirección,
Sigue en la página ocho
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