mía…
¿vendréis conmigo por compañerismo ?”
A
través de este personaje, limpio, claro, capaz de aceptar la muerte, si el
evitarla le obliga a claudicar de sus principios, Bolt, hace crítica no sólo de
la forma dictatorial de ejercer el poder, sino también del oportunismo de
aquellos que por obtener una mejor posición se traicionan a sí mismos. Cuando
dice “No cederé, porque yo me opongo... no mi orgullo, ni mi displicencia, ni
ningún otro de mis apetitos, sino yo. ¡Yo!”, está salvando su dignidad, está
anteponiendo el derecho humano de SER a cualquier clase de poder, sea temporal,
sea espiritual.
Lo
que importa no es tanto lo que Tomás Moro piensa, sino su forma [de] defender ese
pensamiento; esto queda muy claro cuando después que su esposa le pregunta si
renunciará a todo cuanto es de su pertenencia, incluso al respeto de su pueblo
por una teoría: “no puede verse, no puede
tocarse; es una teoría. Pero lo que a mí me importa no es que sea o no cierta,
sino que yo crea que es cierta, o más bien, no que yo CREA en ella, sino que YO crea en ella...” He aquí adelantada la
posición posterior de toda una clase social, que antepondrá el individuo, como
hombre pensante, a los dogmas. (¿Por qué está tambien suprimido del texto este
parlamento de tan gran importancia para la comprensión de la tesis del autor?)
Y
para evitar que pudiera confundirse en algún momento esa insistencia de Moro en
su silencio, con un pecado de orgullo, Robert Bolt da al personaje no la
actitud exaltada del que procura llegar al heroísmo, sino la serena de aquél
que pretende escapar del martirio a través del refugio que da la ley de la
sociedad humana. Moro siempre tratará de ocultarse en ese refugio, tratará de
adaptar su conciencia a su medio ambiente, hasta tanto no se le exija lo más
preciado para él: “esa pequeña área... en donde soy dueño de mí mismo...”. Moro
no quiere ser un héroe y si llega a serlo es porque lo obligan a ello las
circunstancias, por eso dice que “si viviéramos en un Estado en que la virtud
fuera provechosa, el sentido común nos haría buenos, y la codicia nos haría
santos. Y viviríamos como animales o ángeles en la tierra feliz que no
necesita héroes. Pero puesto que de hecho vemos que la avaricia, la ira, la
envidia, el orgullo, la pereza, la lujuria y la estupidez prosperan comúnmente
mucho más allá de la humildad, la castidad, la fortaleza, la justicia y el
pensamiento, hemos de escoger, de ser en fin humanos... pues entonces, quizá
debemos ayunar un poco... aún a riesgo de ser héroes”.
Toda
la tragedia de Tomás Moro, es anunciada desde la primera escena, cuando el
mayordomo -un hombre ordinario- al hablar de su amo, dice: “Tomás Moro le da a
cualquiera cualquier cosa. Algunos dicen que es bueno, y otros que es malo,
pero yo digo que no lo puede evitar y eso es malo, porque algún día alguien va
a pedirle algo que quiera conservar; y estará fuera de práctica. Debe haber algo
que él quiera conservar...”
¿Qué
es lo que Tomás Moro, quería conservar? La dignidad de su conciencia... Cuando
ésta le fue pedida, cuando se le exigió que la depusiera, él tuvo que renunciar
a vivir. Y así Tomás Moro, cuya carrera política fue tan brillante, que
ascendió a canciller de Inglaterra, sin mancillar su nombre -cosa bien difícil
de lograr- tuvo que ser decapitado -por un rey que lo respetaba por ser un
hombre honrado- el 6 de julio de 1535, después de decir en la obra de Bolt: “Soy
leal súbdito del Rey, y rezo por él y por todo el reino... A nadie hago mal, de
nadie digo mal, de nadie pienso mal. Y si esto no basta a mantener vivo a un hombre,
a fe que no anhelo vivir”.
El
tratamiento que Robert Bolt dio a la obra es en cierta |
forma
épica, como una especie de derivación brechtiana. Se sirve, para dar el efecto
de “distanciamiento” entre el espectador y la acción, de un personaje: el
hombre ordinario, que va cambiando de trajes según lo requiere la acción,
la cual él va comentando en su transcurso, incluso narrando hechos futuros.
