Hago a un lado el emocionante libro Gregorio y yo, de María Martínez Sierra (antes Lejárraga García), porque me toca referirme al Gregorio Martínez Sierra que encontró útil y ágil colaboración en Honorio Maura.
Hubo un tiempo en que casi se citaba, a la par, a Jacinto Benavente, a Manuel Linares Rivas, a Gregorio Martínez Sierra. Hoy tal comparación aparecería al borde de una monstruosidad. El teatro de Benavente vivirá por siglos -no todo claro-; el de Linares Rivas ha quedado arrumbado al fondo de cualquier utilería teatral. A Gregorio Martínez Sierra todavía se le representa. Para los lectores de ahora conviene fijar un par de fechas. Martínez Sierra nació -1881- y murió -1947- en Madrid. Fue un escritor profesional y durante su larga vida publicó poesías, cuentos y artículos; novelas y vio representar todo el teatro que escribió. Influyó en la vida literaria española como director de la biblioteca Renacimiento, de Madrid, que entre 1908 y 1918 lanzó al gran público de habla castellana las obras de los mejores escritores españoles. Dio a conocer en España a Barrie, Maeterlinck, Bernard Shaw, Molnar, Andreiev, Pirandello, Pagnol... Fue el primer gran director de teatro que tuvo España. A él se debe la fundación del primer "teatro de arte" español que asombró al público de su tiempo por su novedad, su finura y su riqueza.
Bien; durante mucho tiempo se le tuvo -y yo lo tengo- por un escritor admirable. En su teatro hace gala de dominio de un diálogo asombrosamente natural y brillante. De él ha dicho un crítico -González Ruiz-, que donde nos proporciona mayor deleite es en aquella parte de su obra a la que intencionadamente ha querido privar de toda trascendencia. Ligeros entretenimientos de buen gusto, en los que una |
amable frivolidad roza apenas las emociones y produce un grato deleite en el espectador. Que esto era suyo se confirma cuando alejado de María Martínez Sierra (antes Lejárraga García) estableció una alianza, aunque fugaz, con Honorio Mura y Gamazo, escritor también inclinado a las comedias ligeras y amables y que, como Martínez Sierra, era dueño de un diálogo lleno de gracia y agilidad. Maura y Gamazo, nacido en 1886 y asesinado en 1936 colaboró con Martínez Sierra en las comedias Julieta compra un hijo y Susana tiene un secreto, producciones de una frivolidad con aspiraciones trascendentales en las que de un episodio divertido los autores trataban de extraer una provechosa lección moral. Se advierte en estas comedias la mano de Maura, escritor de diálogo gracioso, agudo conocedor de la sociedad que en sus comediass movía; a Martínez Sierra le corresponde, seguramente, la construcción dramática limpia y esos felices trazos muy suyos con que hace parecer fácil lo que en el fondo está muy estudiado. Colaboración perfecta que truncó el destino.
Para la presentación sobre la escena teatral de la actriz de la pantalla Rosita Arenas -muy traída y llevada estos días por los columnistas de la materia cinéfila por causas que nada tienen que ver con sus cualidades histriónicas- se eligió la pieza Susana tiene un secreto de Martínez Sierra y Maura. ¿Había necesidad de que en esta fina comedia metieran las cuatro... manos un escritor argentino, profesional de la adaptación y reconstrucción de argumentos para películas y un actor mexicano del que no se sabe que ejerciera en su larga vida actividades como escritor?
Así salió la cosa, porque en cosa quedó la fina y hermosa comedia original. La acción fue |
trasladada a México, más concretamente a Acapulco, y los chistes con que se espolvorearon los diálogos son marca Varelita-Usain-Ortiz de Pinedo. Porque el actor Ortiz de Pinedo toma parte en la obra. Ortiz de Pinedo insiste en hacer una nueva interpretación del personaje... Ortiz de Pinedo. Actor y personaje no tiene remedio. Dejemos la cosa así, no sin consignar que el público de la primera noche, rió... cual debe ser.
Todo esto fue a causa de la presentación como actriz de Rosita Arenas, actriz con mucho crédito en el mundo cinematográfico de Hispanoamérica. El cronista tiene verdadera satisfacción en consignar que en Rosita Arenas encontrará el público a una actriz, en la más justa y severa aceptación del término. No una actriz excepcional, pero sí una fresca e inteligente comediante cuajada en la categoría escalafonaria en la que el teatro es inflexible. Rosita Arenas posee todas las calidades, cualidades y epidérmicas honduras necesarias a una dama joven. Se desenvuelve con soltura, habla con claridad y entonación, su voz vibra con grato acento, y toda ella es adorable y encantadora como una mañana de primavera. A su lado lucen y cumplen como actrices incipientes Dina de Marco, Yu-Yu, Varelita, Graciela Lara, Lulú Ruiz, las cuatro, como Rosita estupendamente vestidas. De ellos, el que más luce como actor es Julio Alemán; Guillermo Rivas sobreactúa y Varelita y Ortiz de Pinedo se interpretaran a sí mismos. La escenografía de Julián González, no se pierde de vista. Hubo muchas flores para Rosita y para las juveniles segundas partes femeninas. Al lado de Rosita, abierta en la gloria de todos sus pétalos, se deja ver el prometedor capullo de la excelente actriz cómica que se apunta en Yu-Yu. |