Un macho, de Edmundo Báez en la Temporada de la Unión Nacional de Autores Armando de Maria y Campos |
La Unión Nacional de Autores, contando con la colaboración económica de varias secretarías de Estado, bancos y otras importantes instituciones de la iniciativa privada, ha iniciado de una nueva temporada teatral en el Virginia Fábregas para presentar una obras inédita, previamente seleccionada con su comité de lectura, de uno de sus más distinguidos miembros, don Edmundo Báez. |
calaña, con la doble excepción de un amigo inválido y de la esposa resignada, en la que el autor quiere representar el carácter de la mujer sufrida y conforme que se da a veces entre las mujeres mexicanas. Con estos elementos, don Edmundo Báez escribió una pieza de teatro que él define como farsa. Yo la definiría como "guión cinematográfico para ser representado en el teatro". La pieza de Báez se antoja cine convertido en teatro. Muchas veces se han llevado a la pantalla obras escritas para ser representadas en el teatro, y se les ha considerado como teatro fotografiado. La pieza de Báez parece más bien una película cautiva en un escenario, a la que para hacerle tolerable el cautiverio se le han acomodado pequeños escenarios, recurriéndose a paredes transparentes o a habitaciones sin paredes. Todo esto vuelve demasiado convencional una acción típicamente realista. Sin embargo, el autor Báez, muy famoso como guionista cinematográfico, sortea con habilidad las dificultades que él mismo se buscó. Para darle un tuno o un fondo típicamente mexicano, emplea, como otros guionistas de nuestro cine, tópicos folklóricos manidos y típicos de la región que utiliza como escenario de una anécdota, que no es propiamente la de un macho mexicano, sino la de un briago al que cuando baja el telón del acto tercero lo deja abandonado en los límites de la locura alcohólica y, ¡sin pistola!, es decir, convertido en guiñapo humano. |
Llausás. El señor Gálvez, que es un excelente actor, convence plenamente por la verdad exenta de efectismos con que vive el difícil y a la vez sencillo personaje que es Anselmo. La señora Llausás se revela una gran actriz de insospechado y sólido porvenir (si no vuelve a caer en equivocaciones a que seguramente la condujeron inexplicables circunstancias). Para quienes no hayan seguido su carrera paso a paso sorprenderá encontrarse de buenas a primeras con una mujer bella, en la mejor edad para iniciar en serio y en firme la escabrosa carrera de actriz dramática; con su dicción clara, muy entonada en las emociones que el personaje debe expresar, sobria y convincente en el gesto dramático; una verdadera actriz en el más claro y severo sentido del término. La señora Llausás y el señor Gálvez dan la impresión de haber sido dirigidos por otro director que no es el que dirigió el resto de la interpretación, que es don Fernando Wagner. El señor Wagner obedeció fielmente al autor y reprodujo un ambiente mezcla de churro cinematográfico y de anticuada zarzuela. No tuvo a su alcance otros elementos y en justicia no debe reprochársele una dirección que está a tono con el texto de la obra, escrita y hablada en un lenguaje corriente, a veces demasiado gráfico o fotográfico. En justicia, no podía hacer más de los que hizo; se le impuso el pintoresquisimo de la obra que, por su indiscutible presente puede ser una pieza de teatro sin futuro: mariachis, tequila, cohetes, cancioneros, cabareteras de ínfima categoría y... ¡ay Jalisco, no te rajes! Iguales problemas tuvo el excelente escenógrafo Antonio López Mancera y no a todos logró darles adecuada solución. |