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Romanoff y Julieta en el teatro del Bosque

Armando de Maria y Campos

    Peter Ustinov, autor y actor inglés, se sabe su papeleta. Lo ha demostrado escribiendo divertidas farsas teatrales y creando en la pantalla -no le conocemos como actor sobre un escenario- personajes y tipos ligeros o profundos, según lo exigieran los argumentos respectivos. Ahora volvemos a él para juzgarlo como autor ameno y enterado y con un humor que le brota de su inglesa idiosincrasia como claro manantial que inunda de frescura y alegría los escenarios británicos y, cruzando los mares, los de Europa y las Américas.
    Para divertir a sus espectadores y para darse a sí mismo ocasión de interpretar un personaje atractivo, como lo ha hecho en casi todas sus comedias o farsas, Ustinov ha hurgado en las más antiguas historias teatrales, para hacer reír a propósito de la gran enemistad actual que existe entre las familias políticas que son los gobiernos más que los pueblos de Rusia y los Estados unidos. Enemigos irreconciliables al parecer los dos grandes imperios contemporáneos, lo peor que les podía ocurrir es que sus hijos se enamoraran y contra viento y marea políticos llegaran al altar para hacerse legítimamente marido y mujer. Y así es: Romanoff y Julieta son, en la nueva farsa de Ustinov, muy aplaudida y reída en Europa y en los Estados Unidos, la más moderna pareja de enamorados de significación que se ama a pesar de la honda diferencia que existe entre sus familias (capuleto-rusos, montesco-norteamericanos). Nueva Verona es la capital del país más pequeño de Europa, más pequeño que Mónaco, todavía más homeopático que Andorra. En ese hipotético país que no tiene ejército, ni siquiera policías, conviven balcón frente a balcón los embajadores de Rusia y de los Estados Unidos. El hijo de aquellos, Romanoff, ama a Julieta, norteamericana, y es correspondido por ésta. Pero muy de su época llegan al altar y... no bajan a la tumba, porque así lo ha dispuesto Ustinov, y para ello se vale de un pintoresco y divertido personaje -por él interpretado en Londres- que es el gobernante del país

minúsculo y hábil componedor, que arregla de tal suerte la situación que logra lo que hasta ahora no han obtenido Nikita Khrushchev y Dwight D. Eisenhower con la componedora intervención de Harold Macmillan.
    Así, como ocurren las cosas en la farsa de Ustinov, verán en Londres las costumbres políticas de las grandes naciones líderes del mundo actual. Ustinov juega y juguetea en broma y en farsa sobre lo que advierte de más acusado en los perfiles de la diplomacia soviético-norteamericana, y con ágil y fresco sentido poético nos entretiene con una farsa sin maldad y con ironía, características éstas del humor inglés. Romanoff y Julieta, según la vimos en el teatro del Bosque, ocurre en una plaza del supuesto país mediante dos escenarios giratorios pasamos del exterior al interior de las mansiones diplomáticas. Cada una con escenarios alto y bajo, en total, cinco escenarios, muy hábil y teatralmente aprovechados, gracias a la escenografía de López Mancera, magnífica sin discusión.
    La interpretación es también de lo mejor en este género. Miguel Manzano, en el general componedor; Mario García González, como Romanoff; Pancho Córdova, haciendo de embajador norteamericano; Julio Alemán, como Romeo; Mapita Cortés, en Julieta; Consuelo Monteagudo, como la embajadora soviética, y Mapy Cortés, como la de igual categoría norteamericana, integran un conjunto parejo en excelencia pocas veces logrado por una buena y ágil dirección, inspirada además, como es la de Jorge Landeta, quien tuvo como ayudante a José Solé, también excelente intérprete de un espía ruso. Otra pareja de enamorados corre pasión paralela a la de Romanoff y Julieta, la que interpretan Felipe Santander, estudiante norteamericano, sano como buen deportista, y Sonia Bécquer, como una comandante de alguna unidad de la flota rusa, que vienen a ser el fondo entonado en gris de la multicolor interpretación del conjunto, del que destaca por méritos propios la creación que de un pintoresco

arzobispo medieval logra el notable primer actor Roberto Meyer.
    ¡Qué espectáculo tan nuevo y fresco, porque su secreto está en su origen, que es viejo como el amor mismo! Romeo y Julieta... el balcón de Verona -aquí son dos balcones, para despistar- y por si fuera poco, Shakespeare! ¡No hay nada más nuevo como no sea lo viejo!
    Romeo y Julieta es, cronológicamente, la primera tragedia de Shakespeare y su primer triunfo definitivo. Antes de Romeo y Julieta, el autor era uno de tantos dramaturgos ingleses; después de escribirla es Shakespeare.
    Las fuentes de Romeo y Julieta se remontan a una novela griega llamada Anthia y Abrocomas, escrita por Jenofonte Efesio en el siglo II. En el siglo XV el napolitano Masuccio recogió, amplio y adaptó esta novela en sus famosas Novellino. Medio siglo más tarde, Luigi da Porto escribió una narración bien parecida a la de Masuccio. Algunos eruditos aseveran que Da Porto no conoció la novela anterior y que se limitó a narrar lo mejor que pudo una tradición oral que corría por Verona, en la que se aseguraba que los sucesos narrados en ella habían realmente ocurrido por el año 1303. Ya en pleno siglo XVI el fraile dominico Mateo Bandello dio alguno certeros retoques al cuento de Da Porto y lo incluyó en sus Novelle. Esta obra se hizo clásica y fue traducida al fracés por Francisco de Belleforest y esta traducción vertida a su vez al español en 1586 por Andrea Pescioni. En inglés aparecieron dos obras sobre el mismo asunto, una firmada por Arthur Broke y otra bajo la firma de Painter.
    Lo sugestivo del asunto tentó a los dramaturgos, muchos de los cuales lo llevaron a escena al mismo tiempo que Shakespeare, en Francia, España e Italia.
    Con todo, solamente la obra de Shakespeare ha sobrevivido. La de Ustinov sólo aspira a entretener... ¡Y entretiene!