André Malraux ha pasado por México. Cuando estas líneas aparezcan seguramente que se encontrará de retorno en su país. Antes de la llegada de André Malraux a México se informó ampliamente sobre su singular personalidad, en términos amplísimos y generales. A un siervo del teatro como soy le interesa lo que Malraux ha hecho para el teatro de su país.
Como se sabe en el gobierno del general De Gaulle funciona un ministerio más que antes de este suceso político que significa la llegada del gran patriota a la primera magistratura de Francia, no existía, el de la cultura. Desde este ministerio Malraux ha reorganizado el teatro en Francia. De esto no se habló durante su permanencia en México. Por eso creo oportuno decir algunas palabras.
Al iniciar su tarea Malraux se ha inclinado a observar la suerte del teatro francés y particularmente de los teatros subvencionados por el poder público, anunciando el propósito de hacer una reforma profunda, con el fin de volver a la escena francesa a la época de su mayor prestigio nacional e internacional; hacer otra vez de París una de las grandes capitales mundiales en el campo del espectáculo, lírico, dramático y coreográfico.
Así, con empuje que no dejó de provocar críticas, decidió, entre otras cosas, separar a la comedia francesa de su segunda sala que es el antiguo teatro del Odeón. Este se llamará ahora Teatro de Francia y será dirigido por Jean-Louis Barrault, mientras la dirección de la sala tradicional de la Comédie Française estará confiada al diplomático de carrera Claude Brehar de Biosenger, asistido por el conocido metteur en scéne Michel Saint-Denis. |
Jean Vilar, además de su Teatro Nacional Popular, dispondrá de un teatro experimental y otro teatro del mismo género se confiaría al escritor y autor dramático Albert Camus, ya desaparecido. Se asegurará, asimismo, un desarrollo adecuado a los grupos dramáticos surgidos en provincias después de la liberación, algunos de los cuales se han impuesto en París y hasta han pasado con éxito al extranjero.
En cuanto al teatro lírico y en particular al Teatro Nacional de la Ópera y al Teatro de la Ópera Cómica, ha reconocido André Malraux que estaban atrasados en comparación con el teatro dramático francés y con los escenarios extranjeros de lírica. Será necesario -dijo el ministro- darles vida nueva mediante mises en scéne apropiadas, para lo cual habrá de apelarse a grandes pintores y buenos escenógrafos. Señaló también la insuficiencia de los espectáculos del Teatro de la Ópera Cómica, que se convertirá un poco en escenario de prueba para los compositores y coreógrafos nuevos. Servirá también para la "reprise" de las obras maestras de los siglos XVII y XVIII, Monteverdi, Mozart, Rameau, sin excluir a la opereta dignamente presentada.
Por último, la dirección general de los teatros líricos de Francia fue confiada a M. M. A. Julien, que sucedió así a M. Georges Hirsch.
M. Julien es la energía misma y se ha entregado a su tarea con vigor. En la reapertura de la temporada se oyó en la ópera a Carmen, con mise en scéne, de Raymond Rouleau, y en la opera cómica a Wizzeck, de Alban Berg, puesta en escena por Jean-Louis Barrault. Vieron asimismo, en el escenario de la guerra al teatro de Bayreuth y las grandes producciones |
wagnerianas en sus presentaciones originales.
El nombramiento de M. Julien para este alto puesto planteó el problema de la dirección del Teatro de las Naciones, creación debida al espíritu poderoso y eminentemente realizador de aquel discípulo de Copeau que ha hecho teatro, todo el teatro hasta el "music hall" antes de la guerra, pero cuya actividad maravillosa se desarrolló, para cobrar su real magnitud, después de la liberación. El Teatro de las Naciones llevó, en cierto modo, a París lo que podríamos llamar las olimpiadas de la escena, a las que acudieron todos los países para presentar lo mejor de su producción teatral. Sin él no habrían visto probablemente en estos años el teatro argentino, la Ópera de Pekín o el Teatro de Arte, de Moscú.
Al tomar posesión de sus nuevas funciones, M. Julien entregó el destino del Teatro de las Naciones, creado por él, a dos de sus colaboradores directores: Mme. Nadine Farel, experta administradora vinculada desde hace mucho tiempo con el teatro Sarah Bernhardt, y Claude Planson, que ocupara el cargo directivo. Este, joven activo, loco por el teatro, fue llamado por M. Julien desde los comienzos de su obra y se constituyó en el más precioso de sus ayudantes.
Estas informaciones tienden a completar las que ya conoce el lector mexicano sobre las actividades de André Malraux como ministro de cultura de Francia. |