Este personaje, lamentablemente fue interpretado muy pobremente por Alfredo W.
Barrón, quien tuvo escasos momentos afortunados, haciendo que se distorsionara
la función de dicho personaje.
Como
el autor confiesa en el Prefacio a Un hombre contra el tiempo, se sirvió
de una serie de metáforas e imágenes que procuran hacer referencia a lo
sobrehumano, para lo cual como él dice tomó “lo más grande, extraño e
indescriptible: el mar y el agua. Las referencias que hago a barcos, ríos,
corrientes, mareas, navegación... tienen ese propósito. La sociedad, por el
contrario, tiene como figura la tierra seca”. Aun cuando como dice el propio
autor “esto nadie lo notó”, es de advertir que logra un cometido en lo que se
refiere a dar una atmósfera a los hechos y quizá lo que hizo que ese cometido
no se cumpliera en su totalidad, fue que no marcó el autor para su escenografía
ningún detalle que hablara de esos mares, de esos ríos y de esa agua, que él da
como trasfondo a sus diálogos. Julio Prieto, creador de la escenografía, no
hizo sino seguir los lineamientos dados por el autor y por ello no es culpable,
ni de esa monumentalidad en la escenografía (aunque un poco, sí, de la escalera que resultó demasiado grande) ni de
esas galerías aéreas, que en ningún momento hablan de agua. Si bien es correcto
el deseo del autor de no hacer una escenografía naturalista, ni un vestuario
estrictamente apegado al de la época (cosa bien interpretada por Guillermo
Barclay) el no llevar hasta sus últimas consecuencias ese no realismo, fue en
detrimento de la idea del propio autor. El suprimir la escena de la barca que
se desliza por el río y del barquero que se queja de que aquellos que fijan las
tarifas y hacen los reglamentos nunca han sido barqueros, hizo que la única
visualización de esas metáforas acuáticas, no se llevara al cabo, lo que trajo
como consecuencia que pasaran inadvertidas.
La
interpretación que hace López Tarso, de Tomás Moro, presentándolo más como frío
analítico -lo que no quita el apasionamiento de ciertos momentos- que como
ardiente defensor de la ley -ya que la defendía con aplomo y serenidad-; más
como hombre que gusta de la vida, que como héroe en busca de la muerte; más como
ser que comprende a su sociedad y la acepta así -a pesar de sus errores- que
como víctima de ella; más como hombre que perdona con benevolencia en vez de
hacerlo con sacrificio; da por resultado que la personificación sea de factura
extraordinaria.
La
dirección de Seki Sano, da muestra clara de una perfecta comprensión de la
obra, siendo consciente de que la posición de Tomás Moro, era en verdad
delicada, ya que podría tomarse únicamente como un abogado del poder papal
atacado en aquellos momentos por los reformistas y por el poder real, no siendo
ésta la tesis que sustenta el autor. Supo dar a cada actitud su valor positivo,
a cada gesto su adecuado objetivo, haciendo que el subtexto aflorara merced a
un matiz, a un movimiento, a un desplazamiento escénico. Magnífico es el manejo
de las áreas del escenario, con composiciones plásticas que parecen verdaderas
estampas -estampas son en verdad algunos de los cuadros de que consta la obra,
aunque no naturalistas, y quizá por ello más trascendentes-. Y a sabiendas de
que en una tragedia como ésta, lo fundamental es la idea que se lanza al
espectador como un dardo a su conciencia, Seki Sano, esgrimió todos los
recursos legítimos, para dar en el blanco, y acertó.
Antonio
Gama, lo mismo que Óscar Morelli, realizaron sus respectivos papeles -de Ricardo
Rich y Guillermo Roper- con riqueza en los matices y sobriedad en sus
actitudes. Luz María Aguilar y Anita Blanch también interpretaron con altura
esos personajes, aparentemente sin influencia en la vida de Moro, que son hija
y esposa. Roberto Araya, en un papel de gran importancia, lamentablemente no
estuvo a la altura de los requerimientos de su personaje, sonaba artificioso.
Francisco Jambrina, aun cuando su personificación no puede calificarse de
errónea, no tiene esa fuerza de caracterización que debe tener un actor que se
precie de convertirse por unas horas en otro ser distinto del que es. Narciso
Busquets, con una sola escena a su cargo, sale más que airoso de su empeño, no
así Amado Zumaya, |