Un poco tarde llega a nuestro escenarios La rosa tatuada, de Tennessee Williams, porque durante largos años tomamos muy en serio un auge teatral que a la postre ha sido, como en el título de la pieza de Shakespeare, "mucho ruido y pocas nueces". Si acudimos a nuestros recuerdos no son pocas las actrices que han surgido durante estos últimos diez años, y, sin embargo, La rosa tatuada, del discutido y celebrado autor norteamericano, no encontraba intérprete. Después de un lustro de renacimiento teatral mexicano seguimos contando con una sola trágica: María Tereza Montoya. Y con pocas primeras actrices de sólida, amplia y profunda dimensión dramática. Blanca de Castejón, que tan buena comediante fue hasta alcanzar un clímax extraordinario en la protagonista de Teatro, de Somerset Maugham, aceptó degradarse a bajos fondos teatrales realmente inconcebibles interpretando vodeviles y pochades y ya considerábamos perdida para el arte escénico responsable, cuando de pronto surge como la Serafina Delle Rose, de Tennessee Williams.
La rosa tatuada ha recorrido el mundo teatral y, a su tiempo, fue llevada a la pantalla, cargada de un realismo poético que hizo estremecer a los públicos que hablan los más distintos idiomas, y no me refiero a hablarlos en el sentido de comunicarse oralmente, sino a hacer escuchar la voz de sus sangres, de sus más diversos temperamentos, y en todas partes fue necesario que una gran actriz encarnara a Serafina Delle Rose para que, La rosa tatuada pudiera subir a los escenarios. Es preciso conocer el argumento para que el lector entienda por qué sin una gran intérprete la pieza de Williams, de un realismo sexual estrujante, ni puede entenderse ni menos llegar a estremecer la sensibilidad del auditorio.
Una familia, de una colonia siciliana en el sur de los Estados Unidos, constituye su centro, que |
vive en perpetua disputa con los habitantes locales, buscando mostrar así, según propósito claro del autor, el contraste entre dos civilizaciones: la actual, que puede ser elástica y tolerante, pero más razonable, y la milenaria, que es para los otros inexplicable, aunque justo sea reconocerlo, hasta en sus desviaciones, un cierto fondo de moral más rígida. Y el eje de esa familia y de la obra es una mujer, de mediana edad, que enviuda y guarda celosamente las cenizas de su marido, que se gana la vida con esfuerzo de costurera de pueblo, que procede con una exaltación y un arrebato que llegan hasta el escándalo público, que vive en una perpetua excitación, entregándose, porque sí, a otro hombre, después de venerar, un poco idolátricamente, las cenizas de su marido, y que es uno de los tantos fenómenos de doble personalidad, pues, al mismo tiempo que vigila con la mayor rigidez la moralidad de su hija, con los procedimientos más exóticos, que llegan hasta dejarla sin ropa para que no pueda salir a la calle, desciende a dejarse dominar por los instintos salvajes más primarios, viviendo en un frenesí de selva.
Lo que no se puede narrar es lo que constituye la esencia teatral de la obra, su clima dramático, consecuencia de los instintos sexuales de la raza siciliana, de sus prejuicios y arrebatos circunstanciales, regidos por ignotos mandatos de la entraña antepasada, por los ídolos religiosos que la dictaron y por las ansias irrefrenables que surgieron de la tierra y que son como el único código de los animales y de las plantas. Williams tuvo que construir un verdadero muestrario de cuadros para poder con ellos barajar una situación, siempre la misma y distinta como las cartas de una baraja. La rosa tatuada es un melodrama de poesía realista en el que la poesía hunde sus raíces en una realidad estremecedora y la realidad surge y crece de un fecundo suelo poético y se eleva
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hasta dar, como una planta exótica, rosas tatuadas de fidelidad, de lujuria, de impaciencia o de desenfreno sexual.
Blanca de Castejón, que como comedianta conoce todos los recursos del oficio de una buena actriz, y que posee un temperamento volcánico, logró dar una impresionante realidad dramática a su personaje sexual más que al sensual. En todos momentos la sentimos eminente y a la altura de Ana Magnani o de Ana Lasalle, para no citar sino a dos de las más ilustres y temperamentales actrices que han logrado sendos triunfos con este brutal y primitivo personaje. No es Blanca de Castejón una actriz trágica propiamente, pero su temperamento excepcional y su fina inteligencia interpretativa le permiten actuar como auténtica actriz dramática. Su Serafina Delle Rose quedará como una de las mejores creaciones artísticas no sólo del año, sino de mucho tiempo. Como su Julia Lambert de Somerset Maugham.
José Gálvez, talentoso actor colombiano, de amplia y profunda dimensión artística, le da impresionante y justa réplica a la Castejón creando el Álvaro Mangiacaballo, personaje mitad idiota, mitad pillo y también inquietante tipo de sexual animalidad. La señorita Erna Marta Bauman compone con dulzura y cariño el personaje de la virgen Rosa Delle Rosa, heredera de la tempestuosa sangre siciliana, y el resto del numeroso reparto integra un mosaico de tipos -y de tipas- indispensable como fondo de este dramático conflicto sexual. Entre ellas destaca Ada Carrasco.
La dirección de Dimitrios Sarrás muy cuidadosa del detalle, pero a ratos confusa y con la característica de los directores que no dominan nuestro idioma, falta de claridad en los diálogos. Es estimable la escenografía realista y funcional de Salvador Trejo. |