Resaltar búsqueda

Un nuevo teatro para la ciudad, cerca de la colina del Tepeyac

Armando de Maria y Campos

    El Patronato para la operación de los teatros del Instituto Mexicano del Seguro Social ha dado su segundo paso al dotar a la ciudad de un nuevo local cerca de la colina del Tepeyac, destinado, de preferencia, a la población de las colonias ya muy populosas del norte del Distrito Federal.
     El segundo teatro del IMSS ha sido construido en la calzada de Guadalupe, esquina con la calle Victoria. Es gemelo del teatro Xola, que sirve a la colonia Narvarte. Su escenario es casi como el de Xola, con una embocadura de 9 por 4.50 metros y una profundidad de 12.50 metros, y no le falta el disco giratorio de 8.50 metros de diámetro. No tengo al frente datos sobre cupos, pero creo que en el del Tepeyac es ligeramente mayor al del Xola. El Tepeyac dispone de 700 butacas en tanto que el Xola tendrá una capacidad para 500 espectadores. Construido por los hermanos Prieto, posee todas las características de los coliseos que en estrecha colaboración construyen el arquitecto y el escenógrafo: parrilla para telar, ciclorama de mampostería, telón de boca corredizo; magnífico equipo para iluminación de la escena; doce circuitos en sus tableros eléctricos, reflectores, diablas, etcétera. El lunetario dispuesto en abanico.
    Después de una breve temporada con el Marco Polo, de O'Neill, se inauguró oficialmente con la pieza en ocho escenas Una ciudad para vivir, de Ignacio Retes, alto funcionario del Patronato de teatros del IMSS. Esta pieza era conocida a medias del público metropolitano, porque ya ha sido representada en la sala Chopin, hace cinco o más años, por un grupo de actores entonces experimentales;

alcanzó mediano éxito. Tengo para mí que Retes la ha retocado y que la pieza ha mejorado mucho. Su argumento es sencillo: un día de tantos de un joven poeta ilusionado en escribir buenos argumentos para nuestro cine en la ópoca en que casi todos los mexicanos tenían uno en el caletre o en el fondo de su escritorio. Recién casado, sin un centavo en los bolsillos, con mucha fe en los "productores" y con una mala pata de espanto, de las diez de la mañana a las nueve de la noche de un día. Extrañas circustancias lo llevan a una delegación de policía; conoce la vida privada de estos antros donde se administra la justicia de acuerdo con las posibilidades económicas de los que caen en ellos; se da cuenta de cómo proceden algunos "productores" ineptos, su mujer lo abandona, regresa ella al hogar y, al fin, se encuentran sentimentalmente los dos esposos.
    Retes distribuyó esta acción en ocho escenas, pero en realidad compuso tres piezas que pueden tener vida aislada. El grupo de escenas que se desarrollan en la estancia de un departamento modesto, cuatro en total, tienen vida independiente de las dos que ocurren en la delegación de policía y de las dos que suceden en el interior del "privado" de un director cinematográfico. Los tipos tienen existencia propia y sólo se ligan entre sí a través de la situación en que se encuentran los personajes centrales: Alfonso, el escritor y Aurelia, su joven y abnegada mujer. Los personajes están bien vistos y son tratados de acuerdo con las necesidades que el autor se impuso para darle unidad de tiempo a la acción . Los únicos personajes que no caen en el "pastiche" son el matrimonio de Alfonso y Aurelia; todos los

demás son convencionales de acuerdo con la conveniencia del autor. Sin embargo, la pieza de Retes no deja de ser un curioso cuadro de costumbres aproximado a una realidad lamentable.
    Los intérpretes están a la altura que les permite la profundidad o la superficialidad de los personajes o tipos que habitan. En primer término José Gálvez, como escritor, se impone como gran actor emotivo y humano; tiene escenas que consagrarían a cualquiera que no estuviera ya consagrado como excelente comediante. Leonor Llausás no desmerece al lado de Gálvez y su actuación es irreprochable y cargada de sinceridad. Encarna de cuerpo entero a nuestra abnegada mujer de la clase media. Todos los demás se limitan a componer el tipo que les tocó representar. A mi juicio, este es el orden en que por sus aciertos deben figurar en esta efemérides teatral: Arturo Martínez, Reinaldo Rivera, Alonso Castaño, Diana Ochoa, etcétera. La dirección de Luis Aragón es muy limpia y muy natural, utilizando con singular acierto las posibilidades que a un buen director brinda un escenario giratorio. Un acierto del director es la forma de presentar, al final de la función, en forma giratoria, todos los escenarios de la acción y en cada uno de ellos los personajes que en ella intervinieron, que es posible en virtud de la admirable escenografía funcional de Julio Prieto.