El Instituto Nacional de Bellas Artes y la Unidad Artística y Cultural del Bosque contando con la colaboración de un productor asociado -Jorge Landeta- han organizado un espectáculo con el que el INBA inauguró su temporada 1959 de Teatro Experimental, eligiendo para tal suceso la pieza de Silvio Gioveninetti, en tres actos, estrenada el veintisiete de noviembre de 1953 en el teatro Schauspielhaus de Zurich. En Italia la representó la compañía de Vittorio Gassman en la temporada 1954-1955. En Buenos Aires, en el mes de septiembre de 1955, la llevó a escena el teatro D'Arte della Citta di Roma.
Silvio Gioveninetti es un autor nuevo en México. Nació en Saluzzo, Italia, en 1901. Después de haber experimentado diversas tareas periodísticas llegó a ser crítico dramático del Popolo de Milán. Su pieza Sangre verde ha sido editada en castellano en la Argentina. Me inclino a creer que la versión que nos ofrece el INBA es la que publicó Ediciones Losange, de Buenos Aires.
El INBA considera esta obra de Gioveninetti como un claro ejemplo de teatro experimental, por eso la elogió para inaugurar este su primera temporada de piezas experimentales, o sea -para hablar claro- de experimentos teatrales que buscan nuevas formas o nuevas técnicas de teatro. En efecto, el teatro experimental no es otra cosa que un experimento escénico, y es evidente que no pueda estar necesariamente confiado a actores noveles, sino que es lógico que en él intervengan lo mismo actores aficionados, estudiantes, para actores o comediantes profesionales. El INBA seleccionó elementos de su Escuela Dramática y los mezcló hábilmente con actores profesionales.
Sangre verde es una pieza que aborda un tema escabroso y difícil de explicar en el teatro considerado éste como representación. En Sangre verde se plantea el desconcertante y trágico amor entre dos hermanos. El cronista gusta escuchar los comentarios del espectador anónimo, y en ocasiones los traslada a sus
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comentarios si son oportunos, graciosos o certeros. De Sangre verde alguien dijo que se trataba "del incesto considerado como una de las bellas artes", parodiando la famosa frase de Tomás de Quincey con que tituló un libro famoso en su tiempo: El asesinato considerado como una de las bellas artes.
Por su parte, el autor declara que "en este drama no hay neorrealismo. Elementos metafísicos y elementos neorrománticos tratan de conferir a Sangre verde una lejanía simbólica". A este experimento teatral de Gioveninetti no es ajeno Freud. Pero el autor se adelanta a declarar que el freudismo existía antes de su creador: En efecto los griegos se adelantaron a Freud, y el famoso médico austriaco creó un sistema de interpretación y de explicación. Pero como Gioveninetti ha leído mucho a Freud, resulta que su pieza es freudiana de principio a fin. De no ser freudiana sería simplemente un melodrama, un tremendo melodrama de mediados del siglo XIX, escrito por un autor que no hubiera digerido a los autores griegos. Ambicioso Gioveninetti vistió su melodrama de Freud y produjo una pieza de complicado mecanismo teatral, calculadamente discursiva y en absoluto ausente de acción material. La verdad es que resulta aburrida y desconcertante aun para un público de teatro experimental. Y no basta que el autor declare que "es la tentativa neorromántica de este drama, dentro de la fusión de modos antiguos, comprendido el antiguo, porque (le) parece reorromántica la concepción del protagonista; así como la de Elena, la antagonista, sobre quien recae la tragedia”.
No es prudente referirnos concretamente al argumento. Se trata, ya lo he dicho, de un incesto, de un incesto vestido de Freud, y también pintado de Freud, y por cierto muy bien pintado por Antonio López Mancera, que creó un clima escenográfico digno de un cónclave de psiquiatras, con aciertos de iluminación excepcionalmente valioso e interesantes. El INBA autoclasificó esta pieza de teatro |
experimental como "sólo para adultos", razón de más para pasar como sobre ascuas por su estrujante y amargo argumento.
Don Salvador Novo, Jefe del Departamento de teatro del INBA, dirigió la obra con su habitual maestría y como se trata de teatro experimental intentó impresionantes experimentos, ninguno fallido. Tal vez pondríamos un reparo al exceso de memorización, porque la memorización de largos parlamentos es enemiga irreconciliable del matiz, y el matiz es el espíritu de la frase.
La interpretación en general es sobria, seca y trata de ser profunda. El primer personaje femenino se confió al buen actor de cine Jorge Martínez de Hoyos, a quien se le nota su larga ausencia de los escenarios. El principal personaje femenino fue entregado a la vocación y al estudio responsable de Kitty de Hoyos, hermosa y escultórica muchacha cuyos adelantos ven hacia los ciegos. Mucho personaje para ella, sin embargo, salió airosa de la prueba. La mejor actuación, sin duda, es la de Pilar Souza, como la vieja nodriza y sirvienta de los hermanos incestuosos. Magnífica su dicción clara y siempre matizada, demostró cómo sí es importante la memoria para recitar, lo es más la emoción para convencer. Esta es una de las mejores actuaciones que le he visto a la gran actriz que ya es Pilar Souza. Carlos Fernández cumple con discreción y Carlos Ancira entendió bien su personaje de notario de melodrama. Meche Pascual logra también una actuación bien discreta.
A la representación de Sangre verde asistieron el secretario de Educación y el director de la Unidad Artística y Cultural del Bosque, entre otros ilustres personajes del mundo social y artísticos de México. |