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Teatro japonés y piezas mexicanas que no deberían haber sido escritas

Armando de Maria y Campos

    A propósito del estreno de tres piezas breves del autor japonés Yukio Mishima por un grupo de actores mexicanos en el teatro del Granero, de la Unidad Artística del Bosque, los críticos y los cronistas del teatro se han desbordado hablando del teatro Noh japonés, sin tener en cuenta que las tres piezas de Mishima nada tienen que ver con esta atractiva manifestación de la cultura del Japón, henchido de la más intensa significación, tanto religiosa como poética y que, como tantas grandes cosas que guardaba el mundo en un estuche de tradición, ha pretendido borrar de aquellas milenarias islas la invasión norteamericana.
    Los que tuvimos el privilegio de oír a Alfredo Gómez de la Vega disertar sobre el teatro japonés que vio, sabemos bien lo que es el Noh antiguo y también como autores japoneses educados en Europa y Estados Unidos tratan de poner al día de la civilización occidental el teatro de su país. Nadie que esté enterado de las manifestaciones de la cultura japonesa ignora que Bernard Shaw, durante su visita al Japón, subrayó que no había visto nada más interesante que el Noh; Ezra Pound, que adaptó varias piezas basándose en la traducción de Ernesto Fenellosa, dice que "el Noh es sin duda una de las mayores artes del mundo, y muy probablemente una de las más recónditas", y W. B. Yeats también utilizó extensamente el principio poético del Noh y adoptó la máscara en algunos de sus dramas.
    Ahora, el Noh se representa únicamente en escuelas de Tokio, Osaka y Kanzawa, cuyos maestros y escolares representan este teatro en su auténtica atmósfera y en los jardines de algunos templos. Por supuesto, en los teatros oficiales se cultiva la tradición del teatro Noh.
El público que lee periódicos o asiste al teatro se habrá dado cuenta de que las tres piezas que se

representan en el teatro del Granero -no obstante que se utiliza el llamado teatro en círculo, que en realidad no es otra cosa que una forma de que cuatro grupos de público distintos ven una representación sin telones desde cuatro ángulos, lo que en vez de complicar la dirección la hace sencillísima-, son piezas de teatro moderno escritas por un autor japonés que utiliza temas y algunos elementos tradicionales. Por ejemplo, La princesa Aoi, proviene de una novela escrita en el siglo IX. El Noh larehe de una trama como la del teatro occidental; escenifica únicamente un sólo episodio. Su estructura es muy sencilla. Comienza, por regla general, con la llegada de un peregrino a un lugar famoso vinculado a una leyenda o acontecimiento histórico. Un natural del lugar relata la historia. Las piezas del Noh se derivan de una antigua ceremonia religiosa en las cuales ejecutaban pantomimas al compás de la flauta y el tambor. La más antigua data del siglo VIII. Los elementos del Noh son el ritmo (Utai), la danza (Mai) y la música (Hayashi), muy bien armonizados. Nada de esto tienen las piezas que se representan en el teatro del Granero. La palabra china Noh significa habilidad, arte y por lo tanto, representación. Porque lo curioso de este teatro japonés es que procede de China y fue introducido en Japón alrededor del año 850, bajo el nombre de Sangaku. En consecuencia, lector, si ha leído usted a nuestros estimables colegas, se habrá dado cuenta de lo despistados que se hallan.
    Las tres piezas que entusiastas y capaces jóvenes actores mexicanos representan bajo los auspicios del embajador japonés, tienen el atractivo de lo raro o exótico de sus temas, pero su tratamiento es moderno; bien traducidas, su lenguaje en castellano está cargado de sugerencias y de ternura. Estas piezas se titulan:

La princesa Aoi, La mujer del abanico y El ropero del amor, y son interpretadas con singular sentido de responsabilidad por Lourdes Canale, Graciela Orozco, Ángel Casarín, Daniel Villagrán, Oscar y Sol Cosío. La representación tiene ambiente y el público asiste a un espectáculo que se aparta un poco de tanta cosa mediocre e inútil como vemos en los teatros.
    A propósito de lo que se representa en otros coliseos, recordaba lo que John Willet escribió sobre la estética de Bertolt Brecht y que es lo siguiente: "Brecht odiaba la idea de un teatro de distracción; odiaba el sentimentalismo y se daba cuenta de que el artista que se separa de los más vitales problemas de su época, se mutila voluntariamente, quitando a su obra significación y creación". En este caso están los autores mexicanos Rosa Margot Ochoa que estrenó en el teatro Basurto un esbozo de comedia, un balbuceo titulado Secreto a voces, y Alfonso Anaya que rehizo para la escena material una comedia pensada para la Tevé, intrandescente, graciosa y que, como la de la señorita Ochoa, no tenía por qué haber sido escrita. La pieza del señor Anaya se titula Viva la paz.
    En la piececilla de la señora Ochoa intervienen actores de tanta voluntad como escasa categoría, excepción hecha de Magda Guzmán y Magda Donato, que se encuentran como sirenas fuera del agua. En la de Anaya intervienen artistas igualmente incipientes -Marina Camacho- o con algún oficio -Malena Doria, Alejandro Parodi Mari Carmen Vela-, la experimentada Fanny Schiller y el autor cinematográfico Tito Novaro, que dentro del medio constituyó una revelación. La dirección de Luis Alberto Montes es lenta y desorientada. La presentación bien modesta.