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Esperanza de otoño de Faina Borisova, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

    El último estreno del mes de agosto, que este año tendrá particular significación porque durante el mes de septiembre nuestros teatros estarán consagrados a representar obras de autores mexicanos contemporáneos con argumentos o tramas de cualquier índole, fue el de la comedia dramática Esperanza de otoño, en tres actos, los dos últimos actos divididos en dos cuadros, de la novel autora Faina Borisova.
    Doña Faina Borisova es autora novel de teatro porque con esta pieza inicia sus actividades para la escena. Como autora vive una esperanza de otoño, porque es mujer de edad avanzada, aunque en pleno goce de sus facultades mentales y no puede contener su ansia de probar el éxito en el mundo misterioso, hechizado, del teatro.
    Nació en Rusia, Yamsk, capital de Siberia, cuando alboreaba el presente siglo. En aquellas lejanas tierras, cargadas de leyendas, porque durante mucho tiempo se dijo que las autoridades de la Rusia zarista enviaban a tan remotas regiones a su presos políticos... que no volvían nunca. En Yamsk pasó su niñez y parte de su juventud, la revolución en Rusia la encontró en el Lejano Oriente, y allá, entre China y Japón, vivió ocho años. En China se hizo odontóloga, profesión que aún ejerce y de las que vive. Desde entonces sintió inclinaciones por la literatura, en particular por el género de narraciones y cuentos breves. Cerrada para ella la Rusia en que había nacido decidió trasladarse a América y eligió Estados Unidos, pero ni las costumbres ni su ideología política de aquel país, le permitieron arraigar en Norteamérica. Una imprevista intuición de que en México encontraría la paz y el trabajo, la guió a nuestro valle, hace más de treinta años. Llegó como turista, y después obtuvo su residencia legítima. Doña Faina continuó escribiendo cuentos sobre

temas orientales, en particular rusos, leyendas que había escuchado en su niñez. Hace cuatro años le picó la tarántula del teatro y se puso a escribir comedias dramáticas. Esperanza de otoño, de su otoño también, es la pieza que subió al escenario de la sala Chopin, el sábado último.
    Esperanza de otoño es un bello cuento de amor frustrado que termina trágicamente. Un pintor entrado en años -que pinta en los alrededores de México- se enamora de su modelo que aún no entra en la adolescencia. El decide que deben casarse; ella acepta, porque no sabe nada de nada. Pero llega el hermano menor del pintor, con veinte años, que son veinte mayos reventando juventud y amor, y el resultado no puede ser otro que el de que los jóvenes se enamoren.
    El pintor machucho comprende. Comprender es, su caso, renunciar. Accede a que se casen los jóvenes después de que el hermano menor y metropolitano seduce a la inocente pueblerina. Un poco forzado el argumento, pero en compensación se deduce que la muchacha no fue forzada por el impaciente juvenil don Juan. Pero el hombre, o los dos hombres, el pintor otoñal y el hermano pletórico de primavera, proponen y Dios dispone. En viaje bodas la pareja sufre un accidente automovilístico y en él resulta muerta la "esperanza de otoño" del pintor que había derrochado su primavera, no aprovechando tampoco su verano y quería tomar la revancha que le debía la vida en los albores del otoño.
    La pieza está bien concebida, pero construida con la falta de pericia, o de habilidad, característica en todo autor primerizo que no hace autor. (Porque el autor genial nace y el autor de oficio se hace). Es lo natural. La trama se desarrolla con lógica y ningún espectador con

sentido común podrá reprocharle inconguencias. El lenguaje es sencillo, claro y respetuoso; no en vano la señora Borisova lleva tantos años de residir entre nosotros y de practicar la lengua nuestra. Sus personajes -además de los enamorados, transita por la comedia una criada vieja, el abuelo de la muchacha, un maderero episódico y un médico que desahoga una consulta en tres minutos- no tienen nada de artificiales; el mejor de todos es el del pintor otoñal, que tal vez llegaría más al público si no fuera porque el actor encargado de habitarlo no mostrara tanto empeño en demostrar que posee facultades de comediante excepcionales. Un poco más de moderación, menos vedettismo dramático, y el don Mateo, de Germán Robles, estaría más adentro de la situación creada por el personaje que es a su cargo. Robles es ya exelente actor de televisión, muy popular en la pantalla, y va en camino de robustecer su personalidad sobre los escenarios.
    Judy Ponte desempeña con emoción y sinceridad el personaje de la inocente modelo, en tanto que Guillermo Herrera, como tenorio primaveral, se muestra, cual debe ser impetuoso y ardiente. Muy buena actuación la de María Luisa Serrano como la ama de llaves del pintor, relizando con singular emoción una escena durante la que llora, difícil momento para las actrices que se respeten. Colaboran en el conjunto principal y se muestran discretos Lorenzo López, Armando Velasco y Arturo Soto Rangel. La escenografía de Julio Prieto, reproduciendo un estudio de pintor en el campo, excelente y elocuente. La dirección de Jebert Darien es un poco anticuada, pero sencilla. La noche del estreno la representación de Esperanza de otoño transcurrió con un ritmo lento desesperante.