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Reestreno de Atentado al pudor en el Insurgentes

Armando de Maria y Campos

    Tanto he rodado por las informaciones teatrales la noticia de una supuesta suspensión por las autoridades de la ciudad de la pieza Atentado al pudor, del autor nacional Carlos Prieto -representada hace siete años con regular éxito-, que el cronista contraría su costumbre de no volver sobre el tema de piezas ya estrenadas, y dedica un comentario a este suceso teatral que por dos o tres semanas trajo revuelto al mundillo farandulero.
    Atentado al pudor es una comedia mexicana de costumbres -de malas costumbres la calificó la inteligente subdirectora de la Dirección de Cinematografía, señorita Carmen Báez- que trata de reflejar, como hace siete años lo hice observar, aspectos del tratamiento que abogados sin escrúpulos dan a ciertos conflictos en familias rápidamente enriquecidas, y que hace años fue bien recibida porque se trataba de una obra primeriza, con la que un joven autor probaba sus armas teatrales. Ahora, observamos cómo esta interesante comedia que marca la iniciación de un nuevo autor, huele a pasado. En efecto, hay teatro con presente y sin futuro y teatro con futuro; este es, naturalmente el que queda. Atentado al pudor, proporcionó a Carlos Prieto un merecido éxito transitorio y no creo que llegue a convertirse en obra de repertorio de futuras temporadas teatrales. Carlos Prieto se ha superado y Atentado al pudor no pasa de ser una comedia de autor primerizo.
    Asistiendo a su representación la noche siguiente a la de su reestreno recordé una oportuna consideración del director ruso Nemiróvich Dánchenko, de quien, por cierto en diciembre próximo se cumplen cien años de su

nacimiento, a propósito del interés vivo que debe tener el buen teatro. Cito de memoria: el teatro es, antes que nada, una distracción. Es imprescindible que la persona que asista a un espectáculo reciba cierto placer, esto es, que se emocione junto a los demás, que llore o ría; pero al mismo tiempo, es necesario que el espectador se retire satisfecho, y lleve consigo una partícula del bien y de la verdad, que esté en condiciones de ennoblecer su alma. Nada de grosero, de falso, de inculcado o impuesto convencionalmente, está en condiciones de cumplir esa misión educativa. Un cuento o un cuadro histórico, y toda comedia de costumbres es un cuadro histórico, escritos pintoresca, artísticamente, que posea motivos y caracteres reales y humanos, se apoderará más profundamente del espectador, que la trivialidad, pintarrajeada y adornada de detalles costumbristas, por más cercana y conocida que sea. Aquello que provoca la admiración en un espectador instruido -poseedor de un gusto sano y no echado a perder-, no puede dejar de conmover al espectador carente de preparación y, recíprocamente, lo que suceda al primero, debido a la mentira o trivialidad de su enfoque o tratamiento, sólo puede corromper y confundir el alma del espectador de escaso nivel cultural...
    Volvamos a Prieto y a su obra primeriza. El autor inventa un duelo entre dos abogados, los dos pícaros, a propósito de la violación de una sirvienta por el hijo adolescente de un banquero poco honorable. Con este argumento de gacetilla policiaca arma tres actos que le sirven para tratar de revelarle al público los procedimientos que siguen dos licenciados para... salirse con la suya. Los personajes dicen

cosas que parecen tremendas, se desnudan moralmente, y vemos que desnudos son despreciables, y a la postre resulta que la sirvienta violada es un personajillo decente y hasta con sentido común. Atentado al pudor, resulta así, ahora, después de un lustro de estrenada, una pieza endeble y mal hablada. Nada más. Creo que fue un error económico reestrenarla.
    El gran escenógrafo Julio Prieto creó un magnífico ambiente escenográfico para que esta pueril trama tuviera, por lo menos, un magnífico escenario. La interpretación es, apenas, discreta. José Elías Moreno cumple como el padre y banquero; Consuelo Frank, denuncia su larga ausencia de la escena, en tanto que Mariana Camacho, como hija del banquero rico, cruza nada más por la acción diciendo con ingenuidad las tonterías juveniles que el autor pone en boca del personaje. De los dos abogados sobresale Barrón, y no porque habite con naturalidad su personaje, sino porque Ramón Gay hace el suyo tan convencional que en el contraste aquel sale ganando. Se salva, por su juvenil discreción, el joven e inteligente galán David Hayat. ¡Ah!, dos criados, del más antiguo uso español, ponen en antecedentes al espectador de todo aquello que el entonces joven autor no pudo ni supo explicar al público.
    Como advertirá el lector, una pieza de tan modestos alcances artísticos... o inmorales como Atentado al pudor, no ha justificado la agitación periodística que intereses sospechosos mantuvieron a través de informaciones tendenciosas durante varias semanas.