Antígona. Teatro Orientación. Autor: Bertolt Brecht. Traducción y dirección: Rafael López Miarnau.
Decorados y vestuario: Según los diseños de Gaspar Neher. Grupo: Teatro
Club.
Se está llevando a cabo con gran éxito la
temporada del Teatro Club, en la que han llevado a escena una obra hasta ahora
desconocida en México: Antígona de Bertolt Brecht, escrita por este autor en 1948, o sea en
plena posguerra, latente aún la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, esta
circunstancia es esencial tomarla en cuenta, ya que Brecht parte fundamentalmente,
para crear su teatro, de la idea de que el hecho individual no puede ser mirado
sino como una resultante de los procesos sociales, de la oposición de las
clases; por tanto su teatro escrito no puede ser considerado ajeno a esos
procesos, como no lo puede ser su labor de director o de teórico. Brecht busca
su expresión siempre dentro del acontecer social, de ahí que sus obras que
podrían ser tomadas como históricas simplemente o, como en Antígona, basadas en un tema clásico, pierdan su carácter de
historicidad y se conviertan en presente, y más aún, en presente social.
Esa necesidad de Brecht de situar el
acontecimiento dentro de las circunstancias socio-político-económicas, lo hace
requerir para su teatro un tipo de espectador diferente, que en lugar de
identificarse con el héroe, y de olvidarse su “yo”, vea la escena como una
visión que le enseña bajo qué presiones vive su propio “yo”, bajo qué fuerzas.
Pero ese tipo de espectador había que crearlo; entonces Brecht se sirve de su
propio espectáculo para formar este nuevo género de espectador, naciendo de
este modo el teórico que elabora todo un mecanismo dialéctico para poder llevar
a cabo sus ideas sobre el teatro.
La manera que encuentra para poder crear
ese nuevo espectador, es la de no producir un sueño hipnótico, no hacer del
teatro un lugar de magia, sino una cátedra de universidad; de este modo da a su
arte un carácter didáctico, y así como la pintura sirvió tantos años a la
Iglesia, él hace que su teatro sirva a la clase trabajadora. Esta actitud de
Brecht puede sintetizarse con una frase de él mismo: “Nosotros deducimos
nuestra estética, como nuestra moral, de las necesidades de nuestro combate”.
Para Brecht el hecho de que su teatro no
pretenda producir una emoción, no es un fenómeno aislado, ya que según él, lo
mismo en la música que en la pintura que en otras artes, se ha visto que existe
una crisis de la afectividad; el hombre abandona en nuestra época el sentimiento
para refugiarse en la razón, quizá posteriormente se generen las circunstancias
apropiadas para una nueva era emocional, pero no de sentimentalismo, sino de
verdadera emoción.
Cuando Brecht nos pinta a Antígona -que
fue muy bien interpretada por Emma Teresa, Armendáriz- no es la concepción sofocleana la que estamos contemplando. No es la Antígona que
muere porque su destino así lo tenía previsto y que lo arrostra con orgullo,
sino la mujer víctima de una tiranía, simplemente una mujer, no una heroína que
muere a pesar de sí misma.
El paralelismo que hace Brecht entre Creón
y Hitler da una nueva significación a la tragedia de Antígona, es la lucha
entre el derecho de vivir y el poder que anula ese derecho; entre el derecho de
ser libre y la tiranía que priva de esa libertad; y es también la lucha entre
la paz y la guerra, entre el pueblo y el individuo que lo sojuzga.
Es imprescindible, al ver una obra de Brecht,
conocer sus actitudes como teórico del teatro, no porque su obra dramática no
valga por sí misma como obra de arte, sino porque para servir mejor
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a los propósitos
del autor es preciso conocer esos propósitos.
En lo que toca a la representación, el
director de escena, Rafael López Miarnau, procuró
seguir los lineamientos de esos objetivos que se trazó Brecht. Resaltó el hecho
social, así como produjo los efectos de distanciamiento respetando a tal
extremo la puesta en escena que hizo autor de esta tragedia en Alemania, que
inclusive la escenografía y el vestuario son réplicas del montaje original
diseñados por Gaspar Neher.
Si se aprecia cierto estatismo, como si
fuera más que la representación de un hecho en movimiento, una pintura con
texto, es porque así lo exige la obra. La línea de acción es interna más que
externa. Es la lucha de dos contrarios -ideológicos- que se resuelve en
tragedia.
Debe tomarse en cuenta que esta obra fue
escrita para dirigirse a una clase trabajadora que asiste al teatro y cuyo
nivel cultural es muy elevado; lo que suscita el problema de una inadaptación a
un medio, ya que la obra es vista por un espectador para el cual no fue
escrita, lo que hace que muchas de las situaciones den la impresión de ser poco
teatrales. Si una obra es escrita para niños, debe ser vista por niños, y si
fue escrita para adultos debe ser vista por adultos, de otro modo, o resulta
obvia para unos, o incomprensible para otros.
Los personajes de Antígona nunca pierden su dimensión humana, ni siquiera el adivino
Tiresias -que Augusto Benedico interpretó con gran
propiedad- que es presentado como un hombre capaz de observar aquello que lo rodea
y de esas observaciones deduce cuál es la verdad y cuál es el probable futuro;
que Antígona, que nunca deja de ser mujer, con sus debilidades y flaquezas; que
Creón, que es susceptible de ser herido como un hombre
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[Emma] Teresa Armendáriz en Antígona. [Pie de foto.]
y no invulnerable como un dios,
o que inclusive el coro, que aparece con todas las características humanas de
la clase privilegiada.
Carlos Ancira, uno de los actores más
recios de nuestros escenarios, una vez más tiene oportunidad de ejercer la autoridad
del actor que domina su oficio. Emma Teresa Armendáriz tiene poca oportunidad
de lucimiento, quizá por la concepción; desmesuradamente sobria del director, pero
lo mismo ella, que el resto de los actores: Ángel Pineda, Mercedes Pascual, José
Carlos Ruiz, Héctor Andremar, Ángel Merino (estos
tres últimos forman el coro), Augusto Benedico, Sergio
Jurado, Amparo Villegas, Antonio Alcalá, etcétera... realizaron un trabajo correctísimo.
En la traducción, de López Miarnau, se advierte un gran esmero por el lenguaje. Es Rafael
López uno de los directores más respetuosos de la obra ajena y que además de
conocer a fondo las obras que interpreta, les imprime un sello de seriedad del
que no puede sustraerse ningún actor.
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