El grupo de teatro universitario que anima don Carlos Solórzano, extraño grupo que no cuenta con actores ni directores fijos, presenta, ahora en la Sala Ródano, su programa anual, tan novedoso y atractivo como los anteriores, a partir de 1952. Solórzano eligió dos piezas breves de dos de los autores europeos contemporáneos más discutidos: Michel de Ghelderode y Eugéne Ionesco. Del primero presenta la pieza en un acto Los ciegos (que tiene una breve historia mexicana, que en seguida contaré, porque no deja de ser interesante), y del segundo la pieza en un acto La cantante calva, ya conocida de los amantes del teatro de minorías, porque está editada en México, y creo que agotada su primera edición.
La pieza de Los ciegos, de Ghelderode, fue escrita hace diecinueve años, especialmente para ser dada a conocer en México, por conducto mío. Originalmente fue escrita para ser representada ante el micrófono durante la tercera temporada de Teatro del Aire, que bajo mi dirección debió haberse desarrollado el año de 1942, con el patrocinio del Departamento de Prensa y Propaganda y por sus estaciones radiodifusoras XEDP y XEAX. El año de 1938 yo promoví en América un movimiento de dignificación del teatro por radio con base en trasmitir piezas escritas especialmente para ser representadas frente al micrófono y para un auditorio ciego que sólo escuchaba. Debían ser piezas no representables en escenarios materiales. Tuvo eco mi idea y pude desarrollar dos temporadas con magníficas obras de este tipo, la mayoría de autores europeos, y logré |
que varios autores mexicanos -Rodolfo Usigli, Xavier Villaurrutia, Celestino Gorostiza, Luis G. Basurto y Agustín Aragón Leyva- escribieran para estas temporadas piezas de este tipo.
En 1940 establecí contacto con un joven autor belga, flamenco, Michel de Ghelderode, que no había estrenado nada en Bélgica ni en otro lugar de Europa, como no fueran dos o tres comedias para la radio. Nos puso en contacto la Sociedad de Autores y Compositores de la Radiodifusión francesa. Ghelderode me envío varias obras, entre ellas Los ciegos, que debió haberse trasmitido el 14 de abril de 1942, de acuerdo con el plan sometido al jefe del DAPP, don Agustín Arroyo Ch. Dificultades presupuestarias, el inexcusable y eterno pretexto mexicano, frustró aquel propósito y la pieza de Ghelderode, como otras europeas que tenía programadas, de Paul Castan, Carlos Larronde, Carlo Manzini, Gabriel Germinet, Oscar Jellinck, Richard Hughes, Karel Koupon, Roger Richard, Francisco Kozil, Francis André, Toon Rammel y Tyrone Guitry, pasaron a ocupar un lugar en mis archivos. En éstos conservo, con la copiosa correspondencia que sostuve entonces con Ghelderode, la pieza Los ciegos, que traducida por él mismo ofrece al público de México Carlos Solórzano en su temporada anual de su teatro universitario.
Michel de Ghelderode se abrió paso, mientras tanto, en la escena belga primero, en la europea y universal después y a la fecha es uno de los más interesantes autores dramáticos contemporáneos. Antes de Los ciegos, un grupo de teatro de cámara dirigido por el joven Gilbert Amand puso en el teatro de La Capilla, |
de Coyoacán, D. F., a principios de este año y bajo los auspicios del INBA, tres actos de Michel de Ghelderode titulados Magia roja, que por diversas causas no fueron conocidos del gran público teatral. Creo que Los ciegos correrán mejor fortuna.
Michel de Ghelderode es autor de una copiosa obra teatral, de la que se encuentra publicada en castellano esta larga nómina: Arriba, signor; Escorial-Halewyn, Magia roja, La señorita Jair, Fastos del infierno, El extraño jinete, La bnalada del gran macabro, Tres actores, un drama..., Cristóbal Colón, Las mujeres ante el sepulcro, y La farsa de los tenebrosos. Es oportuno fijar en esta crónica algunos datos sobre Ghelderode:
Nacido en Ixelles, suburbio de Bruselas, el 3 de abril de 1898, su infancia nos la relata él mismo en Las entretiens d'Ostende: fue solitaria, pero ya apuntaba en ella lo que después ha tenido de extraño, misterioso, fuera de lo común. Su viejo maestro Georges Eekhoud, fue quien en 1916 le reveló los esplendores del siglo de Shakespeare, juntamente con las riquezas del Siglo de Oro español. También es notable la influencia ejercida en él por la pintura de su país. "Siempre he pensado -dice él mismo- que es menester esforzarse por situar plásticamente las obras teatrales".
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