La empresa del teatro Arcos Caracol ha sentado un precedente en nuestras tradiciones teatrales, inaugurando una temporada de comedia en plena temporada de posadas y de Navidad.
Mientras que otras empresas clausuran sus teatros, don José de Jesús Aceves no vacila y confiado en su público, que le ha seguido en las más diversas y contradictorias aventuras teatrales, le ofrece el estreno de una comedia policiaca de autores ingleses, interpretada por un modesto conjunto de actores nacionales.
Asesinato a hora exacta es el título sugerente de la comedia policiaca en tres actos de Ernest Dudley y Arthur Watkyn, traducción de don Eleazar Canale, que el director y empresario Aceves se ha atrevido a estrenar en la tradicional peor época del año para los teatros. La comedia policiaca en cuestión no es mejor que cien más de las inglesas de este género, pero tampoco es inferior a las mejores y mejor elaboradas del mismo. La trama de las comedias policiacas no tiene meridiano posible. O es muy clara y fácil y en esto descansa su mérito, o es muy elaborada y en consecuencia muy complicada, y en esto los autores radican en el suspenso de su producción. Suspenso debe entenderse, mantener suspendido en la duda el interés del espectador. Lo esencial de una trama policiaca es que el crimen se resuelva precisamente en las postreras escenas del acto último, y que resulte responsable -o culpable- el personaje que menos imagina el público. No escapa a esta regla la trama de Asesinato a |
hora exacta, y tan al pie de la tradición policiaca han trabajado los autores, que la empresa se ha visto precisada a declarar que el final de Asesinato a hora exacta es "francamente inesperado, por lo cual suplicamos no cuente usted -el espectador- el desenlace". El cronista respeta el deseo de la empresa y se abstiene de sugerir al lector el curioso desenlace de la intriga que mantiene vivo el suspenso de la comedia policiaca de Dudley y Watkyn.
¿Poseen Dudley y Watkyn técnica y habilidad suficientes para mantener intrigados a sus espectadores durante tres largos actos? Francamente, no. La acción es llevada por un intrincado laberinto -todo laberinto es intrincado- de diálogos que fatigan al público y al final no lo dejan satisfecho. Sin conocer a fondo el original inglés, no es justo atribuirles a los autores la falta de brillantez en los diálogos, y por esta razón tampoco es de justicia hacer responsable de esta falla al hábil traductor. Lo cierto es que no cabrillea el ingenio en las pesquisas e interrogaciones de quien investiga a los posibles autores de un asesinato a hora exacta. Por otra parte, la acción de la intriga, además de muy elaborada, nos parece de una lentitud exasperante. (¿O será que la primera representación adoleció de falta de ensayos?) Una falla lamentable a cargo del traspunte, que echó la cortina al final del primer acto minutos antes del instante exacto en que debió hacerlo, frustró un efecto escénico fundamental para el proceso de la intriga policiaca y, naturalmente, dejó desconcertado al público. Para casos
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como éste no sería un error abrir la cortina y reiniciar la representación dos o tres escenas atrás; el público quedaría satisfecho y los trabajadores internos de la escena recibirían provechosa lección.
La dirección del señor Aceves es muy correcta y cuidadosa en el detalle. Tal vez merezca una censura la libertad en que se dejó actuar a la característica, doña Isabelita Blanch, permitiéndole usar recursos cómicos personales que no favorecen al curso severo de la intriga. La señora Blanch se encuentra francamente fuera de tiempo y de espacio; su tiempo y su espacio como actriz cómica pertenecen a otra época. Francisco Muller se desenvuelve muy seguro y con oficio en su personaje del doctor Moler, que tiene a su cargo la investigación de un crimen cometido a hora exacta. Lo secundan discretamente Eric del Castillo, Angel Merino, Felipe Cueto, Alberto Pedret y Bruno Rey. Las jóvenes y elegantes Berta Cervera y Maty Huitrón hablan sus personajes con soltura y en ocasiones actúan con eficacia, y en ningún momento se encuentran fuera de la acción, lo que a veces ocurre con alguno de los actores. La escenografía, a cargo esta vez de A. Cañare, así como el amueblamiento de la escena, responden a las exigencias de la obra y son de un discreto buen gusto. |