No creo que exista en los anales del teatro en México otro caso parecido al de don Luis G. Basurto, quien desde muy joven, casi en los umbrales de la adolescencia, entregó su corazón al teatro. Se inició como comentarista de espectáculos teatrales casi un niño y llevó a las páginas de no importa qué modesta revista y en seguida a un diario de gran circulación sus frescas impresiones juveniles. Después se arrimó a la buena sombra de Usigli y a poco, como ha ocurrido con casi todos los comediógrafos mexicanos, María Tereza Montoya le tendió su fina y cálida mano para que ascendiera los primeros escalones de la profesión de comediógrafo.
Después, su nombre ha figurado en cuanta noble y alta empresa teatral significó una efemérides para la historia de nuestros comediantes y autores en México y, caso insólito, también en España o en la América del Sur. Durante veinte años más o menos el nombre de Luis G. Basurto ha estado ligado al teatro mexicano, es decir, al fenómeno de autores e intérpretes que para que sea doblemente fecundo ha de abarcar el éxito presente -económico- y el futuro permanente: historia. Como es lógico en toda actividad humana, don Luis G. Basurto ha sido y es discutido y aún combatido, porque, como el teatro, Basurto está siempre en crisis, prueba de que vive, y si vive, sufre y ama.
En plena juventud ha visto colmado uno de sus mayores anhelos, tener teatro propio, a su nombre y con su nombre. Es una hermosa sala moderna de proporciones reducidas, ni muy lujosa, ni muy modesta, ni tampoco epatante, es una sala, para decirlo brevemente, funcional para el género de comedia o de drama. Cuenta con trescientas veintidós butacas, y en su escenario, aunque breve como la palma de la mano de Talía, se puede representar cualquier tragedia íntima -y con esto quiere decir que no tumultuosa-, cualquier comedia.
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El teatro Basurto se encuentra en la esquina de las calles de Thiers y Ejército Nacional y fue construido por el arquitecto don Nicolás Mariscal Barroso.
El Instituto Nacional de Bellas Artes y la Unión Nacional de Autores invitaron para la función de gala de inauguración del nuevo teatro Basurto, con la presentación de un conjunto de actores que encabeza el gran primer actor Francisco Jambrina y en el que figura la distinguida dama doña Marilú Elízaga, quien como Basurto, siente incontenible pasión por el teatro.
Fue elegida para la función inaugural del teatro Basurto la pieza en tres actos Toda una dama, del propio don Luis G. Basurto, estrenada hace poco más de un lustro por la ilustre actriz María Tereza Montoya, en la Sala Chopin, y como consecuencia del éxito que alcanzó durante esta temporada volvió a subir a escena en la sala Ródano, con la participación de la distinguida actriz Ana María Blanch. Para la tercera temporada de Toda una dama se eligió a la señora Elízaga, menos profesional que las anteriores intérpretes de la Lorenza de esta pieza, y alcanzó con tan interesante personaje un nuevo triunfo -joya de estimación de parte del público metropolitano- que sumará a otros que le han dado lugar preferente en nuestro medio teatral.
Antes de partirse por gala en dos la guirnalda floral que mantenía simbólicamente virgen la rica cortina del teatro Basurto, el distinguido comediógrafo don Rafael Solana, crítico de teatro y novelista también, leyó unas jugosas, justicieras y emocionantes palabras sobre la poliédrica personalidad teatral de Luis G. Basurto, y es una pena que no podamos trasladar a este comentario alguna de sus ideas, porque equivaldría a presentar, sola, aislada, una perla, que vale lo que vale porque tiene su lugar y su oriente en el collar del que no nos atrevemos a desprenderla. En seguida, doña |
Prudencia Grifell y Lola del Río -el teatro y el cine como amigos-, cortaron la guirnalda aludida y un anónimo miembro de Teus descorrió allá dentro la cortina. Y dio principio una discreta y nerviosa representación de Toda una dama interpretada por -cito por orden de aparición en escena- Lola Tinoco, Elodia Hernández, Francisco Jambrina, Manuel Sánchez Navarro, Enrique Becker, Héctor López Portillo, Eva Calvo, Enrique Díaz Indiano, Marina Marín, Jorge Russek, Marilú Elízaga, Raúl Farell, Gloria García y Berta Moss, esta última de origen argentino, nueva en los escenarios mexicanos.
Don Fernando Wagner dirigió con moderada imaginación esta nueva postura escénica de Toda una dama. La escenografía se debe a David Antón, y por la modestia de sus materiales no acaba de referirse a una vieja residencia aristocrática mexicana.
Las trescientas veintidós butacas del teatro Basurto fueron destinadas a una comprimida y comprometida síntesis de personajes que integran la vida teatral de México. Quien por derecho propio no estuvo presente de esa concurrencia de antología, se habrá excusado. Lo más destacado de la escena nacional, y lo más granado de los actores y actrices que han representado o representan un signo en nuestra vida teatral, en primer término doña Esperanza Iris y don Fernando Soler. Después, todos. Cualquier involuntaria omisión sería lamentable.
Finalmente, fue descubierta una placa alusiva a esta extraordinaria efemérides.
Por obvios no se consignan, al detalle, los merecidos aplausos que a lo largo de la noche recibió Basurto, esta vez de todos -amigos o no-, sin distinción.
Al más cálido, al más leal y al más comprensivo homenaje de los recibidos con este motivo por Luis G. Basurto, uno el mío no inferior en calidad y emoción a ninguno.
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