su primera
inseguridad fue desapareciendo hasta asentarse totalmente. Gran porvenir cabe augurarle a
esta nueva figura femenina de la escena mexicana.
Los papeles masculinos, los dos, fueron
magníficamente interpretados por Luis Bayardo y
Enrique Aguilar. El primero en el papel de Enrique, personaje al que se le ve
mudar su personalidad a causa del amor; que se olvida del tiempo, que antes
tanto le preocupaba, a medida que va sintiendo el amor como un aliento de vida
y el segundo personificando a Gastón, el hombre que con su amor da vida a quien
se sentía sin derecho a vivir y la embellece. Es la obra en que el amor aparece
como un hada madrina que hace milagros.
Esta comedia es un modelo para muchos
dramaturgos que creen que para hacer “obras para divertir” se debe rebajar la
calidad y sacrificar el buen gusto y el arte. En ella, Luisa Josefina da una
muestra de que se puede hacer reír a la gente con una comedia de gran altura,
de profundidad sicológica y de poesía verdadera.
El vendedor de muñecas. Teatro Fábregas. Autor: Nemesio
García Naranjo. Dirección: Óscar Ledesma. Escenografía: David Antón. Reparto:
Carlos Navarro, Lorena Velázquez, Carlos Monden, Fernando Mendoza, Manuel Zozaya, etcétera...
La Temporada de Oro del Teatro Mexicano
cumplió su primer aniversario, el cual fue celebrado con la puesta en escena de El vendedor de muñecas, de Nemesio
García Naranjo. Una obra que a pesar de haber sido escrita hace un cuarto de
siglo soporta el peso de los años.
Comedia que no lleva otra finalidad que la
de divertir (es extraño que no la haya puesto nunca Nadia Haro Oliva) de diálogo que trata de ser ingenioso, “moderno”, con personajes “tipos”,
sin pretensiones y como tantas otras comedias de este género ligero, sin
aspiraciones artísticas genuinas, y que no se avergüenza de recurrir a los
fáciles medios del vodevil.
Óscar Ledesma, quien con esta obra se
sitúa definitivamente en el teatro profesional, dio a la comedia la agilidad
necesaria, y si bien pudo haber evitado caer en lo barato en algunas escenas,
logró a pesar de todo sacar el mayor provecho de la obra y de algunos de sus
intérpretes: de Lorena Velázquez por ejemplo, que es de las mujeres la única que se salva por la sobriedad en su actuación,
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la que realiza con dignidad
y aplomo; de Carlos Navarro, quien se supera cada día, y al que hemos visto cada
vez con mayor seguridad en su trabajo y mayor capacidad de transformación en
los papeles que interpreta en cada obra; de Carlos Monden, que tiene una
actuación discreta y adecuada; de los demás, poco puede agregarse. De Manuel Zozaya, sólo puede decirse que se repite a sí mismo; de
Fernando Mendoza, que después de mucho tiempo de interpretar el papel de
Fernando Mendoza, se sale de ese eterno retrato y realiza la personificación de
un hombre distinto, mérito que debe reconocérsele. Amalia Tuero, sobreactuada,
revela un pésimo gusto, a más de vulgaridad. Marcela Davilland muy inferior a otras interpretaciones que ha realizado y las demás actrices no
vale la pena ni mencionarlas.
Otra de las actuaciones corrientes es la
de Carlos Quintero en papel del afeminado Ramón. El que haya en la obra varias
actuaciones vulgares, acusa al director como el directamente responsable. ¿A
qué puede deberse esto, cuando hemos visto al propio Óscar
Ledesma dirigir con toda finura obras como El
anzuelo de Fenisa o Los duendes (cuando se puso en el teatro Pánuco)? Yo lo atribuyo a
que trató de hacer de la obra una farsa, siendo que es una comedia, y no es
fácil cambiar el género a una obra, sin que ésta al tomar un tono que no le
corresponde se distorsione.
La escenografía, de David Antón, de dos
decorados, ofrece un cierto atractivo en el segundo de ellos, aunque no llega a
figurar entre las mejores de Antón.
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