Por lo tanto, las obras que presente este
teatro, no son de fama imperecedera, pues inclusive los más famosos autores de boulevard han acabado por ser olvidados;
recuérdese lo que cuenta, por ejemplo, D'Amico de cuando un día Émile Augier oyó decir al entonces director de la Comédie Française, en 1860, a quien le mostró una tarjeta de
alguien que lo buscaba: “Dígale a ese impertinente que espere”, el impertinente
era “el hombre que durante cuarenta años había sido el ídolo de los teatros boulevardiers de
los artistas y del público: Eugéne Scribe”.
Y ya que se trata de una necesidad de
nuestra sociedad -si bien en mucho provinciana, de pretensión metropolitana- se
hace indispensable que exista un tipo de teatro como el que presenta Antonio Haro Oliva, y lo importante en este caso viene a ser no el
buscar la gloria futura, sino la risa breve del momento, y hacerlo dignamente,
como hasta ahora ha sabido hacerlo el teatro Arlequín, con producciones
limpias, actuaciones cuidadas, e inclusive con lujos de vestuario en las
presentaciones.
Y si Nadia Haro Oliva tiene facultades como actriz muy superiores a los escarceos que realiza
en el teatro boulevardier,
muy en su daño, aunque en su gusto, va el no pretender ir más allá de hacer
pasar un buen rato a una clase social determinada, haciendo personajes artificiales,
sin la ambición que como verdadera actriz debe tener, aunque sea muy escondida
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en su fuero
interno, de penetrar en el mágico mundo de la creación de personajes valederos
para el teatro realmente humano, que es el teatro de todos los tiempos.
Ahora que el llenar una necesidad dentro
de una sociedad, ya es algo, y bien está que se haga, sobre todo cuando como el
teatro Arlequín ha sabido satisfacerla plenamente.
Del resto de los actores que toman parte
en la representación se puede afirmar categóricamente que todos están
realizando un trabajo al máximo en el aprovechamiento de sus respectivos
papeles: Luis Manuel Pelayo, con su sencillez inquebrantable; Alejandro Ciangherotti con su comicidad un poco relamida; Antonio
Brillas con su sobria vis cómica; Miguel Manzano, con una superficialidad como lo
exige el personaje; Marina Isolda, haciendo esfuerzos por no estar bajo el
nivel de los demás actores, aunque no tenía qué temer, pues tiene buenas
facultades; Marcela Daviland correspondiendo perfectamente
a la descripción que de ella hace uno de los personajes; Mario Vega, discreto,
lo mismo que Graciela Lara.
La dirección de Duprez,
sin ningún alarde de imaginación, es eficiente ya que no es obra a la que se
pueda sacar mayor provecho.
La traducción, como siempre adaptada a la
mentalidad y al ambiente de nuestra capital, adicionada con morcillas actualizadas, viene a ser
correlativa del original.
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