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De la zarzuela española a la farsa norteamericana

Armando de Maria y Campos

    El difunto protesta de Harry Segal. La insdutria cinematográfica hace veces de heraldo, porque se adelanta, con todo el peso de su riqueza y de sus recursos técnicos a las obras de teatro que excepcionalmente montan en nuestros escenarios los empresarios locales. La industria cinematográfica, de Norteamérica o de Europa, se apodera de los éxitos teatrales, los adapta y arregla, los enlata y los distribuye por los cines de todo el mundo. Años después, cuando llega, si llega, la comedia original, no despierta ya gran interés porque se la ha visto ampliada, en ocasiones mejorada, en la pantalla. Este es el caso de El difunto protesta, comedia de fantasmas de Harry Segal, que hace años fuera llevada al ecrán por Robert Montgomery en el papel principal, e hizo la delicia del público de todas edades.
    El tema de personajes del más allá que viven mezclados con seres reales es viejo en el teatro, en el cuento y, sobre todo, en la novela. La habilidad del autor es lo que cuenta para que los públicos que leen o que oyen se diviertan y queden -convencionalmente- satisfechos. La comedia o farsa de Segal que presenta al público de México el gran actor y mejor director Enrique Rambal es excelente y divertidísima. La escencia del argumento es el de un alma que cambia de cuerpo y convive con seres de allá y de acá. Pero con ser divertidísima la farsa, lo que la convierte en México en un espectáculo extraordinariamente divertido y ameno es la atrevida, ágil y graciosa dirección de Rambal, fulgurante de ingenio para convertir en real lo irreal y en irreal lo real. En este aspecto colaboraron con él el escenógrafo Julio Prieto, el realizador Arboleya, el electricista Cervantes y el encargado de los efectos sonoros, Saavedra. También está magnífico como actor Enrique Rambal, que hace tres tipos distintos y uno sólo verdadero. Lo secundan Miguel Córcega, que ya pisa firme en los difíciles terrenos de la

 

madurez artística. Un ex luchador -el Lobo Negro- actúa como actor auténtico y lucen igualmente como actrices que dominan el arte de representar las jóvenes y muy bellas Bárbara Gil y Emilia Carranza, legítimas realidades de la escena mexicana. Jorge Lavat, Eduardo Mac Gregor y José Álvarez, contribuyen con eficiencia a una correcta interpretación de esta farsa norteamericana que habrá de divertir por lo menos -y ya es bastante- a medio México.

    La Marina extraordinaria de Conchita Dominguez. Un grupo de cantantes y actores, que tienen a Rafael Banquells por capitán-empresario, pretende una vez más regar con su entusiasmo y, sobre todo sus buenas voces, el viejo árbol medio seco de la zarzuela española. Ya repuso con más exito artístico que económico, la preciosa zarzuela Doña Francisquita de Amadeo Vives, inspirada como se sabe en La discreta enamorada de Lope, y que en verdad sirvió de marco para que el público de México conociera a una cantante de este género, extraordinaria, en la linda persona, de Conchita Domínguez, española. De facultades singulares y de preciosa voz, Conchita Domínguez está situada en plena juventud en un sitio cimero entre las mejores contemporáneas de este género.
    En seguida ha repuesto Marina, libro de Francisco Camprodón y música de Emilio Arrieta. Cada reposición de Marina significa una efemérides; la de ahora será excepcional por la participación de Conchita Domínguez, Marina, llegó a ser la zarzuela más popular, más aplaudida y más representada del teatro español. Ya es anciana; este año cumple ciento cinco años de edad. El libreto es de origen francés, y no es bueno ni es malo; en su tiempo pareció ingenuo. Marina es casi la única zarzuela de aquel tiempo que está aún viva actualmente, cuya música continúan

reproduciendo los discos, la radiodifusión, la televisión, en términos que no hay español que, no siendo sordo, no la conozca. Todos los números de música son buenos; algunos como las seguidillas muy lindos y originales y otros como el brindis, el cuarteto del primer acto y el primer terceto del segundo, insuperables. No he de recordar aquí, que se trata de un romance de pescadores y que la acción pasa en la playa de Lloret de Mar, en la costa de Cataluña. Es sabido que a instancias de Enrique Tamberlick convirtió Arrieta su zarzuela en ópera, suprimiendo casi todo el texto literario; agregándole un acto, de recitados y algunas piezas de música. Como ópera se cantó en el teatro Real, de Madrid, hacia 1871. en México ya bien entrado este siglo, por Evangelina Magaña.
    En esta temporada del nuevo Ideal, la empresa Banquells presentó la versión en ópera, bajo la dirección del maestro Luis Mendoza López que condujo brillantemente una orquesta de que más o menos treinta profesores. Conchita Domínguez obtuvo, como ya dije, un éxito estraordinario. Julio Julián cantó con sobriedad y buen gusto el Jorge y Jesús Freyre, mejor que nunca como cantante, animó el Roque en forma graciosamente espectacular. Marco Antonio Saldaña como Pascual no desentonó, en ningún sentido, al lado de la Domínguez, Julian y Freyre.
    En la funcion del jueves un grupo de jóvenes catalanes residentes bailó la sardana, danza popular y tradicional de Cataluña y un baile marinero popular en la región ampurdanesa, al que llaman los geroneses "les nyacres".
    La velada de reposición de la ópera Marina fue una gran fiesta de arte lírico español.