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Un macho, de Edmundo Báez en la Temporada de la Unión Nacional de Autores

Armando de Maria y Campos

    La Unión Nacional de Autores, contando con la colaboración económica de varias secretarías de Estado, bancos y otras importantes instituciones de la iniciativa privada, ha iniciado de una nueva temporada teatral en el Virginia Fábregas para presentar una obras inédita, previamente seleccionada con su comité de lectura, de uno de sus más distinguidos miembros, don Edmundo Báez.
   La obra seleccionada es, según el criterio oficial de la Unión Nacional de Autores, típicamente mexicana. En parte sí lo es, porque el autor Báez hace desfilar en ¡Un macho! varios tipos fáciles de identificar como muy mexicanos ¡Un macho! es una pieza típica y tópica. Lo primero por sus tipos y lo segundo por el tópico que el autor explota: un machismo, que se da con frecuencia en algunos pueblos de nuestro país, apoyado en el uso de la pistola y el abuso de una bebida nacional, el tequila. El machismo de ¡Un macho! no es, propiamente, un machismo mexicano; es un machismo derivado de la euforia, de la falsa personalidad que da el uso y el abuso de una bebida. Un borracho contumaz, de tequilla, de wodka o de whisky, armado siempre con pistola y por esto temido y aun respetado, acaba por ser un macho para los que sienten pavor ante su machismo atrincherado en el mareo y en la ignorancia de que se hace respetar porque está armado y puede arrebatarle a cualquiera ese fenómeno maravillosamente frágil que es la vida.
Tema apasionante es el del machismo mexicano de los borrachos empistolados. Báez lo sitúa en el barrio de Analco, de Guadalajara, Jalisco. Toca a los nacidos o pobladores de este barrio tapatío ratificar si como el Pedro macho del autor Báez son los hombres nacidos en los Altos o en algún otro punto de la antigua Nueva Galicia. El cronista encuentra demasiado típico este borracho conseutudinario, cobarde cuando está en su juicio, valiente cuando se embriaga y siempre empistolado, que ni en uno ni en otro estado tiene instantes de ternura con sus seres más queridos, la madre, la esposa, el hijo tarado como producto de un germen alcoholizado. Este tipo de Báez vive rodeado de otros de su

calaña, con la doble excepción de un amigo inválido y de la esposa resignada, en la que el autor quiere representar el carácter de la mujer sufrida y conforme que se da a veces entre las mujeres mexicanas. Con estos elementos, don Edmundo Báez escribió una pieza de teatro que él define como farsa. Yo la definiría como "guión cinematográfico para ser representado en el teatro". La pieza de Báez se antoja cine convertido en teatro. Muchas veces se han llevado a la pantalla obras escritas para ser representadas en el teatro, y se les ha considerado como teatro fotografiado. La pieza de Báez parece más bien una película cautiva en un escenario, a la que para hacerle tolerable el cautiverio se le han acomodado pequeños escenarios, recurriéndose a paredes transparentes o a habitaciones sin paredes. Todo esto vuelve demasiado convencional una acción típicamente realista. Sin embargo, el autor Báez, muy famoso como guionista cinematográfico, sortea con habilidad las dificultades que él mismo se buscó. Para darle un tuno o un fondo típicamente mexicano, emplea, como otros guionistas de nuestro cine, tópicos folklóricos manidos y típicos de la región que utiliza como escenario de una anécdota, que no es propiamente la de un macho mexicano, sino la de un briago al que cuando baja el telón del acto tercero lo deja abandonado en los límites de la locura alcohólica y, ¡sin pistola!, es decir, convertido en guiñapo humano.
    Para una pieza de este corte y de este trasfondo fue preciso recurrir a actores que dieran físicamente los tipos. El protagonista fue confiado al actor Noé Murayama, que ha tenido éxitos estimables en el teatro y parece que goza de gran prestigio en nuestro círculos cinematográficos. No convence como macho excepcional, ni tampoco como borracho. Se desgañita con prejuicio de la relativa profundidad del personaje y carece aún de recursos para humanizar un tipo de perfiles tan convencionales como el creado por el señor Báez. Casi todos los personajes son objeto de una interpretación convencional. Este casi se refiere a los creados por José Gálvez y Leonor

Llausás. El señor Gálvez, que es un excelente actor, convence plenamente por la verdad exenta de efectismos con que vive el difícil y a la vez sencillo personaje que es Anselmo. La señora Llausás se revela una gran actriz de insospechado y sólido porvenir (si no vuelve a caer en equivocaciones a que seguramente la condujeron inexplicables circunstancias). Para quienes no hayan seguido su carrera paso a paso sorprenderá encontrarse de buenas a primeras con una mujer bella, en la mejor edad para iniciar en serio y en firme la escabrosa carrera de actriz dramática; con su dicción clara, muy entonada en las emociones que el personaje debe expresar, sobria y convincente en el gesto dramático; una verdadera actriz en el más claro y severo sentido del término. La señora Llausás y el señor Gálvez dan la impresión de haber sido dirigidos por otro director que no es el que dirigió el resto de la interpretación, que es don Fernando Wagner. El señor Wagner obedeció fielmente al autor y reprodujo un ambiente mezcla de churro cinematográfico y de anticuada zarzuela. No tuvo a su alcance otros elementos y en justicia no debe reprochársele una dirección que está a tono con el texto de la obra, escrita y hablada en un lenguaje corriente, a veces demasiado gráfico o fotográfico. En justicia, no podía hacer más de los que hizo; se le impuso el pintoresquisimo de la obra que, por su indiscutible presente puede ser una pieza de teatro sin futuro: mariachis, tequila, cohetes, cancioneros, cabareteras de ínfima categoría y... ¡ay Jalisco, no te rajes! Iguales problemas tuvo el excelente escenógrafo Antonio López Mancera y no a todos logró darles adecuada solución.
    El público de la noche del estreno, en su mayoría de invitación, se mostró frío con autor e intérpretes. Al público que acuda en el futuro me permito recomendarle la clara y conmovedora actuación de Leonor Llausás.