denotan, hay elegancia en ellos.
La Julieta, está a cargo de la buena
actriz Jacqueline Andere, quien tiene momentos
excelentes, especialmente en el primer acto. El baile de los Capuleto, en el
que el amor nace de la nada, sin anunciamiento, sin premonición, en el que la
mirada substituye a la palabra, está construido -en el teatro todo es
arquitectura- con toda meticulosidad. Y si se analiza escena por escena de la
joven actriz, no puede decirse que haya descuido en ninguna de sus partes, no
obstante, la preparación interna del personaje, la que se realiza dentro y no
por fuera; esa vivencia que tiene su génesis en la profunda sensación de una
emoción sincera, no se vio en Julieta, especialmente en el segundo acto; el
amor que demostraba por Romeo, era un amor tan superficial que no la habría
llevado nunca a su propio aniquilamiento. Este mismo fenómeno se advierte en Jorge
del Campo al personificar a Romeo, hay en él la precipitación de la
adolescencia, pero no la fuerza del héroe trágico que es capaz de adivinar su
destino al decir antes de entrar al baile donde conoce a Julieta “...mi corazón
presiente alguna fatalidad... pero que ¡Aquél que gobierna el timón de mi existencia
guíe mi nave! ¡Adelante!...” Palabras con las que Shakespeare se ajusta a los
cánones clásicos, al presentar al hombre, si bien en lucha contra los dioses,
sometiéndose al fin a su destino.
Tanto Jacqueline Andere,
como Jorge del Campo, que en otras ocasiones nos ha convencido por la riqueza emotiva
de sus interpretaciones, ahora sólo han llegado al cascarón de sus personajes
sin atreverse a entrar hasta el núcleo, prefiriendo dejarse ir por el agua corriente,
que llegarse a la
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fuente misma del manantial.
Sobresale de manera determinante Aarón Hernán,
un actor que cada día se supera y que sabe encontrar el tono justo en los
requerimientos de cada personaje que interpreta.
El coro,
que como en la tragedia griega, anuncia cuál es la trama y el desenlace de la
obra, marcando de este modo que lo que importa no es qué ocurre en el escenario, sino cómo ocurre, está a cargo de Héctor Ortega, quien con todo tino dio
a su texto no la forma de discurso, sino de hablar espontáneo y la actitud
también de relator que se mueve con naturalidad, ya que no es parte de la
intriga -un acierto más del director al dar al coro esta actitud-, sólo que quizá
fue tanta la naturalidad histriónica de Héctor Ortega, que ésta le ocasionó un
descuido en el volumen de la voz, haciendo que ésta no fuera lo suficientemente
audible.
Otros actores sobresalen, como Sergio
Ramos, Óscar Morelli, Jorge Mateos, Tomás Bárcenas,
Héctor Andremar, Carmen Sagredo,
por la justeza de sus interpretaciones. De José Elías Moreno y de Daniel Villarán hay algo que
no convence, quizá su forma de representar tipificando a sus personajes, en
lugar de creándolos.
Otros actores no sólo llegan siquiera a
esto, sino que su intervención es una mala lectura de líneas, en la que el texto
pierde su intención y significado, tal la aparición de Enrique Díaz Indiano.
Preciso es mencionar el trabajo de
Guillermo Arriaga como coreógrafo y de Jorge Mateos
como maestro de armas, ya que tanto la plástica de los bailes, como los duelos
que en escena se verifican están magníficamente logrados.
Es una representación que si bien dista de
ser perfecta, no es indecorosa en absoluto.
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