Estreno de El valet ruso, de Camelotti, León y Haro en el Arlequín Armando de Maria y Campos |
El nuevo y a la vez viejo vodevil que la empresa de Nadia y Antonio Haro Oliva ha escogido para proseguir explotando este género de teatro convencional y en desuso en el Arlequín, es uno más y no de los mejores. No es fácil sostener con éxito una temporada de vodeviles, porque a pesar de las aparentes ilimitadas posibilidades del género, éste es de reducidos alcances. Las situaciones audaces acaban por no parecerlo; los chistes de doble y aún triple sentido hay a veces que subrayarlos mucho para que logren su impacto. No siempre se justifica en ellos la presencia -o el paso por la escena- de mujeres jóvenes y hermosas en ropas íntimas. El ingenio en los autores también escasea; en fin, como diría la voz de la calle, son muchas dificultades y escasos los rendimientos pecuniarios y, menos, artísticos.
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matrimonio, por causas que no he de referir en esta crónica, llevan a su propio hogar a sus presuntos amantes. Hasta las situaciones en que las actrices deben aparecer en ropa íntima son forzadas. El lenguaje salpicado de chistes con el sello del humor de Carlos León, es pulcro y simple. Se diría, más bien, que El valet ruso es una muestra de lo que no debe ser un vodevil... Con obra de tan bajo vuelo no puede sospecharse una interpretación de altura. Nadia de Haro Oliva se repite un poco -¿o un mucho?-, como no puede menos de ser cuando una actriz se habitúa, a desempeñar un solo género de teatro. La mejor actriz de cualquier género se copia a sí misma si no tiene ocasión de cambiar de personaje; éste sale de ella igual que de un molde. Como en anteriores ocasiones Nadia hace gala de su buena dicción, confirma su espíritu frívolo y luce su interesante belleza. Carlos Riquelme, más ponderado que otras ocasiones, más ceñido a su divertido personaje, mantiene incólume su categoría de excelente actor. Luis Beristáin cumple con oficio la madura galanía de un personaje -un marido que no peca y que tampoco resulta cornudo, algo insólito en un vodevil-, y Guillermo Orea repite con fortuna el tipo de galán algo tímido y un más tonto que le ha valido antes algún éxito de estimación. La joven actriz Yolanda Margáin interpreta con soltura el vacuo personaje a ella confiado y en alguna escena acapara la atención del público a causa de su arquitectura física. Una dirección discreta, pero no por esto fría, sino movida y alegre, permitirá que esta piececilla que no honra el género del vodevil, logre noches adelante divertir al público común y corriente mucho más que al frío, severo y a veces injusto de las noches de estreno. |