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La carroza del santísimo, de Merimée-Arauz en el Granero

Armando de Maria y Campos

    Una noche triunfal para el teatro metropolitano ha constituido el estreno en el Granero, de La carroza del santísimo, obra en tres actos de Próspero Merimée, adaptada con toda libertad y sutil vena poética a nuestra escena por el autor valenciano Álvaro Arauz. Pocas veces como ésta una excelente interpretación a cargo de profesionales revela cómo la calidad de una pieza teatral depende de la maestría del oficio y la técnica de quienes ejercen la profesión de actores. José Baviera logra una creación magnífica del virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet que es maduro resultado de una larga carrera profesional de comediante respetuoso de los textos y responsable para alentar -darle aliento- y humanidad a personajes que deben vivir con vida propia, ante un auditorio. Otro tanto y guardando las proporciones de profesionalidad debe consignarse en favor de Edmundo Barbero, como el obispo de Lima, de José Solé como el secretario del virrey y de Luis Mussot Jr., como el barbilindo licenciado Tomás Esquivel.
    La señorita Rosenda Monteros, como Micaela Villegas, La Perricholi, luce su extraña belleza más que un oficio que está en vísperas de dominar. Su impresionante juventud es su mejor sustentáculo para una interpretación tan difícil como es la de este personaje histórico: una criolla sensual ladina, y ambiciosa, en uno de los mejores momentos de su vida de comediante como es aquel en que recibe como regalo del virrey una regia carroza, privilegio reservado a la aristocracia y al alto clero limeño.
    El talento y el buen gusto del director Xavier Rojas, sin duda el más cuajado entre los jóvenes, tuvo oportunidad de emplear su vivo ingenio y una técnica forjada en la disciplina para hacer del espectáculo que ahora se presenta en el Teatro del Granero el más delicioso, además de exquisito, que se ofrece actualmente en nuestros escenarios.
    El adaptador de La carroza del santísimo, como Arauz la titula en castellano, es más bien un recreador, por la libertades que se tomó para actualizar esta pieza de vago origen molieresco:

llamar por sus propios nombres a los personajes; adicionar el texto y, sobre todo, derramar sobre los diálogos un verdadero chubasco de figuras poéticas, al grado que todos los personajes hablan, particularmente el zafio virrey catalán, como precursores de García Lorca. Tanta miel poética cubre en ocasiones la realidad del diálogo, como la crema de chantilly a los pasteles de boda. Arauz peca de poeta, y hace que sus personajes se muevan dentro de un parnaso utópico. Pero el conjunto, repetimos, es digno del mayor encomio y recomendable para los espectadores de buen gusto.
    Creo necesario, por tratarse de una comedia inspirada en hechos históricos, no soslayar antecedentes que ayudarán al espectador a gustar con mayor deleite de ésta pieza.
    Un anónimo envenenado, maldiciente -dice el autor peruano Luis Alberto Sánchez en su magnífica biografía La Perricholi- arrebató la leyenda picaresca de Micaela a la murmuración de los salones y cafés limeños. Un marino francés, Max Radiguet, introdujo su figura en la evocación y la transformó en símbolo. Antonio de Lavalle y Arias de Saavedra ensayó su biografía -en Estudios Históricos-, Lima, 1935-; Próspero Merimée, por crearla de nuevo, convirtióla en Camila Perricholi; Ricardo Palma perennizó la conseja de su picardía y su sensualidad y Thornton Wilder valióse de ella como trampolín para lanzarse, en compañía del hermano junípero por los infinitos espacios de la imaginación. Sean el Drama de las palanganas, Souvenirs de l'Amerique Espagnole, la Perricholi, Le Carrosse du Saint Sacrament -publicada por primera vez en Teatro de Clara Gazul (París, 1925)-; Tradiciones peruanas, The Brige of San Luis Rey, o esta versión de Alvaro Arauz, todo es un monumento a la turbulenta y sensual vida de Micaela Villegas, criolla limeña, nacida en 1739 y fallecida en 1819, a los ochenta años edad. En la época en que se cruzó en la vida del virrey Amat, era Micaela Villegas, salvo los ojos, el prototipo de la criolla limeña. De cuerpo pequeño y algo grueso, sus movimientos eran llenos de vivacidad; su rostro oval y de un moreno pálido,

lucía no pocas cacarañas u hoyitos de viruela, que ella disimulaba diestramente con los primores del tocador -lo que ahora se llama maquillaje-; sus ojos eran pequeños, negros como el choroloque y vivísimos; profusa cabellera y sus pies y manos microscópicos; su nariz nada tenía de bien formada, pues era de lo que los criollos limeños llaman ñatas. Un lunarcito sobre el labio superior hacía irresistible su boca, que era un poco abultada, en la que ostentaba dientes menudos y con el brillo y limpieza del marfil; cuello bien contorneado, hombros incitantes y seno turgente. Rosenda Monteros se aproxima mucho, cómo no, al tipo original de La Perricholi.
   El virrey de Amat y Juniet llegó a Lima en 1761, sexagenario, pero mantenía una vigorosa apostura de soldado y catalán. A poco, y no hay espacio para referir cómo hizo su amante a la actriz Micaelita Villegas y Hurtado de Mendoza. Ella acababa de cumplir veintidós años. Quien se casa con el viejo por la moneda, la moneda se gasta y el viejo se queda. Escándalo en la Corte limeña. En lo íntimo del extraño idilio, ella ansiosa y generosa; él, gastado y celoso. Sin embargo, en 1769 Micaela da un hijo al virrey catalán. Micaela tenía a sus pies de actriz a los más apuestos galanes de Lima, y Amat no se conformaba. Durante una discusión, la abofeteó: -¡Ah, desagradecida perri choli...! Quería decir en su mal castellano: perra chola. Cuando el disgusto trascendió al pueblo, Micaela Villegas ya no pudo dejar de ser la Perricholi...
    El episodio de la carroza llamada del Santísimo Sacramento que inspiró a Merimée es distinto del que el escritor francés teatralizó. Sería largo referirlo y más bien restaría interés escénico a la preciosa pieza de Próspero Merimée que en excelente versión poética de Alvaro Arauz es hoy por hoy uno de los más bellos espectáculos de México.