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Las vísperas del teatro en el restaurante

Armando de Maria y Campos

    En "Dos lecciones sobre el ejercicio de la crítica teatral" que preparé para el Instituto de Capacitación de Periodistas, de que es director don Fernando Mora, que por varios años fuera subdirector de este Diario, merecido cargo con el que culminó -hasta ahora- una larga carrera de periodista que se habrá iniciado antes de 1916, porque ya en ese año fui su subalterno cuando él ocupaba la Jefatura de Información del diario El Demócrata, traté de resumir algunas de las condiciones que de acuerdo con mi larga experiencia creo que debe reunir el periodista, joven o maduro, que ejerza la función de crítico (o cronista) de teatros en diarios o revistas. Es natural que en el limitado espacio de que dispuse quedaran fuera no pocas de estas "condiciones", no muchas en realidad, pero algunas fundamentales.
    Entre las que no tuve oportunidad de mencionar se cuenta la de "estar enterado" de los que ocurre en los diversos círculos teatrales que en una o en otra forma coinciden en el espectáculo teatral propiamente dicho. "Estar enterado", y estar enterado al día, le permite al crítico no sorprenderse de nada de lo mucho sorprendente que ocurre en la vida del teatro, fuera de él, entre bastidores, en las agrupaciones sindicales y aún en los corrillos tan propicios al rumoreo desorbitado e increíble.
    Estas últimas semanas, tan escasas en auténticas novedades, han corrido por los críticos y mentideros teatrales infinidad de versiones, muchas de ellas partiendo de hechos ciertos, otras pura imaginación y no pocas de tanteo o destajero, porque en el medio teatral es donde más fortuna alcanza el que elige para pescar el momento en que el río está revuelto.
     Se ha hablado de que así como en 1949 se inició la era de los teatros de bolsillo, tan combatida en sus principios por la Asociación

 

Nacional de Actores como consta en los periódicos de la época, y que a la postre condujo al fracaso a muchos elementos con excelencia y calidad y creó en el público una confusión de valores que ha dado por resultado la falta de elementos de auténtica calidad artística, estamos, o estuvimos- a punto de vivir la era "del teatro en los restaurantes". Y todo porque ha alcanzado un estimable éxito económico y no poco de curiosidad la postura de la pieza Las cosas simples, de Héctor Mendoza, que se viene representando desde fines de enero del presente año en un café situado frente al Parque Melchor Ocampo. La razón del éxito es obvia: la comedia de Mendoza que no obstante que la acción transcurre entre estudiantes es impropia para menores, es tolerable en la pista de un restorán, porque su escenario, el escenario en que se desarrolla la comedia, finje una nevería mixta de café de orientales que puede imaginarse como una prolongación de la sala del restorán que presente este espectáculo.
    El éxito económico de esta pieza -cerca de trescientas cincuenta representaciones cuando escribo esta nota- ¿autoriza a los actores en receso a organizar temporadas de teatro en cualquier restorán, rebajando su calidad artística para efectuar frente a comensales igualmente atentos al menú que consumen que al diálogo teatral? ¿Se puede utilizar la precaria zona robada a varias mesas, para representar vodeviles, poniendo al alcance del tenedor que se hunde con energía en el trozo del filete la carne joven e inquietante de las actrices que intervienen en el juego escénico como es natural y lógico, en deshabillés cuando la acción de este género necesariamente lo exige? Y si se trata de una obra seria, de autor respetable por su buen crédito, largamente ensayada, ¡es lógico

que no sea bien escuchada entre bocado y bocado o entre libación y libación! Por otra parte ¿es justo obligar a un espectador, o a un grupo de éstos, tal vez una familia, a estar "consumiendo" viandas o bebestibles durante dos largas horas de escuchar a medias una comedia?
    Yo creo que está en lo justo la Autoridad que se ha propuesto ceñir esta situación a lo estricto o indispensable. No se puede representar en todos los restoranes: es decir, no se puede hacer teatro, fuera del teatro o en cualquier parte, al capricho de un empresario oportunista, porque igual respeto merecen a la autoridad y al sentido común, el público y la representación en general, al actor como el autor o cualquier trabajador manual especializado. Idéntica vigilancia para la dignidad de una representación y... para el bolsillo del espectador que cena bien y tal vez paga más de lo debido por ver al mismo tiempo una representación, o que cena mal y paga por la representación más de lo que pudiera costarle en el local en que debió ver teatro, es decir, en un teatro.
    Continúan corriendo rumores y circulando versiones sobre este asunto, futuro dolor de cabeza, si cuaja como espectáculo, para los propietarios de los teatros, y auge ficticio para los actores como está demostrado que lo fue la era de los teatros de bolsillo.
    Que cuando llegue el momento de discutir éste al parecer frívolo asunto en las columnas de los periódicos, los cronistas están enterados de lo que pasa y por qué pasa lo que pasa.