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Melocotón en almíbar, en la sala Chopin

Armando de Maria y Campos

     "No mejora el estado casi comatoso en que se halla nuestro teatro. Cierto que se multiplican los estrenos y que son muchas las obras que se hacen centenarias en los carteles; pero no lo es menos que sus éxitos débense más a los gustos poco exigentes de los públicos que a la calidad literaria y a la temática trascendental de las obras. Los más de los espectadores se contentan con bien poco: algunos chistes de actualidad, algunas frases de humor, algunos títulos de realismo concreto y ciertas dosis de sentimentalidad o de dramatismo incruento".
     Este es el comentario que el panorama teatral español contemporáneo inspira a un eminente crítico, don Federico Carlos Sáinz de Robles. La reproducción de las líneas que componen el párrafo anterior es elocuente. Cualquier obra que nos llegue de ultramar, precedida por los créditos de múltiples representaciones o de otros de diversa calidad e importancia, no puede ser cosa del otro mundo por más que nos venga precisamente de aquel al que durante tantos años convinimos en llamar "el viejo".
     Cierto que el autor, don Miguel Mihura, humorista por excelencia, algunas de cuyas obras han tenido éxito de representación entre nosotros, como El caso de la mujer asesinadita o A media luz los tres y otras apenas han pasado por nuestros escenarios con más pena que gloria, como Tres sombreros de copa, o El caso del señor vestido de violeta, ocupa un lugar preferente entre los mejor dotados con que ahora cuenta España; cierto

 

también que ha sido traducido al alemán (Amedia luz los tres) y al inglés (Tres sombreros de copa). Pero no es ni con mucho un autor que se pierda de vista como orgullo de una producción dramática nacional.
     Su fuerte, su característica, es la ironía, una fina ironía tras de la que parece encubrirse una amargura por no poder decir lo que realmente piensa. Sus obras no lo comprometerán nunca. Mihura no será nunca un autor "comprometido", en el sentido que ahora se le da a esta palabra, porque comprometerse en la España actual equivaldría a renunciar a ella. Y Mihura debe vivir bien, porque tiene aún humor, excelente humor, aguda y certera ironía para escribir comedias blancas, irónicas, ágiles y divertidísimas. Tal es el caso de Melocotón en almíbar, que Manolo Fábregas, empresario y actor, se trajo de España en su último viaje, que creemos no lo realizó únicamente para traerse esta comedia, estrenada en Madrid en 1958.
     Melocotón en almíbar -en un prologuillo y dos actos- es una graciosa parodia de los sistemas que se emplean en las películas de gánsters, particularmente francesas, para cometer robos ingeniosamente elaborados, y cuyo ejemplo casi perfecto fue Rififí entre los hombres. Para que la comedia de Mihura resulte muy a la española, se hace intervenir en ella como personaje que ata y desata situaciones, a una monjita. El cronista se rinde ante la extraordinaria capacidad constructiva de este ingenioso autor, digno descendiente de la vena

cómica de García Álvarez o de Muñoz Seca. De haber nacido en la época de aquellos, les hubiera disputado noblemente los triunfos, o al revés, porque Miguel Mihura posee un ingenio tan rico como aquellos famosos autores y como ellos sabe construir con la mayor facilidad el teatro más absurdo, sin que lo parezca.
     El teatro de astracán antes, o del humor ahora, precisa de intérpretes que sepan pisar las tablas y saber lo que dicen. Afortunadamente para la interpretación en México de Melocotón en almíbar, se contó con actores magníficos. Desde luego, Amparo Rivelles es capaz de empresas de mayor enjundia, y no teniendo pero que ponerle a su creación limpia y dulcísima de su monjita Sor María, es evidente que aún permanece inédita para el público de México. Doña Prudencia Grifell juega, materialmente, con su ingenuo personaje de una cándida dueña de apartamentos de alquiler, y Carmen Salas, la tercera mujer del reparto, no se deja comer escena al lado de tan notables compañeras. Los personajes masculinos también responden a los convencionales tipos creados por Mihura, tanto, que logran convencer al público de que puedan existir tales ingenuos gánsters. Estos son Jorge Beyrute, Eduardo Alcaraz, Jorge del Campo y Roberto Meyer, todos dignos de un justo elogio. Julio Prieto planeó una escenografía discreta y cómoda y Manolo Fábregas dirigió esta divertida comedia con esa difícil facilidad de quien domina su oficio.