La temporada teatral mexicana se ha enriquecido este mes con los estrenos de dos comedias de categoría, las dos del autor hispanoargentino Alejandro Casona (nacido e Besullo -Asturias- el 23 de marzo de 1903), y las dos con éxito de público y de crítica, hasta ahora, porque no se ha escuchado voz que desentone en el coro de justas alabanzas.
Declaro esto un poco apriorísticamente, porque tal vez la crítica de La tercera palabra, no sea tan favorable al autor como lo ha sido la de La casa de los siete balcones, porque esta última es menos fácil de comprender y es más difícil que llegue tan directamente al espectador o al crítico poco enterado. La tercera palabra se estrenó en el teatro Odeón de Buenos Aires, la noche del 29 de mayo de 1953, por José Cibrián y Ana María Campoy, con el concurso de Elina Colomer, Blanca Tapia, Martina Lintón y Mario Lozano entre otros, y la crítica, la mejor crítica de Buenos Aires, no la entendió. Tan fenómeno se desprende de una carta privada -después hecha pública- de Alejandro Casona al crítico español Federico Carlos Sáinz de Robles, que es oportuno la conozca el espectador mexicano. Por esto la reproduzco como prologuillo al comentario que en seguida haré del estreno de La tercera palabra.
"Los cronistas hablaron de Pigmalión, aprovechando la feliz coincidencia de que hay en la comedia una maestra y un discípulo mayor de edad; otros insinuaron tímidamente la palabra Emilio (Rousseau se cita en la obra); y otros, más audaces, recordaron el Cándido de Voltaire, para demostrar de un solo tiro que no habían entendido nada de la comedia y que no habían leído Cándido, ya que un protagonista baja del monte sin haber leído jamás un solo libro, mientras Cándido se educa exclusivamente en la pedantería libresca del doctor Panglós, y se utiliza para combatir en concreto la filosofía optimista de Leibnitz. En cuanto a los antecedentes españoles del protagonista, ninguno vio los evidentes: El filósofo |
autodidactico de nuestro árabe granadino Aben Tofail; su hijo inmediato, el Andrenio de los primeros capítulos del Criticón, de Gracián; ni su más alta personificación dramática en el primer acto de La vida es un sueño -citada también expresamente en la comedia. Del mismo modo, respecto al título mismo, nadie observó que las tres grandes palabras -Dios, muerte, amor- se juntaban, no verbalmente, sino expresadas en presencia dramática en el momento final, en torno al sillón donde yace Marga desmayada. No me preocupa que a mis personajes se les busquen antecedentes familiares -yo los cito bien claros y de buena familia- lo imperdonable es equivocarse tan abiertamente de domicilio, de barrio... y hasta de país."
Por su parte, Sáinz de Robles encontró analogías o antecedentes de la comedia casoniana en el Segismundo calderoniano y, más aún en el del Andrenio, de Gracián, "Indiscutiblemente -dice- aquí hay un antecedente legítimo -¡y de qué gran familia y de qué gran país- del tema propuesto por Casona", en la obra a que me vengo refiriendo.
Yo encuentro en La tercera palabra una infinita ternura; creo que es la comedia de Casona de la ternura. Se preguntará el lector a la altura de estos comentarios: -Y bien, ¿qué es, en suma, esta comedia de Casona? Respondo: una tierna comedia pedagógica, de las más realistas que el notable asturiano haya escrito, en la que muestra el choque de la educación social, y desarrolla con maestría y seguridad una clara y sencilla trama en la que entrelaza ambas educaciones. Si hubiera una tabla de clasificaciones informales para las obras de teatro, recomendaría para La tercera palabra ésta: "propia para padres que quieran educar con ternura el espíritu y la mente de sus hijos.
En pocas obras como en esta, Casona revela su maestría y su maña para concebir y construir comedias. Nada de la arquitectura y de la carpintería teatral le es ajena; todo lo utiliza si |
hace falta. De su maestría habla el primer acto; de su maña y habilidad los dos siguientes. Toda ella está escrita en excelente castellano, su mayor mérito.
Bajo la dirección de don Luis G. Basurto La tercera palabra es objeto de una interpretación ponderada. La actriz de televisión Teresa Siqueiros hizo su debut formal en un escenario, después de haber sido heroína en cerca de cuatrocientos teleprogramas, ¡un récord! Habituada a actuar frente a las cámaras revela un oficio en esta actividad que nadie le puede discutir, y ahora, aptitudes para ocupar un lugar en la escena material; todo dependerá, en adelante, de los personajes que ofrezca a un público comercial desde un escenario que tiene ojos, ángulos y planos innumerables. Como la Marga de La tercera palabra, se desenvolvió natural y no defraudó, en términos generales, a un público tan ajeno al facilón de las cámaras de TV. Tiene clara dicción, y la nerviosidad de que se vio presa la noche de su debut, la irá dominando con oficio y paciencia, porque el teatro es un juego más limpio que el teatro.
Carlos Cores interpretó con mucha dignidad el joven salvaje de 24 años -que no da nunca en escena, sino muchos más-. Personaje fundamental de la obra de Casona. Su madura personalidad se impuso al conjunto general y para él fueron los aplausos más cálidos. Cores interpretó a este personaje en Buenos Aires. El resto de los intérpretes contribuyó con ponderada mesura a que la interpretación sin llegar a lo extraordinario, no dejara de ser estimable. Acompañan a la señora Siqueiros y al excelente Carlos Cores, las damas de carácter Fanny Schiller y Maruja Grifell; el inteligente galán Enrique Aguilar, Victorio Blanco, Manuel Zozaya, Gaby Lorena, Débora Félix y Rubén Heredia. La escenografía de David Antón reproduce, como lo pide el autor, una vieja casona de algún rincón de Asturias. La dirección de Luis G. Basurto es profesional y discreta. |