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El arte jondo de Gabriela Ortega

Armando de Maria y Campos

     Al árbol grande, milenario, del arte jondo, le ha brotado una rama. Esa rama se llama Gabriela Ortega, que no baila, no canta -tampoco recita-, no torea, y es, sin embargo, una presencia viva y por recién nacida, nueva del arte jondo. Gabriela Ortega, nieta de Gabriela Ortega, famosa bailaora del café del Burrero primitivo, y de Fernando Gómez el Gallo, que echaron al mundo a Rafael el Gallo, a Fernando, a Joselito maravilla y a un puñado de mujeres, una de las cuales dió al mundo a Enrique Ortega, el Cuco, y de éste es hija Gabriela, el nuevo retoño del árbol frondoso del arte jondo que da toreros, cantaores y cantaoras, y ahora esto que hace Gabriela, que es "decir" y actuar por seguriyas, por bulerías, por soleares, por fandanguillos, sin bailarlos o cantarlos, metido en son lo que hace y con acompañamiento ¡claro! de guitarra. Algo nuevo, vamos, como cuando Gaona creó la gaonera que ya existía y sin embargo nació con él, o como cuando Belmonte bajó las manos y descubrió ¡olé! el temple en el torear.
     De casta gitana le viene al galgo el ser artista calé... Gabriela Ortega recitaría alguna vez por lo bajito algún poema andaluz, y casi sin darse cuenta, poco a poquito, lo metería, en son, cantándolo de cintura arriba, que es como se baila lo jondo, con algo de taconeo, erguido el cuerpo y la sangre, los brazos como doseles de lo noble de la cabeza erguida. Una revelación -sería- para Gabriela sentir que la poesía se podía actuar, personalizar, por lo jondo, al decirla o narrarla, y bailarla también -cuidado, sin bailarla más allá de apuntar el baile metido el ritmo poético del son en que baila. ¡Y ya está! Al árbol milenario del arte jondo le salía una nueva ramita... muy fresca y moderna, y muy sobria y salada, por antigua.
     Conviene tener presente ante el espectáculo de Gabriela Ortega la unidad de los tres elementos indestructibles que lo integran: música, copla y danza. No pueden existir por separado. El todo constituye un bloque, ese arte sin par en el mundo de los parisis y los berlines, los

moscúses y los nuevayores, porque sólo lo producen los bautizados entre las salinas de San Fernando, los olivares de Jaén y las dunas de Guadalquivir. No se puede bailar, tocar, cantar y, ahora, decir poesía calé, si se ignora que el arte jondo tiene su pequeña patria legítima, esa que va -ya lo dijo en poesía Juan Carlos de Luna- de Jeréz y los puertos hasta Triana, y que sólo por contagio se irradia por Málaga y Cartagena, o por Huelva o hasta la Mancha por el norte... Por eso el cante jondo alcanza lo sublime, porque sí sencillamente, porque Dios lo da, tamizado por el pozo de los siglos. El arte jondo es un arte de acumulación pasado y decantado por el alambique de lo racial, y viene de lo islámico, musulmánico, arábigo -su fuente es Persia-; tiene de canto gregoriano, de las plañideras y del canto llano; tiene acento del errático gitano que se afirma en lo que será su nación. Pero es español. Por eso se dan Antonia Mercé, de sangre gitana pura, por eso Rafael el Gallo, por eso Cagancho, inolvidable en su temple faraónico cargado de siglos.
     Dicen que Regla Ortega -a quien no conozco- nació sabiendo bailar. Como Belmonte, que trajo hecha desde el claustro materno la media verónica que agarraba las entrañas y como Gabriela Ortega es creadora de esta presencia de arte jondo, apoyándose en un puñado de versos para bailarlos de cintura arriba, para hacer el paseo con el garbo que debe haber tenido la Coquinera, de la que se decía barría corazones con la cola de su bata; para describir, repito, los argumentos gitanos que los poetas encerraron en la jaula -cárcel de oro- de sus versos en forma única.
     Gabriela Ortega sale al escenario a torear -valga la expresión- reses de distintas ganaderías. De casta y de media casta. Pero ella sabe hacer faena lo mismo a un Gerardo de Diego, que a un Rafael de León, a un Rafael Alberti que a un Martínez Remis; a un García Lorca que a Ochaita o Benítez Carrasco. A todos les hace faena, porque sabe y entiende lo que hace, igual que el torero de casta y

pundonor. Ella ha creado un arte singularísimo, un ritmo y un fuego, y en todo momento es una gitana que crea arte jondo, alma que está quemándose, con un aire toda ella; airosa es ella -airosa es vocablo flamenco-; jugando con el aire sin romperlo -esas manos que bailan y hablan al mismo tiempo-, sometiendo al aire a su aire, sintiendo como el aire le entra por los pliegues de su bata, por las rendijas de la recitación, ingrávida en aire de movimiento... como cuando Manolete toreaba de muleta solemne y sentía -me lo dijo alguna vez-, que el aire del trapo rojo le golpeaba el pecho con un martillo invisible en cada lance.
     Dos noches, dos grandes noches para ella y para su público la he visto actuar en el suntuoso escenario del Bellas Artes, digno de ella, pero enorme coso para que luzcan los matices de su arte personal, geografía del sol y sal, que se sentiría mejor en un tablao para los cabales. Su voz de sangre, sin embargo -sangre negra de redondel-, inunda de emoción a quienes la ven, escuchan y gozan de su arte chico -la banderilla, chuflillas al Niño de la Palma, torerillo de Triana, preciosa y el aire-, que de su arte grande -elegía a Liceaga, ¡vete, Blanquet!, amor por soleares o falsete de la Petenera-, y se conmueven hasta sentir roto el corazón con los trozos de Llanto a Sánchez Mejía, el poema de García Lorca, tal vez el más bello que se ha escrito en castellano de Góngora acá. ¡Artista única -por impar- bienvenida a México y suerte por el mundo, hasta llegar a Sebastopol que decíamos antes!
     Espíritu de guitarra, Melchor de Marchena acompaña con la prima y el bordón a Gabriela. Es excelente guitarrista, que, como buen peón está y no se le ve. Ramón de Cadiz, cantaor de buen estilo, interviene una vez en cada programa, y oye palmas. Las que el público le tributa a Gabriela son de vuelta al ruedo, seis telones y salida a las candilejas...