Hace algunas semanas tuve noticia que en la residencia de soltero de Miko Villa, director y productor de programas de televisión, se presentaba para un grupo de amigos, no más de diez o doce cada noche, en el salón formado por una saleta y el comedor -de un lado los actores, del otro los espectadores-, la preciosa comedia en un acto L´Apollon de Marsac, obra póstuma de Jean Giraudoux. Fui posponiendo por causas inexcusables la asistencia a este interesante experimento teatral y finalmente tuve noticia que ya se representaba otra obra por el mismo grupo de actores dirigido por Miko Villa.
Pero la semana próxima pasada recibí atento recado del escritor don Rafael Solana para presenciar en su propia residencia -Reforma 10, 6o. piso, magnífico penthouse en el corazón de la metrópoli-, una representación de El Apolo de Marsac por los actores de Miko Villa. Pocas personas, seleccionadas como correspondía a la singular categoría del acto: la subsecretaria de Asuntos Culturales, doña Amalia Castillo Ledón, el director general del INBA, don Celestino Gorostiza, el matrimonio Ricardo Mondragón y María Tereza Montoya, la pianista y cantante Lupe Solórzano, el autor Wilberto Cantón, el poeta Héctor González y media docena de personas más. El elegante y cómodo salón de Solana arreglado convenientemente, con juego de luces inclusive, ponía tan cerca de los intérpretes a los espectadores que quedó borrada la frontera natural de toda representación y nos hacía sentir vivo y presente, para unos y para otros, el espíritu de Giraudoux.
Para mí fue grata remembranza, como explicaré más adelante y no romper el hilo de este crónica que quisiera alcanzar categoría de íntima a tono con representación tan exquisita y cuidada en todos sus detalles.
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El Apolo de Marsac es una obra ágil, transparente, llena de gracia; fue expedido en plena guerra de Suiza a América del Sur, después de una conversación telefónica inscrita como un débil grito en las ondas, mezclada a los cambios dramáticos de la hora, acaso graciosamente insolente para la época, o cuando menos inesperada; insólita, temeraria y que sin embargo, ha sobrevivido. La tierra toda se encontraba incendiada por la guerra. El Apolo de Marsac fue estrenada en Río de Janeiro en 1942 por Louis Jouvet, que andaba en gira, comandando un grupo de comediantes franceses y llevando todos, como reliquia sagrada, el espíritu de Francia castigada por el destino, hollado la mitad de su territorio por la bota nazi.
Algún tiempo antes, Giraudoux había dado lectura de este acto a sus amigos, bien en Cousset, bien en París. En una de estas lecturas se resolvió ponerla en manos de Jouvet, trashumante. Giraudoux pensaba trasponerla, hacer con ella otra obra, una especie de gran acto de desesperación y entusiasmo. El del hombre que no teme infringir todas las disciplinas, burlarse de la guerra, transgredir las consignas, abrirse un camino al través de las multitudes armadas para lanzar su llamamiento a la felicidad más allá de las destrucciones y del alboroto. ¡Qué triunfo! Porque la felicidad, decía él, aunque no se la vislumbre en el horizonte, aunque no llame a nuestra puerta, aunque se limite uno a esperarla, por el sólo hecho de que se la prepare el mejor sitio, es la única sabiduría y la suprema consecución.
Se piensa que en esta frase del Cantar de los cantares que Giraudoux dio a representar en la comedia francesa (según André Beucler), en octubre de 1938: Vengo aquí porque tengo hoy necesidad de una hora supraterrestre, de un balcón de serenidad, de una terraza de euforia...
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El Apolo de Marsac fue representado en México, en el escenario del Palacio de las Bellas Artes, en 1945. Inolvidables veladas aquellas en que cada noche estrechábamos la mano de eléctrica amistad de Jules Romains. Louis Jouvet y Dominique Blanchard en el escenario y en nuestro espíritu una fe luminosa en el porvenir de Francia. De regreso a Francia, Jouvet y sus actores -entre nosotros se quedaron André Moreau y Paul Cambó, a quienes con una actriz cuyo nombre escapa a mi memoria presenté por radio en la XEB como Los comediantes de Francia, para que representaran, entre otras obras esta de Giraudoux-, estrenaron El Apolo de Marsac en el teatro del Ateneo de París, en 1947. Fue como si resucitaran a Giraudoux, tantas veces acusado sin razón, sospechoso de indiferencia y tan lleno de espíritu de Francia hasta su muerte. Porque El Apolo de Marsac no es más que eso -ni más ni menos- que una vibración del espíritu francés, fluyendo por los puntos de la pluma de un gran hijo de Lutecia.
El alma de Francia y una luminosa partícula de ella es Giraudoux, estuvo con nosotros hace pocas noches en el penthouse de Rafael Solana. Admiraron el espectáculo Judy Ponte, Guillermo Aguilar, Roberto Pórter, Edgar Wald, Gloria Álvarez, Aurora Noriega e Ignacio Pubiel e invisible, como invisibles los hilos de poesía que movían los personajes, el director Miko Villa, traductor y fino jefe de este taller de teatro. Aunque el aplauso se prohibe en estas funciones, todos juntamos las manos para premiar y reconocer ruidosamente la sutil, magnífica interpretación -Judy Ponte está insuperable-, y la cuidada y delicada dirección. Velada inolvidable en compañía de Giraudoux vivo en su obra. |